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Ramona
Gustavo
Arias
La sirvienta de
una casa burguesa aparece todas las noches en televisión. En sucesivas
noches de horror, sus patrones la ven dándole indicaciones a Michael Jordan en
el torneo de la N.B.A., entre el Papa y Fidel en La Habana, en el telón de fondo
de una conferencia de prensa del atribulado Clinton departiendo con un alto
funcionario que la escucha con religiosa atención, del brazo del líder de la
O.L.P. en Helsinsky y recibiendo el Premio Nóbel de física en Estocolmo.
Pese a sus gordas caderas y a su cuerpo tosco y
sufriente de fregona, la noche de entrega de los Oscar, Ramona, (que así se
llama la doméstica) baila en un número musical, y luego de un rato, hace su
entrada con un rutilante vestido y de la mano de Pavarotti, para anunciar el
premio al mejor film extranjero del año.
Todas las mañanas, a las seis y media, Ramona llega a
su trabajo, se pone las botas y el uniforme, y lampazo en mano recomienza su
inagotable tarea. Asiste a más de una casa. En total sirve en siete, una por
cada día de la semana y desde tiempos inmemoriales. Pero hace rato que nota que
las patronas la miran con cierto recelo, los patrones con algo de libidinosa
admiración, y que los niños le hablan en un idioma que sólo entienden los niños
de las patronas, que nacen con los ojos pegados a una pantalla. Ante tales
cambios Ramona sube los hombros hasta las orejas, y continúa con su trabajo
tarareando bailanta.
Las familias burguesas que tienen como común
denominador a Ramona trabajando en sus hogares, se reúnen para comentar entre sí
la alucinación que padecen... Que a este punto no es la locura de uno solo,
¡sino una alucinación colectiva...! «Demasiadas horas de televisión, demasiadas
deudas, demasiado stress, la culpa la tiene el ajuste económico del gobierno...»
Todos convienen en estos tópicos, pero para ninguno son suficientes...
Nadie le dice a Ramona nada sobre el fenómeno. Ramona
continúa trabajando silenciosa, respetuosa y diligente para sus patrones de la
zona residencial, que ya no sólo la ven en televisión todas las noches, sino que
hasta graban los programas en los que aparece, guardando las cintas en las cajas
fuertes del banco, atesorando (desconozco para qué) las pruebas del terrible y
enloquecedor fenómeno.
Encabezados por la tintineante Sra. de Peralta, los
burgueses elucubran un plan de seguimiento de Ramona en horarios fuera del
trabajo. El seguimiento dura una semana de ininterrumpida ausencia de la
empleada en la televisión. Las conclusiones que extraen de tal tarea son las que
a continuación se detallan:
Ramona deja el lampazo a las cinco de la tarde, cuelga
el uniforme, cobra las horas de trabajo, toma en la esquina el colectivo 132 que
va a Villa Elisa, baja del transporte público en medio de la ruta, avanza por un
camino de barro, entra en una villa miseria y camina hasta la casilla 345, a la
sazón su hogar, donde la espera el triple de trabajo que en casa de sus
patrones. Luego de tomarse unos mates, Ramona lava la ropa de sus diez hijos,
atiende a su anciana madre, da de comer a una docena de nietos, y cae rendida a
las once de la noche. En el lecho la espera su décimo tercer esposo y/o
concubino, hombre este que por más castigado que parezca dadas las condiciones
de vida infrahumanas, y a pesar del ambiente poco propicio de la casilla de
chapa, madera y piso de tierra, se transforma al final del día en un verdadero
semental y/o desaforado latin lover.
(Nota: Esta última constancia trae como consecuencia
los más variados reproches de las señoras burguesas contra sus burgueses
esposos, y potencia la envidia de ellas hacia su mediática empleada.)
Hartos los patrones de escudriñar la fangosa,
deprimente y poco interesante vida de Ramona, abandonan la persecución en
conjunto; y a partir de ese momento, esa misma noche, ven a Ramona en el
noticiero de las 9 sentada al lado de Madeleine Albright en la Asamblea General
de Naciones Unidas, y más tarde en la Conferencia del Grupo de los 8.
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De este autor puedes leer también el relato
La casona.
FOTOGRAFÍA:
Daniel Torrelló (http://www.torrello.com/)
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