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Flores secas
Thamar Álvarez Vega
Al principio
fueron sólo dos o tres florecillas esparcidas bajo el
ventanal de la terraza. Estaban marchitas, abandonadas a ese final seco y
descolorido de todas las cosas, pero ella ni siquiera reparó en su presencia.
Descorrió las lánguidas y pesadas cortinas con parsimonia y se quedó
contemplando el frío amanecer de una mañana más de otoño. Fue una hora después,
cuando el sol había perdido ya la batalla contra el cielo apagado y gris, y el
día comenzaba a emitir esa insinuante humedad de prados verdes y nieblas sedosas
y dispersas. Las percibió entre las perezosas brumas del pensamiento, sin
distinguirlas, mirándolas sin verlas. Entonces su atención despertó de su
indolente letargo y se quedó observándolas con curiosidad, miró el ventanal por
el que plausiblemente habían entrado a caballo de alguna suave brisa y sonrió
con tristeza: no le gustaban las flores cortadas, las amaba en su sitio, entre
espinosos y frondosos arbustos o sobre mantos eternos de hierba húmeda. Pero así
no. Odiaba las flores cortadas, quizás porque se encontraban demasiado cerca de
la muerte para quererlas mucho tiempo, quizás porque le recordaban que era a
ella a quien no le quedaba ya mucho tiempo para amar la vida. Las recogió una
por una y las lanzó por la ventana con un movimiento preciso: dentro de su casa
no quería flores secas.
Y lo olvidó. El hallazgo de tres flores marchitas no era una
anécdota digna de recuerdo ni de pasar a los anales de la historia personal de
nadie. A menos que, como ella, se encontrara una semana después con cinco o seis
florecillas de iguales características, pequeñas, marchitas, de pétalos
acartonados y tallo frágil y reseco, junto a la escalera de acceso a las
habitaciones del piso superior. Su mente no relacionó ambos hallazgos, tenía ya
setenta y seis años y a esa edad los acontecimientos cercanos se difuminan en el
aire en idéntica armonía con que los antiguos se fijan a la memoria como
esculturas pétreas e irrompibles; pero al agacharse a recogerlas, se encontró a
sí misma repitiendo un gesto casual y repentinamente familiar. Entonces recordó:
hacía una semana había recogido dos o tres florecillas al pie del ventanal de la
terraza, y ahora tenía seis unos metros más al interior de la casa.
—«Ha tenido que ser el viento —se dijo un poco malhumorada—
está visto que tendré que cerrar las ventanas».
Y las cerró, no sin antes recoger las seis florecillas
mustias y lanzarlas al vacío, como hiciera con sus predecesoras.
Tres días después, al volver de su paseo vespertino, agobiada
por la llovizna de finales de mayo, y arrastrando aún la amargura de un paseo
solitario y errabundo, se encontró con un pequeño montón de flores secas en
mitad de la escalera. Daba la impresión de que alguien las hubiera cortado y
transportado entre las manos para acto seguido derramarlas en aquel peldaño de
maderas lisas y barnizadas.
Esta vez se sobresaltó. Las ventanas estaban cerradas, la
casa en orden, todo era silencio y penumbra, pero era evidente que alguien había
estado allí y depositado aquel montículo de florecillas secas en su escalera, y
que había estado haciéndolo al menos dos veces, cuando encontró las primeras
junto al ventanal y las siguientes varios metros más adentro. Alguien entraba a
su casa, estando o no ella en su interior, y depositaba aquellas flores mustias
y resecas, cada vez más al interior de la casa, cada vez más arriba. No
importaba cómo ni porqué, ni siquiera quién: lo cierto era que entraba.
Aquella noche no durmió. Se sentó en su señorial cama
adoselada a esperar pacientemente, sin miedo, sin angustia, sólo a esperar,
atenta a cualquier ruido, a cualquier movimiento o cambio sospechoso. Fue una
espera infructuosa; mientras veía amanecer a través de las tenues cortinas de su
habitación, comenzó a pensar por primera vez en la posibilidad de buscar ayuda.
No le quedaban ya muchos amigos ni parientes, pero sí más de uno en quien poder
confiar sin el temor de que la mirase con infinita condescendencia y le
recomendara contener su novelesca imaginación.
Se levantó de la cama preguntándose si, después de todo,
había realmente motivos para alarmarse: unas florecillas resecas y descoloridas
no constituían un serio peligro para nadie, pero al abrir la puerta de su
habitación, la pregunta se congeló en su mente: a sus pies, y a todo lo largo
del pasillo, una alfombra de flores marchitas, más parecidas al papel que a la
vida, cubría el suelo con majestuosa elegancia, inundando el aire con el
inconfundible y tétrico aroma de las coronas funerarias, el aroma a flores
muertas.
Ella emitió un sollozo y, convulsionada por el terror, corrió
en dirección a la escalera, percibiendo bajo sus pies descalzos el tacto
cortante y acartonado de las flores secas. Al final del pasillo observó que el
manto imposible se extendía escaleras abajo y culminaba a los pies del ventanal
de cortinas lánguidas. Bajó con cuidado, mareada por el intenso aroma y agarrada
a la baranda con manos poco firmes; cogió el teléfono con dedos temblorosos,
irresolutos. No hubo nadie que recibiera esa llamada.
Días después, animados por el silencio y la quietud que
emanaba la casa, dos niños se introdujeron sin dificultad por el amplio ventanal
abierto. El interior estaba tranquilo, ordenado, silencioso... Su aspecto era
completamente normal a excepción de... de todas aquellas flores marchitas, a
centenares, a miles, cubriendo el suelo de la entrada, de la cocina, del salón,
de las escaleras... Los pequeños, sin poder contener su naturaleza curiosa,
subieron cautelosamente los peldaños, sintiendo crujir las secas flores a su
paso, un crujido inquietante y claramente audible en el oscuro silencio de la
casa. Cruzaron el pasillo hablando entre ellos a media voz, ya temerosos, ya
asustados frente al estrecho y largo corredor. A escasos metros vieron la puerta
abierta de una habitación, se asomaron desde el umbral y penetraron en ella.
Todo parecía en orden, en calma, fija cada cosa en su sitio a través del tenue
manto de la penumbra. El tiempo detenido a su suerte y el espacio abandonado a
la quietud de la soledad. Porque la habitación estaba desierta y no había nada
en ella que llamara excepcionalmente la atención, ni siquiera ese otro manto de
flores marchitas y tristes depositadas encima de la cama, semiocultas bajo las
sábanas, esparcidas entre los pliegues de la almohada y derramadas sobre el alto
y vistoso dosel.
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THAMAR
ÁLVAREZ VEGA es una escritora chileno-española.


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