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Coprolitos
José Miguel Cobano García
La espesura era muy
densa. La manada continuaba su camino hacia el lago, algún sitio donde
encontrarse a gusto y a salvo de los carnosaurios. El cielo era surcado por
alguna que otra cinta planeadora que graznaba de vez en cuando. Por el suelo
correteaban docenas de chillidos miniaturizados. Por todo el entorno se
deslizaban titánicas figuras a granel.
La computadora había encontrado por fin un planeta rico en líquido, bello en
todo. Informaba que no existía vida inteligente en él a pesar de estar poblado
por toda su superficie, así como tampoco había ningún indicio de construcción o
tecnología que hiciera suponer la existencia de algún tipo de civilización.
El sol se encontraba en su cenit, era la parte más calurosa del día. La manada
por fin podía sentir la refrescante caricia de las aguas, un placentero
resoplido colectivo acompañaba el acto. Realmente era tiempo de recreo. Para la
manada aquella masa acuosa constituía una fortaleza inexpugnable contra los
depredadores, un hogar seguro, era el sitio ideal para conservar la vida. Los
que no podían desenvolverse en el agua se conformaban con acercarse a beber o
quedarse chapoteando en la orilla, ir más allá significaba sumergirse en el
manto de la muerte, aunque no hacerlo les hacía un blanco fácil para sus
enemigos.
La nave se acercaba cada vez más al recién descubierto planeta. Tenía toda la
pinta de ser una chuchería, puesto que si no había señales de civilización
tampoco se habría de encontrar ningún tipo de resistencia. Aunque aparte del
agua, su principal objetivo, probablemente se trataba de un planeta realmente
aburrido precisamente por no hallarse poblado de ningún tipo de civilización. De
cualquier modo valdría la pena explorarlo. Esa era la misión.
Apareció de súbito, como de costumbre, tenía unas fauces enormes, tanto como su
apetito o su tamaño. Apareció de detrás de unas hojas gigantescas, tanto como su
rugido o su fuerza. Apareció de repente, por sorpresa, ya que era lento en sus
movimientos. Así, todo ser viviente que mediaba por allí echó a correr en una
desenfrenada carrera, excepto el que quedó atrapado bajo barrotes sangrientos o
el que agonizaba bajo el peso de una columna con basa agarrada.
Algunos, presos de pánico, habían huido hacia el lago encontrando así una suerte
más refrescante pero no menos hija de la confusión.
Otros, presos del instinto, se quedaron allí, conservando la vida en su origen.
El sol continuaba haciendo de las suyas: enfocaba la totalidad de la escena.
La atmósfera había sido analizada y resultó estar completamente limpia de todo
tipo de impurezas. Casi se podía incluso notar dentro de aquel cascarón. Las
llamas comenzaron a vestir el metal a medida que éste tocaba las diferentes
capas que cubrían aquel planeta virgen. Lo cierto es que ofrecía una visión
bonita desde allí arriba.
El sol hizo brillar algo en el cielo, emitía un ruido ciertamente extraño y por
momentos amenazador, casi más que el rugido de las hojas. Cada vez parecía más
grande, y también menos identificable. Todas las miradas se posaron en el
extraño visitante, incluso la del silencio. ¿Qué era aquello que volaba sin
ningún tipo de aleteo? ¿Qué era aquello que parecía cegar al que miraba? Los ojos
se tornaban rendijas, y éstas en interrogantes. Y continuaba bajando, y bajaba.
Y el rugido continuaba aumentando su sonoridad, y aumentaba a medida que se
acercaba...
Se paró tan repentinamente como apareció. Ahora era completamente visible. Era
grande aun para aquellos seres. El rugido, contrastivamente, se tornó un leve
ronquido.
Ciertamente era un ser muy extraño. ¿De dónde podía venir? ¿Buscaba también la
frescura y la humedad del acogedor lago? ¿Venía a guarecerse de los depredadores
en las abrazadoras aguas? ¿Qué tipo de defensa podía haber desarrollado? No se
le apreciaba ningún tipo de garra o colmillo para apurar bien la carne, ni un
cuello largo que le permitiese buscar las hojas de los árboles más altos. ¿De
dónde podía venir? ¿Tan experto era en el vuelo como para mantenerse suspendido
en el aire durante tanto tiempo? ¿Qué clase de escamas eran aquellas que incluso
un curioso individuo que se acercó lo suficiente pudo verse reflejado en ellas
como en la limpia superficie del lago cuando iba a beber?
Un rayo de luz salió del ser y el heraldo cayó fulminado. Repitió la misma
operación con todo aquel que se ponía a su alcance, y entonces empezó la
hecatombe. Los ruidos de pánico eran una buena melodía para la escena, el
dinamismo por parte de todos era total. Huían, huían, huían. Huían de aquel
extraño monstruo que fulminaba a sus congéneres con la misma facilidad y rapidez
que se almuerzan las hojas de las ramas, con la misma facilidad que la sangre
puede chorrear por las mandíbulas insaciables.
Los rayos parecían venir de todas partes, parecía haber más cadáveres que rayos
de luz. Aquellos seres, que buscaban la luz del sol para vivir, ahora sucumbían
bajo los rugidos de aquellos rayos luminosos.
El sol tornaba púrpura el horizonte y la fiesta continuaba. Y así siguió.
La espesura era muy densa, las estrellas parecían no acabarse nunca, pero el
agua estaba cerca. El cielo era surcado por miles de rugientes extraños que
escupían rayos fulminantes. Por el suelo corrían miles de chillidos
miniaturizados. Y así siguió.
Luego tomaron tierra, con sus formas altas y estrechas...
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CONTACTO CON EL AUTOR,

FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez Corada

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