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Loko y
brillante
Paz Vega López
A Pedro de Andrés, e—mecenas que
me ha puesto web. Al escritor Arcadi Espada,
que con un par de frases amables dirigidas
a mí ha cambiado mi mentalidad.
Y a los comentaristas de su blog.
Ahora que
empiezo a entrever la pesada karga de la responsabilidad adulta, no dejo
de recordar mis determinantes quince años, las lecturas frenétikas de aquella
época y el nabo enorme de mi profe de Lengua, aquel profe loko y brillante del
que no he vuelto a saber absolutamente nada.
Ahora que tengo dieciocho años, recuerdo aquella etapa
de mi vida sin dejar de sentir cierto hielo en la boka del estómago, al mismo
tiempo que surgen aquellas frases memorizadas para siempre. Qué tiempos. Un
Nabokov que me ponía kachonda en algunos fragmentos de su Lolita, con aquella
primera línea grabada a fuego: “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas”.
Qué tiempos. Le daba vueltas y más vueltas a la novela Ciudad Rayada, de José
Ángel Mañas, intentando rekonocer los baretos y lugares de la obra de mi paisa,
de aquella ciudad, Madrid, que era tan suya como mía, y aquella línea: “Y le
bajé las braguitas. Las palmadas en el culo le hicieron reír” Todavía creo
sentirlas en mi propio kulo. Qué tiempos. Y aquellas lecturas histérikas de los
kuentos de Bukowski, la vida hecha un eskupitajo de alkohol, el crudo
capitalismo puesto a cara descubierta: “Y luego vuelta a la fábrica conmigo,
asesinando ocho o diez horas al día por una miseria, sin llegar a nada,
esperando a Papá Muerte, metiendo tu inteligencia a patadas en el infierno y
metiendo a patadas en el infierno tu espíritu”. Qué tiempos. Y Lorca, Lorca y
más Lorca y aquel viento que mordía de furia al ver que Preciosa se refugió y
que se quedaba sin picotearle su dulce cuerpo de mujer bandera: “Al verla se ha
levantado / el viento, que nunca duerme. / Niña, deja que levante / tu vestido
para verte. / Abre en mis dedos antiguos / la rosa azul de tu vientre”. Y por
último, un momento klave: la novela El paseo de los caracoles, de Antonio
Gálvez, un autor nuevo del que nadie en clase tenía puta idea, la lectura
obligatoria del tercer trimestre que me valió un diez. Qué suspiros de niña
enternecida. Qué descubrimiento. Todavía no he leído una fantasía tan hermosa y
sensible como aquella; ni una imagen como la del alma de la difunta Mercedes
que, tras contemplar cómo introducen su cuerpo en el ataúd, se desmaya, levita y
queda suspendida en el vacío, con los brazos en cruz: “La difunta Mercedes,
tendida en el aire, parece una arboleda de pestañas negras”. Qué recuerdos. Y
qué lecturas: una verdadera bomba atómika emocional en una niña de quince años.
Y el espectákulo. Estábamos todos en clase repasando
los acentos diacríticos. No se oía ni una moska porque el profe loko pronto
empezaría a preguntarnos con su Cuaderno de Notas abierto sobre la mesa. Ni una
moska hasta que de repente llamaron a la puerta con unos nudillos de piedra y se
eskuchó la voz de una hiena que preguntaba “¿Puede usted salir?”.
El profe se puso en pie y salió al pasillo, y
detrás de mí, el Granudo dijo entre dientes: “¡Mierda, no, mi madre!”. Los
berridos de aquella madre okuparon todas las oquedades de la eskuela. Las
puertas de algunas aulas se abrieron, por comprobar qué pasaba, e incluso tuvo
que intervenir el director del Centro y llevarse kasi a rastras las amenazas de
denuncia de aquella madre enlokecida. Y todo porque en El Paseo de los
Caracoles, un personaje cincuentón, el Cartucheras, se eskurre en las manos de
la putilla Pachurra, mientras es pajeado, mientras contempla por una abertura el
eskultural cuerpo en pelota picada de Gemma, sobrina de la putilla que contaba
diecisiete años de edad: una menor, una paja, todo un hecho moralmente
reprobable el que nos puso el profe de Lengua, delante de los ojos, a todos los
alumnos de cuarto de ESO. ¿Moralmente reprobable?: la sobrina era cómplice de su
tía.
Ahora que pienso mucho en la responsabilidad, y
soy muy aficionada a la literatura, donde aparece el carácter humano mejor que
en ninguna otra forma artístika, no dejo de recordar la imagen de mi último
profesor de Lengua en el kolegio de mi infancia y primera adolescencia. El
Bachillerato no se cursaba en aquella eskuela y, por ello, todos los alumnos
vivimos el tercer trimestre muy excitados. Decíamos adiós a aquellas aulas, a
los últimos diez años de nuestras kortas vidas. Y yo, particularmente, le decía
adiós a la permisividad demostrada por los profes a mi utilización de la letra
k, un enorme problema psikológico que mi buen llanto me kostó, sobre todo
durante las interminables sesiones con la psikopedagoga del kole. El problema
estalló definitivamente en primero de ESO, aunque comencé a darme kuenta al
terminar sexto: en muchísimos kasos que tenía que escribir c, o bien, q,
espontáneamente sentía, y siento, una especie de pinchazo en la cabeza que me
obliga a subrayar la palabra con la letra k, ya que encierra otros significados
okultos que serían imposible discernir sin destakarla.
Recuerdo que el profe brillante no me tachó jamás
ni una k. Recuerdo que lo tuvimos, por primera vez, en segundo de ESO. Y que
durante las primeras semanas no hablábamos de otra kosa que de los deskomunales
presuntos kojones del profe. Aquello era una barbaridad. Menudo bulto paseaba el
profe cuando se levantaba y kaminaba, entre los canalillos que dejaban los
pupitres, con el fin de confirmar que escribíamos los ejercicios en la libreta.
Su carajo flácido le debía de medir un palmo y me parece que sólo por eso
siempre vestía con pantalones anchos de tergal.
Y lo mismo okurrió cuando nos lo volvieron a
asignar en el famoso cuarto curso: durante las primeras semanas no hablábamos
más que de la polla de metro del profe… Y llegó el último día de clase de
Lengua, en junio, y nuestro último día oficial en el Centro.
—¡Profe, te han hecho una foto! —gritó la Pantoja, una
chavala que kantaba como la Pantoja.
—¿Ké, kómo? —preguntó el profe sin entender
nada.
—¡Con el móvil! —le aklaró la Pantoja.
—¿Kién? —preguntó el profe, a todos en general,
mientras dibujaba cierta sonrisilla de novela pikareska.
—Yo, pero una ha salido mal —le dije
enrojeciendo, mintiéndole, por supuesto.
—¿Me las puedes mostrar?
—Klaro.
Se levantó y se puso al lado de mi
silla. Le enseñé las dos que le hice. La primera, la que supuestamente había
salido mal, presentaba únikamente la zona de la kadera, el inmenso bulto de su
nabo. Y en la segunda se le veía sentado a la mesa con la boka entreabierta, la
pizarra detrás, y la mirada perdida en un punto literario indescifrable.
—Vaya —dijo el profe—, en catorce años que
llevo dando clases, esta es la primera vez que me veo fotografiado en un aula.
¿Por qué me la has hecho?
—Porque como hoy es el último día… para
tener un recuerdo.
—Pues resulta que yo también kiero tener esa foto de
recuerdo… en clase, hablando en clase… A ver, ¿me la puedes enviar por correo
electrónico?
—Sí —le dije, mientras dudé una milésima de
segundo, puesto que me kedé kortada.
El profe me anotó su dirección electrónica
en un papel que guardé en mi cuaderno.
—¿Se la vas a mandar? —me preguntaron
algunos.
—Pues klaro.
Pero no. A medida que pasaban las horas
iban tomando kuerpo las fantasías que orkestaba mi cabeza. Y al noveno o décimo
día no pude aguantar más y le remití el siguiente e—mail (qué bien lo recuerdo):
“Hola, profe. Con el programa photo—paint del ordenador de Eli, he ampliado y
enmarkado su fotografía. Me gustaría regalársela junto con doce poemas que he
escrito y que son una verdadera obra maestra. Aunque sé que vive cerka, necesito
su dirección para entregársela en persona”.
Las kosas estaban klaras: o el profe
me daba la oportunidad de que mis fantasías se hicieran realidad, o se quedaba
sin foto. Al día siguiente tuve kontestación, un mensaje muy eskueto. Debajo de
su dirección, me escribió la siguiente línea: “Si mañana por la tarde estás
libre, te espero a las seis”.
Y a las seis llamé a su puerta, un
poko nervi y dispuesta a todo.
—Hola, pasa —me dijo—. ¿No viene Eli
contigo?
—Vengo sola.
Al traspasar aquella puerta noté como
si un hachazo eliminara la askerosa bokanada ardiente de la kalle. El acogedor
aire acondicionado y la imagen desinhibida del profe (pantalón de chándal y
kamiseta) me relajaron de forma imprevista. Y se me fueron los ojos. Se me iban
los ojos hacia la silueta de su extraordinario cipote.
—Genial —me dijo mientras escrutaba su
fotografía enmarkada y se reía de sí mismo—. Este es el úniko testimonio, fuera
de clase, de que me dediko a la enseñanza… A ver esos poemas. Akomódate ahí.
Él se sentó en un sillón que tenía un
montonazo de margaritas estampadas.
—Sin la k no eres tú —confesó a los pokos
segundos—, ¿pero qué haces, por qué te sientas en mis rodillas?
Qué fácil me resultó acertar. Era imposible
errar un blanko tan enorme. Se la cogí. Le cogí aquel nabo enorme con mi
empequeñecida mano, una kosa blanda y abrumadora cuyo contakto me produjo
instantáneamente una desorbitada producción de flujos. Yo había cumplido ya. Mi
objetivo estaba kubierto. Ya contaba en mi haber con el principal foco
masturbatorio del verano. Sin embargo, el siguiente punto del programa —que el
profe se incorporara y me dijera adiós— no se cumplía. Así que me arrodillé en
el suelo y se la saké a dos manos.
¡¡¡Dios!!! ¡¡¡Te akuso!!! ¿Por qué has creado
perfiles tan espectakulares y mitifikadores como una grandísima polla? Allí la
tenía delante de mí, una grandísima pirula rodeada de un amasijo de pelos negros
y largos por todas partes, incluso en los muslos de las piernas (los chavales de
mi edad apenas tenían vello). Todo aquello suponía un impakto emotivo tan
excitantemente placentero y novedoso que notaba cómo mis sienes palpitaban al
mismo tiempo frenétiko que mi corazón y el corazón de mi koño. El profe me
dejaba hacer y deskapullársela, y al pegarle un par de lengüetazos (todavía no
tenía piercing) y llevármela hasta la kampanilla, el profe me dijo que me
levantara. Le obedecí con toda la barbilla llena de babas. Me bajó los
pantalones hasta los tobillos, llevándose abajo, con ellos, las bragas. Se me
quedó mirando el pubis tupidísimo, negro y empapado, y me pasó la palma de la
mano desde el ojete del kulo hasta la barriga.
—Ya es suficiente —dijo levántandose y subiéndose
el pantalón—. Gracias por la foto y tus poemas.
Comprendí la verdad: una despedida
definitiva. Me subí los pantalones, me abroché la correa de hebilla ovalada y,
en silencio, abrí la puerta del vestíbulo. No me permitió cerrarla. Cuando me
alejé seis o siete pasos me dijo una kosa que nunka olvidaré, una frase que
tengo memorizada como si hubiera aparecido escrita en uno de los mejores libros:
—Recuerda esto: estaremos muertos,
enterrados, venteados, desmenuzados, desintegrados, OLVIDADOS.
Yo, como estaba tan alucinada como kortada,
ni siquiera le contesté.
Ahora que empiezo a entrever la pesada karga de la
responsabilidad adulta, comprendo por qué aquel profe no se cepilló un bombón en
bandeja: por motivos morales, porque aunque descartara un juicio legal (se fiaba
de mí) no podría superar el juicio de su propio subconsciente, un cerebro
espinoso que a cada instante lo akusaría de pederasta.
Qué tiempos. Ahora que la responsabilidad
adulta empieza a abrumarme, noto que he de sakar fuerzas de flaqueza y mantener
la misma tónica natural de siempre. Desde los quince años vivo entregada al
Carpe diem horaciano. Sin normas. Porque estaremos muertos, enterrados,
venteados, desmenuzados, desintegrados, OLVIDADOS.
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PAZ VEGA LÓPEZ
(Madrid, 1985). Intenta abrirse camino, según ella, en el entristecido y
patético panorama narrativo español, repleto de editores pusilánimes empeñados
en idiotizar al gran público con la edición masiva de obras mediocres, sin
riesgo y sin sustancia.
Web de la autora:
http://es.geocities.com/barrabrr/
FOTOGRAFÍA:
Mireya Juárez (seleccionada de
su exposición en Margen
Cero)

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