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CUENTOS CON LA
ABUELITA NICASIA
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Alejandro Maciel
Con mis primas Marita y Estela caminando por las calles amplias de Bella Vista éramos tres
caricaturas de los dulces pastorcillos de Fátima que tía Nidia, baldada de una
pierna y contrahecha, se había empecinado en copiar de unos figurines
anticuados. Las mangas almidonadas de Estelita y los cuellos abotonados de Marita hacían perfecto juego con la pequeña chaqueta marrón en la que tía Nidia
me había embutido para completar el trío de las estampitas de Fátima.
Mis primas tenían esa mezcla de candor y voluptuosa
suspicacia que desarrollan las niñas con los primeros pasos. Los tres habíamos
cumplido nueve años y pasábamos largas temporadas en una vieja casona erguida
como el último bastión del empedrado antes de arrojarse íntegro: tierra, árboles
y pedruscos desesperadamente al río rugiente por una honda barranca.
Bella Vista parecía a lo lejos un apacible pueblo de
provincia al costado de la ruta principal; pero en el espejismo de las siestas,
a pesar del silencio dormido, se agitaba un torbellino de movimientos felices y
siniestros, como en cualquier pequeña o gran ciudad.
Desde el patio de la casa con su brillante césped que al ser
pisoteado olía permanentemente a hierbas, uno podía divisar el río brumoso en el
cabrilleo de eneros supurantes. O los atardeceres lánguidos en los que el cielo
entraba en celo volviendo las alturas de un púrpura candente.
Bajando la barranca por caminitos sinuosos llegábamos a un
jardín de miniaturas que cultivaba la viuda Nicasia, una abuelita regordeta
arrancada de cuentos infantiles con su bata bataraza, algún encorvamiento de
hombros y la cabeza canosa con un rodete en forma de pagoda. Todas las tardes
hurgaba en la tierra de sus almácigas con la serenidad de largos años de viudez
y soledad, hincando las macetas para airear la greda y fecundarla con estiércol
o guano, rastrillando aquí y allá entre las acelgas morenas y la empalizada de
tomateros.
Si no recuerdo mal, prima Marita fue quien inició la
tradición de los cuentos bajo la sombra comba de la morera.
—¿Por qué no nos contás un cuentito, abuela?
Nona Nicasia suspiró hondo porque el calor ahuecaba el aire
sofocado; tomó asiento en su vienesa abanicándose con la pamela de paja que
usaba cuando podaba el hortal bajo los fingidos inocentes rayos del sol y se
quejó:
—Hace calor, hijita.
Miró lejos, mucho más allá del cielo donde están los ángeles,
según tía Nidia.
—No importa, yo traje una limonada
—siguió Marita, que no era
de darse fácilmente por vencida— y mientras tomamos un vaso cada uno, vos nos contás alguna historia bonita.
Abuelita Nicasia levantó la vista con esos párpados pesados y
rugosos, traslúcidos y como a punto de resquebrajarse y fijando los ojos claros
en un horizonte brumoso, más allá de la otra orilla del Paraná, mucho más allá
de las islas fantasmales, empezó a contar la historia del jifero.
Tenía el carnicero Gauto la viciosa manía de alquilar putas
para satisfacer sus apetitos cada vez más retorcidos y que doña Amparito, su
mujer, no podía indemnizar por causa de su pudor.
Aunque algo obeso, el carnicero mantenía reflejos propios de
un puma cuando los escozores de su mal sexo lo azuzaban, y era capaz de saltar
por sobre el mostrador de mármol detrás de alguna barragana que se hacía la
pundonorosa para forzarla en la persecución. El sexo es juego.
Al despachar una vianda encargada para celebrar las bodas de
oro de los Silanes, comisionó a su ayudante Antolín el contrato de alguna de las
putas del barrio por esa noche. «Uno trabaja como un burro y al menos debería
aparearse como un toro», pensó que no lo dijo, ya que Antolín no entendería ni
mu, siendo como era, cretino de nacimiento. La palabra «aparear» la asociaría
inmediatamente con el verbo «apalear» y del placer pasaría a una horrible imagen
del dolor que nada tenía que ver en el asunto. El carnicero garabateó unas
líneas en un papel de astrasa e hizo llegar la oferta por medio de la esquela a
Rita Corvalán, una modista con fama de buscona que vivía a dos cuadras de la
carnicería.
Antolín volvió con la respuesta mascando un chicle globo.
Entre una y otra chuspa el dependiente anunció:
—Dice la Rita que está bien, que necesita hacerse unos pesos
para comprarle el jarabe a la tía que tiene tisis. Viene a las diez de la noche.
A las nueve y media, el carnicero bajó la cortina metálica y
se puso a encaracolar ristras de embutidos silbando una milonga, para guardar
todo en la heladera cuatro puertas junto con los restos de agujas, palomitas y
tapas de cuadril que habían quedado desparramadas sobre el mármol. Se enjuagó
las manos de sangrasa y después se puso a leer el periódico mientras esperaba a
la puta.
A la diez en punto, sonó el timbre. Hombre desconfiado, Gauto
preguntó: ¿quién es?
«Rita» le respondió la muchacha.
Entró por la portezuela-trampa vestida con una calza de Lycra
color obispo, la blusa de algodón muy tomada al cuerpo que dejaba ver dos tetas
erectas que se sacudían sin cesar y zapatos de taco aguja de
cabritilla-imitación. Al entrar tuvo que agacharse y al maniobrar rozó la traba
de la cortina metálica y rasguñó la media de nylon que terminó rasgándose,
dejando una estela de piel expuesta: unas carnes firmes y rosadas como pómulos
de bebé. ¡La puta madre!, se quejó ella y el carnicero cerró la escotilla con
doble vuelta de llave.
—A mamita también se le
corrió la media, abuela
—dijo prima
Estela—, hace unos días cuando podaba el rosal.
—Las medias de nylon son un
fastidio, queridita, creo que se inventaron para eso—, asintió abuela Nicasia y siguió con su relato.
Alguna inquietud sobrenatural ya percibió la vecina desde que
entró. La mirada del carnicero parecía sofocar lágrimas prohibidas, se frotaba
las manos continuamente husmeando algo goloso que la lengua, obesa y húmeda, se
prometía a sí misma en silencio. Torció varias veces la nariz como si alguna
molestia lo perturbara hasta que al fin saltó su deseo:
—¡Hoy quiero algo especial, algo virgen!
—anunció con voz
lúbrica el carnicero mientras Rita, sentada en una silleta de pinotea, movía la
pierna izquierda cruzada sobre la derecha, con la media corrida, al ritmo de una
cumbia villera que sonaba en la radio.
—Nadie me gana en la pechocha
—dijo, con énfasis un poco
publicitario— y podríamos empezar por ahí.
El carnicero negó varias veces con la cabeza como diciendo
«no me entusiasma» al tiempo que se recostaba apoyando el brazo contra la mesada
y exigía más en la mirada ansiosa. Eso de andar poniendo la verga entre los
senos de la mujer alquilada para recibir un frote enérgico no dejaba de ser una
masturbación algo sofisticada y nada más.
—¡Quiero algo virgen!
—exigió dándole un puñetazo al
repasador con el que limpiaba la mesada.
—¿Una buena mamada, acaso?
—preguntó la experta.
—¿Y qué?
—se irguió con modales rudos el carnicero—, ¿acaso
tu boca es virgen?
—Virgen, virgen no es
—simplificó Rita un poco fastidiada—,
pero mamo bien.
—¿Y el orto?
—quiso saber el carnicero guiñando el ojo
izquierdo con una sonrisa cómplice y levantando el índice con actitud de
proctólogo.
—Me lo rompió mi padrastro
hace un tiempo
—confesó la
muchacha con indiferencia profesional.
—¡Ni hablemos de la coneja!
—eructó el carnicero algo
enojado—, ya te la habrán roto desde tus primos en adelante, pasando por vecinos
y parientes...
—¡Qué tanta virginidad ni qué ocho cuartos!
—se quejó Rita ya
un poco harta de tanta insistencia con lo mismo—. Si tanto quiere una virgen,
vaya a la catedral. Yo soy puta y todo está usado. Si le gusta bien y si no, ya
se puede ir al cuerno a joder con la puñeta!
El carnicero se quedó mudo un momento mirando fijamente la
pared. Parpadeó entrecerrando los ojos, se apoyó contra el mostrador y empezó a
cincelar el filo de su cuchillo con la chaira. El arma hacía un «chuic,chuic» en
cada roce, muy parecido al de los besos fingidos en las novelas venezolanas.
—Está bien
—admitió—. Si no hay un agujero virgen, yo mismo
puedo abrir uno en tu cuerpo para violarlo a gusto.
Y saltó sobre la muchacha rompiéndole la blusa a tirones
mientras ella gritaba tratando de protegerse detrás de la silleta de pinotea.
—¿¡Qué mierda le pasa, grandísimo viejo pelotudo!?
—insultó
la costurera pillada en sus horas-extra.
—¡Santiago cierra España!
—clamó el carnicero, que por algo
era gallego de pura cepa. Después se abalanzó sobre la muchacha y la dejó en
cueros a tirones y cortes de breteles y bandas, como un moderno espadachín.
Cuando la tuvo completamente desnuda tomó los vellos del monte de Venus, los
tiró y de un cuchillazo rasuró la vulva rosada dejándola calva o casi.
Habiéndose recuperado del estupor inicial, Rita empezó a
gritar dando aullidos pero el carnicero tomó la chaira y se la clavó en la
lengua, contra la mandíbula, como una brochette. Empezó a brotar sangre que
corría por el mentón de la muchacha, desesperada y desnuda.
—¿No tenía frío, abuela?
—quiso saber Estelita.
No, qué frío. Hubiese sido piadoso por parte de la naturaleza
facilitarle un desmayo, algo que la aliviase pero en la desesperación únicamente
atinó a refugiarse detrás de la mesada de mármol aferrándose con fuerza a las
barras donde se colgaban los costillares y la carnaza. Al verla indefensa, el
carnicero buscó entre su arsenal un machete que usaba para trozar los cortes de
espinazo. Un sable largo y un poco romo que levantó sin que la pobre Rita se
diera cuenta y de un golpe le rebanó los dos pezones que los tenía apoyados
sobre el borde de la mesada, gritando: «¡quiero ubre!».
—¿Y ella no lo demandó, abuelita?
—¡Pero queridita!, los
juzgados no atienden después de las diez de noche, y además ella estaba
encerrada. El carnicero lo había previsto todo. «Mmmm», apenas pudo decir la pobre porque con la lengua clavada no podía
maldecir a gusto.
—¡Pobrecita!
—se condolió Estelita, que siempre fue muy
tierna. Tenía los ojos brillantes y si no sollozaba era por respeto al relato
que se hacía cada vez más interesante.
Dos fuertes chorros de sangre salían de los pechos rebanados,
Rita trató de huir por el costado del mostrador pero la misma sangre le hacía
resbalosa la corrida y terminó cayendo en el piso, encharcada en su propia
hemorragia.
—¿Eran baldosas o granito?
—intervino prima Marita
pestañeando como quien espera la respuesta de un examen final. Marita es
obsesivamente meticulosa con todo lo que esté relacionado a la decoración de
interiores. En eso salió a la madre. Tía Victorina jamás permitiría que alguien
echase las cenizas de un cigarrillo sobre su alfombra ni así fuera el mismo
Papa. Y conste que es muy religiosa.
—Creo que era granito
—siguió contando abuela Nicasia, como
restándole importancia al detalle—, ¡pero muy resbaloso por la sangre!, la pobre
Rita, desnuda y sin pezones quería levantarse de un lado y terminaba revolcada
del otro; y el carnicero taimado, aprovechando la pequeña distracción de su
víctima cambió el tremendo machete por un cuchillo puntiagudo con el que
recortaba las milanesas de lomo. Sin decir «agua va» se lo clavó en la pelvis de
Rita, un poco al costado del apéndice; hurgó en el tajo un buen ángulo para
conseguir el bolsillo de carne que necesitaba y después empezó a desabrocharse
el pantalón mientras más y más sangre supuraba desde la nueva herida.
«No hagas ruido, maldita puta», recomendó a la costurera, que
trataba de gemir sin ahogarse porque la hemorragia que manaba generosamente de
su lengua amenazaba encharcarle la garganta. Cuando tuvo abierta la bragueta se
tiró en el piso, empezó a besarle las rodillas, abrió con fuerza el tejido de
las medias que se había corrido y lamió varias veces el muslo tibio de Rita
llenándoselo de baba. Seguramente por obra del desangramiento, la muchacha
empezaba a sentir una asfixia terrorífica y lloraba emitiendo gemidos y con los
ojos muy abiertos como último acto de piedad.
—En este mundo alguien juega
con cartas marcadas
—murmuraba
enojado el carnicero, recordando que un diputado le había expropiado un terreno
en contubernio con el juez—, y por más que se llore y se grite, la justicia está
siempre de parte del más fuerte. Le dio una trompada a Rita que le hizo trizas
la nariz haciéndole perder el conocimiento.
—¿Qué conocimiento, abuelita?
—intervino Estelita aferrándose
a sí misma con los dos brazos sobre el pecho para abrigarse del estremecimiento
que la recorría como un rayo.
Todo el conocimiento, el pasado y el futuro se hicieron humo
instantáneamente. Rita dejó de sentir. Las cosas seguían sucediendo pero ya no
le pertenecían, pasaban fuera de ella que se mantenía fláccida como si durmiera.
El carnicero hurgó en su entrepierna, manoseó varias veces el
pene reblandecido hasta conseguir que se pusiera firme pensando en cosas
hermosas...
—¿Qué cosas?
—quiso saber Marita.
Algunos recuerdos de la infancia que le hacían sentirse bien;
siempre los mismos porque no era hombre de imaginación viva. Una tarde a orillas
del Mar Cantábrico, mirando las gaviotas que bajaban a hurtar merluzas de las
barcas de los pescadores, el olor del salitre contra el rostro, el empuje
incesante del mar queriendo abarcar todo lo que alcanzaban a ver los ojos.
Queriendo ser absoluto.
Giró el cuerpo de la costurera buscando con el tacto la
herida y la penetró contra-natura en el agujero abierto con el puñal. En cada
arremetida saltaban chorros de sangre espesa y algo adentro hacía un ruido seco,
«chuc, chuc» como de tela rasgándose a tirones. El carnicero, que venía de una
familia muy devota, pensó un instante en ángeles. Imaginaba pequeños ángeles
translúcidos juntando en copones de oro la sangre de la costurera para
llevársela a los pies del Señor como ofrenda. Dios se sentiría complacido porque
amaba el sufrimiento; no por nada permitió que se sometiera a suplicio a su
propio Hijo hasta matarlo para purgar delitos del vecindario; de manera que la
sangre de la pobre Rita sería un bálsamo para el Señor.
¡Quién sabe cuántos pecados desconocidos se estarían
redimiendo en ese mismo instante con la sangre de la puta!
—¿Sufrió mucho, abuelita?
—cortó la voz de Marita, recta y
desentonada como siempre.
—Quien sufre por amor no
sufre, porque es un sufrimiento que se olvida de sufrir. Solamente se acuerda de
amar
—contestó abuela Nicasia.
Como ninguno de los tres comprendió ese juego de palabras
difíciles que sólo conocíamos vagamente, nadie dijo nada.
Cuando acabó, como si nada, el carnicero Gauto se levantó,
volvió a subirse los pantalones y se limpió la sangre que en algunos pliegues de
su codo empezaba a formar costras.
—¿Con qué se limpia la sangre, abuela?
—indagó suavemente Marita.
Agua y jabón, para empezar. También se puede usar vinagre si
ensució alguna ropa, pero el carnicero se conformó con lavarse los brazos y el
cuello. En su caso, un poco más o menos de sangre en los trapos no hace mucha
diferencia. Rita Corvalán había muerto desangrada en medio del coito y ahora
había que pensar qué hacer con el cadáver.
—¿Esto no es un crimen, abuela?
—quiso saber Estelita
frunciendo un poco las cejas y con cierta desconfianza detectivesca.
—Es un cuento queridita. Me habían pedido un cuento, ¿no es
así? Y bueno, empezó a descarnar pacientemente a la muchacha como si se tratase
de una res. Separó los huesos que iba apilando a un costado, mientras tiraba
trozos de carne en la máquina moledora cuyo motor producía un ronroneo seco,
como un gato de aluminio que quisiera sonar más fuerte que la música de bailanta
tropical que aturdía desde la radio.
—Es un asesino
—dijo muy segura Estelita cargando la voz con
repudio.
—No hay que pedir que las cosas sean como uno desea. Es mejor
desearlas tal como son, aseguró abuela Nicasia antes de continuar. El hombre se
pasó la noche triturando las carnes de la finada, después la mezcló con carne de
cerdo finamente picado que tenía en la heladera y terminó haciendo unas regias
butifarras con la mistura. Antes de medianoche, mientras silbaba un tango,
quebrantó los huesos a machacones hasta dejarlos reducidos a quincallas: cráneo,
húmeros, fémures y omóplatos. Los arrojó en el tacho donde acopiaba todo lo que
enviaba los jueves a la fábrica de comida para perros. A eso de las tres de la
mañana terminó su trabajo encubridor aunque todavía restaban dos problemas a
resolver. ¿Alguno de ustedes adivina qué faltaba?
Los tres nos miramos con cara de curiosidad. Yo pensaba cosas
estúpidas, como de costumbre, según siempre me decía tía Edelmira. Que si
alguien avisó a la casa de Rita que la habían matado, como si el carnicero fuera
a ser tan tarado para denunciarse a sí mismo, si justamente estaba tratando de
ocultar su crimen.
—¡La ropa!
—atinó a decir Marita, que siempre fue la más
lista de los tres.
La ropa y el cuero cabelludo, consintió afirmando con el dedo
índice la abuela Nicasia. Con la ropa y los zapatos, hizo un hato, lo embebió en
gas oil y le prendió fuego en el patio del lado izquierdo, que daba a un baldío
lleno de yuyos donde siempre incineraba basura. No quiso quemar el pelo teñido
de rubio de Rita Corvalán porque temía que el olor acre de las crines al
quemarse podría despertar alguna sospecha en el vecindario. Puso la cabellera
con el casco de piel en un balde y lo llenó de soda cáustica. Primero la
pelambre color escoba viró del amarillo astroso al blanco, después adquirió un
tinte traslúcido y todo se fue disolviendo en una especie de gelatina gredosa
que arrojó en el inodoro. Hacía todo con mucha seguridad, como si estuviese
siguiendo un recetario del crimen perfecto. Cantaba unas coplas que su abuelita
había traído de Sevilla:
En las Cortes, se decía:
«Juzga el juez con su alcancía»
La justicia es una sola,
Quien la compra, gana en todas.
Pasó el tiempo, todo el mundo daba por perdida
definitivamente a Rita Corvalán; alguno decía que se había mandado a mudar con
un superintendente de bancos, otros que había sido reclutada como pupila en un
burdel de Curitiba; quien más quien menos inventaba alguna salida para explicar
la desaparición. La tía murió de tisis al mes. Sin el jarabe y las píldoras, la
enfermedad fue quebrantando lo que restaba después del disgusto por la
desaparición de su sobrina. Todo fue volviendo lentamente a la normalidad, salvo
en un pequeño detalle. Desde entonces, el carnicero Gauto no dejaba de hablar
hipotéticamente del crimen perfecto. Discutía acaloradamente con sus clientes
cuando éstas le decían «algún día, Dios hará justicia donde el hombre no la
hizo». Cuando alguna cliente un poco fanática de la justicia divina levantaba el
índice apostrofando la furia del Señor el día del Juicio Final don Gauto, para
cortar la discusión le obsequiaba un kilo de butifarra especial en son de paz.
Cuando hubo liquidado hasta el último embutido en calidad de
obsequio (en esto se mantuvo íntegro, jamás condescendió a vender un sólo gramo
de Rita) empezó a renegar de Dios, de sus santos, sus ángeles y hasta cambió el
cuadro del apóstol Santiago que presidía la carnicería por un póster de Lalo y
los descalzos.
Aunque nunca había sido hombre de variada lectura se
obsesionó con algunos libros de «Metafísica» escritos por clarividentes y gente
que había regresado de la muerte contando historias maravillosas acerca de
túneles en cuyo fondo resplandecía una luz parecida a la de Dios. Buscaba
ansiosamente cualquier forma de comunicación con el más allá. En el «Registro de
la Eternidad» escrito por un tal profesor Abreu halló la forma de transformarse
en médium en tres lecciones. Invocó una noche de plenilunio el espíritu de Rita Corvalán pero por algún error sintáctico o gramatical al leer la fórmula escrita
en latín españolizado, respondió el alma todavía viva pero ya corrupta de María
Julia Alsogaray, ex ministra de Menem. Si había fallado la trasmigración, la
trasconcienciación se había mantenido intacta porque esa noche el pobre
carnicero no pudo pegar un ojo agobiado por las culpas ajenas. Soñaba con
juzgados de tercera instancia citándolo a declarar en veinticuatro causas por
robo, defraudación, falsificación de documentos públicos, licitaciones
fraudulentas y otras entelequias jurídico-financieras de las que no podía
defenderse en su mar de ignorancia.
Dios entra por un sitio distinto en cada persona.
—¿No era acaso culpable del asesinato, abuelita?
—insistió Marita poniendo un gesto adusto—, los criminales tienen que ir a la cárcel como
corresponde.
El carnicero no es un criminal, queridita, sino un personaje
de ficción. La ex ministra es la única realidad. En el arte de la narración no
hay buenos y malos, solamente hay gente desesperada tratando de saber qué hay
detrás de la cortina. La primera lección de la Historia es que la maldad es
buena: leerás que sólo los que nos parecen aborrecibles figuran en las crónicas
de los pueblos.
—¿Qué cortina?
—quiso saber Marita, seguramente pensando en
los géneros con las que estaban confeccionadas, las pasamanerías y todos los
detalles decorativos que siempre la fascinaron.
La cortina de este enigma que es la vida
—prosiguió abuelita Nicasia cebándose un mate—. Nadie sabe para qué ni por qué estamos donde
estamos; y para resolver el enigma únicamente tenemos a la naturaleza donde no
hay buenos ni malos, como en el arte. ¿Es malo un león porque acogota a la
tierna gacela con los dientes? No, no es malo, simplemente tiene hambre.
—Pero el carnicero no tenía hambre,
abu
—se apresuró a
objetar Estelita con la vocecilla de cristal.
—Quién sabe. Hay muchos tipos de hambres como hay muchos
tipos de hombres. En eso el arte y la naturaleza son parientes: no saben qué
está bien y qué está mal. El arte vendría a ser una forma de naturaleza hecha
por los hombres. Obra sin conciencia, siguiendo los rastros de la belleza que
siempre se equivoca de camino. Pero el carnicero Gauto, lejos de desanimarse,
siguió adelante con sus investigaciones. Casi no dormía cada noche repasando
manuales que relataban las peripecias de los difuntos en el más allá. Acudió a
quirománticos, agoreras, nigromantes y cuanta gitana pasaba por allí: se hizo
tirar el tarot marsellés....
—¿Y qué decían las cartas?
—preguntó ansiosa Estelita.
—Las cartas nunca dicen nada, querida. Las videntes son las
que hablan; en este caso una gitana obesa como un fardo de avena, llena de
ajorcas y sortijas. Una y otra vez aparecía La Muerte como si no hubiese otra
carta en la baraja. «En tu pasado se conocieron», le predijo aunque el pasado al
carnicero Gauto, mostrándole el esqueleto de la lámina de la naipe. «Quiero
saber qué hay después de la osamenta», preguntó ansiosamente el carnicero.
—¡El alma se va al cielo,
abuelita!
—intervino la necia de
Estelita que siempre parece tener respuestas para todas las preguntas.
La abuela Nicasia hizo un pequeño gesto meciendo la cabeza de
un lado a otro con el semblante casi atormentado. Iba a decir algo, pero
prefirió continuar su relato como debe hacer una persona responsable una vez
iniciada la tarea.
La gitana
volvió a barajar el mazo de naipes, mezcló varias veces y cuando el cliente
cortó la pila, ella dio vuelta la primera baraja, que estaba vacía. «Nada. No
hay nada», se limitó a decir cuando por fin, quitándose tanta angustia acumulada
desde aquellas diez de la noche de aquel día señalado, el carnicero Gauto se
puso a llorar desconsoladamente.
Estelita me miró perpleja, pero Marita, que siempre tuvo un
sexto sentido atinó a preguntar:
—¿Por qué lloró recién entonces, abuelita?
Porque
comprendió que solamente había cometido un crimen, el mismo acto mecánico de
matar que venía cumpliendo por su trabajo desde hacía cincuenta años con vacas,
terneras, novillos y cerdos.
Los tres pastorcillos volvimos a subir la cuesta un poco
turbados.
Aunque arriba el sol era una fiesta de resplandores, abajo el
río rugía advirtiendo que todos los movimientos de la naturaleza están llenos de
una calamidad disimulada.
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ALEJANDRO MACIEL
es un escritor que vive en Argentina

BLOG DEL AUTOR:
NIRE 2005: Palabras Escritas
Fotografía: Pedro M. Martínez

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