
ME ROBARON LA
AZUCENA
Ha llegado la tristeza, mi maestro,
tú que intuiste este largo infortunio,
tú que sabías el secreto de mi corazón,
por ti rompo el silencio inquebrantable.
¿Quién es el osado que me la robó,
esa hermosa azucena que en un minuto
me conquistó con su belleza,
y la quise con locura solamente para mi ?
No fui la única en adorarte con pasión,
muchos aduladores admiraron tu altura,
contemplaron tu bella esencia,
ésta que siempre negué, mi maestro.
Maestro, conocías cuanto estimaba mi azucena,
jamás creíste en mis palabras falsas,
ellas ataviadas de mesura, de cordura,
nunca dejaron ver la locura que las agitaba.
¡Oh palabras imbuidas en un constante fingir!
¿Para que os necesito ahora que ya no la tengo?
Alguien será quien la tenga entre sus manos,
acariciando mi ilusión desvanecida.
¡Oh azucena resplandeciente!
¿A quien mirare todos los días,
y como respiraré otra vez lejos
de tu fragancia y de tu aroma?
Culpable fui por no mimarla,
por no gritar al aire mi cariño,
¿Pero acaso mi azucena me prometería
acompañarme siempre sin olvidarme?
Nunca ya querré junto a mí otras
que como tú me envuelvan en su aroma,
ni siquiera un nenúfar querré a mi lado.
Cuánto he llorado mi maestro cuando
noté su ausencia en su apartado rincón,
la busqué desesperadamente sin hallarla,
solo tú puedes ayudarme en mi desdicha,
a liberar a mi alma de este tormento.
¡Oh maestro!, dile al menos que la quise,
que no fue soberbia mi constante necedad,
que siempre la valoré como un tesoro,
que nunca ya volveré a llamarla.
Maestro sé que tu sabes quién es su dueño,
quién riega constantemente su vanidad,
quién la apartó de mi lado reprochándome
la indiferencia de la que tanto abusé.
Maestro, ¿está contigo en ese mundo
que nos separa, en ese lugar donde
nunca asoma la primavera
y sin embargo es cálido su abrazo?
