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La extraña
Sergio Borao
Después de tantos meses, el paseo
vespertino era una rutina más, un invariable deambular por las calles del barrio
y los parques cercanos.
La costumbre traza itinerarios. Así, aunque uno se dejase ir al azar,
los propios pasos se amoldaban a la monotonía grisácea de las aceras y conducían
siempre a los mismos destinos, a idénticos regresos.
Salvo esporádicos encuentros con algún vecino o intrascendentes
conversaciones accidentales, nunca sucedía nada.
Pero esa tarde de
martes —lo mismo podría haber sido viernes o domingo; así de plano era mi
horizonte por esa época— hubo un cambio.
Como tantos otros días a lo largo del tedioso e inacabable periodo de
convalecencia, yo había salido a caminar por el barrio. Ya de vuelta, intentaba
introducir la llave en la puerta para entrar en el viejo edificio donde vivía,
cuando vi a la chica. Algo en ella me llamó la atención, y por eso me quedé
mirándola, con cierta curiosidad.
Cuando llegó a mi lado, se quedó allí parada, como esperando que
terminase de abrir de una vez la puerta para poder entrar en el patio. Así lo
hice, invitándola con un gesto a franquear el umbral, cosa que hizo con bastante
celeridad y sin el mínimo sonido, como si estuviese formada de brumas o de la
intangible esencia de los sueños. Luego, se demoró un poco junto a los buzones,
aunque sin abrir ninguno de ellos. Por un momento, pensé que tal vez fuese una
repartidora de publicidad, aunque deseché tal idea al observar que no llevaba un
solo papel en las manos.
Pasé junto a ella, musitando un sordo «hasta luego» que no recibió
respuesta (cosa harto común en este inicio del XXI) y comencé a subir los
cuarenta y ocho escalones que me separaban de mi casa, de la temible e
inquebrantable soledad tan arduamente edificada a lo largo de los últimos diez
años.
No tardé en percibir sus pasos leves, indecisos, a mi espalda. Cada
vez más convencido de que ella no pertenecía al edificio, temí que me hubiese
venido siguiendo, que tratase de robarme (unos días atrás le había sucedido algo
así a una vecina del segundo) pero ese pensamiento me resultó absurdo. La chica
era delgada y no muy alta. Calculé que no pesaría más de cincuenta o cincuenta y
cinco kilos. Resultaba difícil pensar en ella empuñando una navaja o una
jeringuilla.
Deseché tal visión y seguí subiendo con lentitud, con esa lentitud que
da el cansancio, ese cansancio nacido de la repetición infinita de los actos
cotidianos. Cuando por fin llegué junto a la puerta de mi casa, ella también se
detuvo, detrás de mí, a menos de un metro de distancia, mirando al suelo y en
silencio.
Me sentí incómodo. No sabía si meter la llave en la cerradura o dar
media vuelta y bajar de nuevo los cuarenta y ocho escalones; o quizá encararme
con ella y preguntarle por el significado de su persecución o de su estancia
allí. Ninguna opción me satisfizo. Tenía la certeza de errar, independientemente
de lo que finalmente decidiese hacer.
Muy despacio, esperando que fuese ella quien se viese obligada a tomar
una u otra decisión, metí la mano en el bolsillo del pantalón y demoré unos
segundos infinitos en encontrar el llavero. Luego, con una casi ceremoniosa
parsimonia, seleccioné la llave indicada y la introduje en la cerradura,
girándola dos veces y abriendo finalmente la puerta, sin prisa, con aparente
calma (pero mis entrañas eran un campo de batalla, un entrechocar de sensaciones
contrapuestas sin solución posible).
Cuando ya estaba en el interior de mi vivienda, me giré un poco para
comprobar su reacción. Seguía allí, al otro lado del umbral, inmóvil, mirándome
con esos ojos verdes, profundos, como esperando una invitación (me recordó, no
sé por qué, esas historias de vampiros, en las que el vampiro no puede entrar en
una casa sin el correspondiente permiso del que la habita).
Mas su mirada no albergaba un ruego, ni una pregunta. Nada. Sus ojos
eran un remanso de aguas tranquilas. Como si su presencia allí afuera, justo al
otro lado de la puerta, fuese lo más natural del mundo.
Imposible precisar el tiempo que duró esa escena. Yo la miraba,
interrogándola con los ojos, sin cesar de hacer difíciles conjeturas acerca de
sus motivos, esperando que dijese algo, tratando de convencerme de la
conveniencia de cerrar la puerta y dejarla allí con su insoportable silencio y
su corta melena rubia y el misterio abisal de sus pupilas que no cesaban de
mirarme. Ella sólo aguardaba un gesto.
Lo malo de tomar
decisiones es que siempre hay que elegir un camino y desechar todos los demás.
Uno nunca sabe qué hubiera pasado de haber hecho otra cosa. Resulta frustrante
la sospecha de haber elegido la peor opción. Por eso, no cerré la puerta, pero
tampoco la invité a pasar. Di media vuelta, me adentré en el recibidor y dejé
que fuese ella quien se viese obligada a decidir.
No dudó ni un instante. De reojo, comprobé que, desde el interior,
cerraba tras de sí con mucha delicadeza, como tratando de evitar el mínimo
ruido. Sonreí.
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SERGIO BORAO LLOP nació en Mallén (Zaragoza, España) en 1960 y
reside en la capital zaragozana. Es encuadernador, periodista, poeta y
cuentista.
Ha publicado los siguientes cuentos: Las carreteras (Revista Nitecuento, nº
23, también en Margen Cero); Antología Relatos - Zaragoza, 1990; Feria (Revista Nitecuento, nº 13);
Paisaje sin batalla (Revista Nitecuento nº 16); Espíritu de la Plaza
(Antología Callejón de palabras - Mizar) y en cuanto a poesía publicada: La
estrecha senda inexcusable (poemas) (Poemas Zaragoza, 1990) y Poemas
(Antología Poemas quietos - Mizar).
Web
del autor
De este autor puedes leer, también: el poema
Nómadas;
Cansancio,
texto en prosa publicado con motivo del IV aniversario de la Revista Almiar y
los
relatos
Las carreteras y
La marca doble.

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