En la
madriguera
Marcelo Choren
Sofía se despertó temprano. Habían comido en el mismo
restaurante barato de siempre. Sintió el estómago revuelto. Al lavarse los
dientes, el espejo le mostró a una mujer vencida. Marcos aún roncaba.
Ya en la cocina, encendió un Marlboro y preparó café. El aroma agradable de las
tostadas, hoy, le produjo náuseas. Se sirvió jugo de naranjas. Escupió el primer
sorbo en la pileta y se enjuagó la boca con agua fría.
El café negro, sin azúcar, la reconfortó un poco. Se quedó sentada en la
banqueta alta, mirando por la ventana. Siguió con los ojos las minúsculas
rajaduras que se veían en la pared del departamento vecino. Imaginó un mapa
imposible: miles de líneas oscuras, quebradas, que seguían derroteros absurdos,
que se entrecruzaban sin sentido. Eran como un mapa de su propia vida.
Llegaron sonidos desde el dormitorio: el crujido del elástico, tos, la radio. El
enemigo había despertado. Pasos. La puerta del baño chirriando, el ruido
amortiguado al cerrarse.
La golpeó el hedor acre del inodoro.
Marcos se sentó en la otra banqueta. Ni se saludaron. En el silencio pesado,
amargo, Sofía le sirvió café. Él tomó un trago corto.
—Este café es de ayer.
—Lo hice recién.
—Tiene gusto a recalentado —se levantó y arrojó la taza en la pileta—. Hacé
otro, querés.
No alzó la voz. No preguntó. Ordenó, con naturalidad. Macho dominante, volvió a
dejarse caer en la banqueta.
—¿Qué te pasa? —se revolvió ella, sin levantarse de su lugar—. ¿No tenés manos,
vos? ¿No podés ni calentar un jarro de mierda?
—Dejate de joder, Sofi... —dijo, y empezó a mordisquear una tostada.
Era su turno para mirar las grietas de la pared. ¿Él también la vería como un
mapa? Sofía puso agua en la pava. Aprovechó la llama siseante y azul de la
hornalla para encender otro cigarrillo.
—Me tenés harta —reflexionó entre dos bocanadas de humo—. No podemos seguir así,
matándonos en cada palabra. ¿No te das cuenta de lo que nos estamos haciendo?—
Las ganas de llorar aparecieron y se fueron sin humedecer sus ojos. No, no: ya
había llorado demasiado. Ahora, el enojo y la desesperanza daban paso a la
resignación. La aceptación punzante, impuesta, que siente el que ha sido
derrotado.
—Entonces andate —dijo Marcos, y se encogió de hombros—. Juntá tus trapos y
andate. Ya que sufrís tanto... Pero acordate, ¿eh? Acordate bien.
Claro que se acordaba bien, ¿cómo olvidarlo? Ya había salido una vez del
departamento, con sus dos valijas. Herida, furiosa, se fue a un hotel de
segunda, cerca de Constitución. Ahí sí lloró. Todo el tiempo lloró y lloró.
Primero insultando a Marcos, al final sólo repitiendo su nombre entre sollozos.
Terminó llamando a los dos días para recomponer la situación. Él no se hizo
rogar. Al volver, Sofía entendió, tarde, que se había equivocado, que Marcos no
perdonaría jamás el abandono. Se tomaría todo el resto de la vida para
cobrárselo. Y otra cosa entendió: que ella no tenía pelotas para irse de nuevo.
A la tarde buscó un bol en la heladera semivacía. Arrancó un extremo del film
protector, olisqueando el sobrante del guiso de arroz, todavía en buen estado.
Ya tenía resuelta una parte de la cena.
¿No guardaban raticida en la alacena del lavadero?
Eran unos cubos rojizos, grasos. Podía diluirlos en agua caliente y volcar la
mezcla dentro de la olla. ¿Quedarían disimulados en el sabor de la comida? En
todo caso, con agregar bastante pimienta...
Sopesó la caja, le pareció rellena de plomo. La cartulina negra y con letras
amarillas mostraba una caricatura: un ratón panza arriba con la lengua colgando.
La cola tiesa, los bigotes en zig zag y dos crucecitas en el lugar de los ojos.
En un extremo, el círculo blanco con la ominosa calavera roja.
Leyó las advertencias:
PELIGRO, ALTAMENTE TÓXICO. NO ALMACENE NI TRANSPORTE JUNTO CON ALIMENTOS. NO
INGIERA ALIMENTOS DURANTE SU APLICACIÓN. MANTENGA ALEJADO DE LOS NIÑOS. GUARDE
BAJO LLAVE. EN CASO DE INGESTIÓN ACCIDENTAL, CONCURRA AL MÉDICO O AL CENTRO
ASISTENCIAL MÁS PRÓXIMO.
De pronto se le ocurrió, ¿por qué no escribirían todos los verbos en infinitivo?
No utilizar para matar. Antes aguantar. Hasta reventar. Entonces mezclar al
cocinar. Condimentar para disimular. Terminar.
De una vez por todas, terminar.
Disponía de mucho tiempo. Marcos no regresaría hasta la noche.
Se preparó para la cena. Dejó de lado el conjunto de gimnasia, probándose el
vestido oscuro. Todavía le quedaba bastante bien. Se calzó el único par de
medias sanas y los zapatos negros. Esos que le apretaban los dedos, pero eran
tan elegantes. Después de emparejarlas, se pintó las cortas uñas. Una gota de
perfume detrás de las orejas.
Contempló el efecto general en el espejo de la cómoda. Descubrió un leve
parecido con ella misma, diez años atrás.
Eligió el mantel de tela: el de todos los días, de plástico a cuadritos, se
transparentaba un poco. Los platos y cubiertos del juego de casamiento. Copas en
lugar de vasos. Salero y pimentero de plata, su único tesoro. A último momento
agregó un florerito con dos violetas artificiales.
Marcos llegó arrastrando su mal humor. Sofía se ajetreaba con las cacerolas, él
no le prestó atención. Dejó el sobretodo en el respaldo del sofá, el portafolios
de cuerina tirado al costado de la mesita ratona. Advirtió los arreglos para la
cena.
—¿A qué se debe tanto lujo, che? —dijo.
Sofía entró en el comedor con la panera y la botella de vino. Los ubicó entre
ambos platos.
—Nada, que tenía ganas de cambiar un poco —se acomodó un mechón inexistente.
¿Se habría fijado en su aspecto? Seguramente que no.
—Parece la mesa de una esposa que está por mangar algo —dijo él, y sonrió con
amargura—. ¿Qué querés? ¿Un visón, un auto, la casa en Punta del Este? ¿O
después de cenar hay función con tanga negra y portaligas?
—Ahora te traigo la comida —al volver a la cocina, Sofía se dio vuelta para
mirarlo—. Y lo que quiero es paz.
La letanía de la radio y el tintineo de los cubiertos fueron las únicas voces
durante la cena. Marcos tomaba grandes bocados y masticaba con la vista clavada
en el plato. Cada tanto agitaba el pimentero sobre la comida. Le gustaba la
pimienta, siempre pedía que le agregara un poco más. Sofía lo observaba en
silencio. Despidiéndose, espió cada gesto, memorizó sus facciones. Lo vio
levantar la copa y hacerse un buche con el último trago de vino.
Terminaron de comer.
—¿Por qué cenamos cosas distintas? —preguntó Marcos y chasqueó los labios.
Sofía intentó encender el cigarrillo de la noche. Miró a esos ojos que una vez
la habían enamorado. Mareada, aspiró una gran bocanada de aire. La imagen de
Marcos parecía desdibujarse, hacerse pequeña, imprecisa.
—Porque a vos no te gusta la comida recalentada. Por eso te preparé fideos..., y
yo terminé con el guiso de arroz.
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