Para Anne Sexton
Sandwicheras.
Paradojas de dedos cortados dentro, ya casi
inservibles.
Artísticos montones de latas vacías decoran el único
cuadro.
La joven se abre de piernas y absorbe el mundo,
lo expulsa lo absorbe lo expulsa lo absorbe como a
una bola china.
Mamá no puedo parar, me gusta me gusta me gusta.
Me chisporrotea el techo del cielo del fin del
abismo, soy potente.
Puedo moverme como una puta o como una virgen
o como un saltamontes
o como trigo azul tranquilamente.
No hay crisis, las venas no chillan blasfemas ahora.
La joven vomita, vomita sin cesar
bocas de muertos con dientes de tiburón,
y muere para que todo parezca sencillo
limpio como un culo de rana
menos pateable que un crío de 15 años
del cual su afición-24-horas es el nazismo.
Pero a todos nos pasa lo mismo. Creemos estar en el
paraíso
y nos hacemos mayores buscando,
buscando sin parar convicciones
víctimas de la gran mentira
o de la gran verdad inacabable e indigesta.
Preguntas o alguna respuesta
En realidad no tengo tantas cosas que decir de mí
misma
pero no puedo evitarlo ni quiero.
Escupo alas chorreando sangre porque se terminó la
existencia
mientras el acabar de seguir sigue tanto,
y sigue y sigue cansino, agobiante como un (per)seguidor
psicópata
vomitivo como una entrevista a Enrique Iglesias en
la Súper Pop.
¿Qué hacer si no perseguir la luz sedienta de
sangre?
Poner del revés las gargantas de los espías
consentidos por la misericordia
como caudales de río.
Como huesos blancos.
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