ÓSCAR BRIBIÁN

Mis ojos han derramado sal con tu ausencia,
se han vestido de luto mis pestañas
y han llorado desconsoladas mis pupilas
bajo el manto oscuro de la noche.
He observado los bailes extasiados de la gente
que aún conserva las ilusiones en la conmoción de los bares,
pero mi mirada se ha perdido constantemente entre la multitud
para imaginar que te asomabas
y me dedicabas un guiño y una sonrisa.
Ya no derramo
lágrimas
al recordar tu voz amiga a través del teléfono.
Mis oídos se han acostumbrado a la soledad
y a la cruda resignación que me ofreció tu despedida.
Ya no derramo lágrimas
al recordar el exquisito óvalo pálido de tu rostro,
mis ojos se han acostumbrado a las sombras
y han cerrado el baúl de los recuerdos.
Ya no guardo las fotos
en las que aparecíamos juntos en una burbuja entrañable,
las he cortado todas por la mitad,
he tirado tus semblantes a la hoguera y he guardado los míos,
para recordar que un día fui feliz sin tener que inmortalizarte.