PABLO MÉNDEZ

 

Una mañana
sentí tu mano en mi mano
y me enamoré de ti
y la felicidad que me dabas,
tu cuerpo blanco,
tus rizos rebeldes,
tu calor perfecto, junto a mi cuerpo.
Eras mi sol
y nos sentimos
por encima de todo dioses
sobre personas y cosas, sobre todo,
y volamos.


Y quisimos poseer el mundo con las manos
que, al final, se quedaron vacías
queriendo atrapar, como arena
el amor que nos quedaba
amándonos, desesperadamente
como si en nuestra piel estuviera la respuesta
pero un día, al mirarnos, supimos que, al fin
éramos simplemente humanos.


Una tibia, calma melancolía, sin darnos cuenta,
como manto negro se posó sobre mis órganos crispados
y se extendió sobre mí, sobre mi ser, sobre el mundo
y supe que nunca más habrá ya
orquídeas a las cinco.

 


Contactar con el autor


 

OPINA SOBRE ESTOS POEMAS