
Dirección: Julio Medem / Música: Mikel Laboa /
Entrevistas adicionales: Ione Hernández y Maider Oleaga / Ayudante de Dirección:
Montse Sanz / Página web: www.lapelotavasca.net
La última obra del cineasta Julio Medem, La pelota vasca, la piel contra la
piedra, ha creado en estas semanas un cierto revuelo mediático y político en el
que muchos —quizá demasiados— han hablado de más, sin ni siquiera haber visto la
película. Estrenado en el pasado Festival de San Sebastián con un gran éxito de
público —numerosos dirigentes nacionalistas asistieron a la
«premiere»
facilitando, quizás, la ovación de cinco minutos— el documental pretende mostrar
las posiciones encontradas en Euskadi y que imposibilitan una salida al llamado
«conflicto vasco». Con el objetivo de reflejar todas las voces posibles de
distintas ideologías, el director pone la metáfora de un pájaro que vuela por
una garganta en busca de la verdad. Sobrevolando todos los puntos de vista sin
llegar a adscribirse a ninguno.
Este es el planteamiento. La realidad es una cosa bien
distinta. De entrada, porque dicho pájaro no llega a emprender el vuelo en
ningún momento. Da la sensación de que el reportaje no tiene otro
objetivo que
acabar en el mismo punto por el que empieza: el «conflicto vasco» es el
enfrentamiento entre la banda terrorista ETA y el gobierno de Madrid y en medio
sólo el PNV y algunos «buenos» socialistas intentan hacer
algo para evitarlo. Con cierta torpeza se ha insinuado que la ausencia
voluntaria de determinadas personalidades del PP o del Foro de Ermua era una
excusa para acusar al documental de partidista. No hace falta. El documental es
partidista porque nace de una idea partidista: la identificación absoluta con el
«Plan Ibarretxe» y la asunción de que es el único camino hacia la paz. No es
momento ni lugar de valorar si esa aspiración es correcta o no, pero sin duda es
la que tiene Medem y no se molestó en ocultarla en su artículo del día 19 de
septiembre en el diario «El País». Es legítimo que un artista se sitúe
políticamente, lo que es absurdo es que después lo niegue.
Esta falta de objetivo deja muy coja la película. La búsqueda constante de
testimonios que dan la razón al cineasta aburre y escora demasiado el proyecto.
Quizás si Medem hubiera sido un poco más modesto en sus pretensiones, tendría
que haber reconocido que cuando uno invita a dos partes y una parte no se
presenta es absurdo seguir jugando el partido. Quizás este reportaje no se
debería haber hecho tras la negativa del vituperado gobierno de Madrid a
defenderse. Aún así, tirando de Arzallus, Ardanza, Garaikoetxea, Otegi y Julen
Madariaga, se decidió a hacer un análisis que de político tiene poco y roza la
propaganda. Aspiración, insistimos, legítima, pero que no debería escamotearse
al espectador bajo una apariencia bondadosa, pacífica y, ciertamente, pedante.
Si analizamos las pretensiones originales del documental
también nos encontramos con algunas pegas: ¿cómo es posible que se coloquen
todas las opiniones en un mismo nivel?, ¿qué clase de pájaro considera lo mismo
lo que dice Antonio Elorza sobre Historia que lo que opina el demente Madariaga?
Un pájaro perezoso, sin alas,
que no quiere moverse de dónde está porque está muy cómodo. El propio montaje
quita credibilidad al intento de Medem. De entrada, por su intento de hacer
sitio a todos como si del camarote de los hermanos Marx se tratara, las
intervenciones apenas si duran veinte segundos, con lo que la argumentación es
imposible. Los intervinientes se ven continuamente cortados en su razonamiento
por la voz de algún músico o actor o antiguo militante de ETA. No sólo eso. La
propia intervención de veinte segundos se ve cortada varias veces en un exceso
burdo de montaje. No es fácil para un espectador creer en lo que ve cuando no
sabe qué es lo que está viendo: lo que determinada personalidad le está contando
o lo que el director ha decidido enseñarle. En cierto modo, eso es inevitable en
cualquier obra de arte, pero disimularlo es la responsabilidad del que dice
buscar la objetividad.
Aparte del trasfondo argumental —que en un documental
político es lo más importante— hay que reconocer que Medem sigue siendo un
maestro a la hora de buscar imágenes evocadoras. Euskadi aparece como un
verdadero paraíso verde y los escenarios no podrían resultar más bellos. La
música es impresionante y su uso roza la perfección. Todas las escenas de la
película buscan emocionar a la platea y lo consiguen. Lástima que esa platea
tenga que estar constituida por «creyentes»
y no «espectadores» para
poder acompañar al pájaro en su corto vuelo.
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