JUAN CARLOS VÁSQUEZ




CUANDO salí sin rumbo
no hubo retraso,
La incertidumbre lo había
preparado todo de
antemano.

Nadie se enteró de que
estaba perdido, y me dejaron
mirar sin responsabilidades
el ciclo rítmico del día y la noche,
los nacimientos en la caligrafía
de la luna,
y al fin con su rasgo nació mujer
transformándose en el destello
incestuoso de su padre mundo.

Entre un sin fin de puertas
vociferé el aplazamiento de mis tantas
condiciones con la otra parte del mundo,
y me entregué a contemplar en todas
sus acciones la virtud de su expresión,
mientras caminábamos constantemente
al horizonte burlándonos de los viejos
procedimientos inventados por el hombre.

Aun así, percibimos una advertencia,
todos renuncian, y nuestras huellas
sobre los cadáveres revelaron el secreto
con un susurro.

Con toda la imagen planificamos un
destino para sostener nuestras manos
en la amenaza siempre de la multitud.

Yo que tanto hablé de la flor,
y sin contemplarla.
Ahora vuelvo, la toco y se reproduce
con permiso para autoflagelarse por
mi amor fallido,

y si yo fui el asesino,
¿dónde estaba el verdugo cuando
sonó el despertador?

Volveré a pintarle los labios,
traeré los vestidos púrpura
para cubrir su desnudez con mis
insignias de buen ciudadano,
para que no dude, para que vea
transparencias en el imperfecto.
Permaneceré amarrado a su
vientre para un crimen.

Ya mis inútiles alas vuelven
como un funcionario haciéndome
la idea de que solo existo por ella.

Atenderé a sus reclamos, a sus
castigos, a sus salas de rehabilitación.
Estoy exhausto de mis nos, de sus
porqués, de la ley de todo.

Yo que tanto hablé de la flor,
le ruego que cierre la espera y
no deje entrar a nadie con respuestas.

Organizamos nuestros utensilios
con una clasificación.

Censura de parpados,
practica de posiciones,
rubor para la palidez.

Todo lo inimaginable nuestro
está perfectamente ubicado
en la gaveta de su peinadora rosa.

Ahora que está por darme sus manos,
su mirada, llegará nuestra orden, en la
plenitud de distantes océanos,
ésos que no son los mismos del primer
nacimiento.

Brindemos con todo el azul por esta
siempre inexistencia de nuestros nuncas,
recostados en la espera prodigiosa para
sellar el compromiso de perpetuar en el concilio.


23 de julio del 2003, New York

 


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