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Lux Mundi
Mariana
Pérez Pérez
Ego sum lux
mundi.
(San Juan 8-12)
Quien perturba
su casa heredará viento,
Y el necio harase esclavo del sabio de corazón.
(Proverbios 11-29)
Parada frente al cuadro, Joana
comprende la infinitud del cielo y de la tierra. Ve la luz, el color, la
adoración, la fe, el chisporrotear de llamas en ascensión a través de las
intimidades de aquellos cuerpos largos e iluminados por esa figura desnuda que
ocupa el punto focal de la composición. Ve vírgenes, ángeles. Contempla al niño,
siente que él la penetra de piel a vientre, se resguarda adentro y sigue el
curso de la sangre hasta llegar al sitio de donde emergen las pesadillas. El
recién nacido se le vuelve distorsión, máscara borrosa. Joana sabe que ese niño
no es como los que bañaron su útero años atrás; esos quedaron lejos, en la Isla,
junto a los fantasmas de su negación, mientras ella se descubre en este museo,
con los ojos y las entrañas tocados por esa figurita blanca, en torno a la cual
estalla la fascinación de quienes llevan los pies descalzos. Joana siente
escalofríos frente al cuadro, el niño puede crecer y, con el dedo amenazador,
señalarla: —«¡Mujer, dejaste a tus hijos abandonados, como los hombres hicieron
conmigo!» —y tiene impulsos de correr por el laberinto de las salas y salir a la
calle, hasta perderse en una plaza. —«¡Si me crecieran alas, iguales a las de
ese arcángel de manto ocre que, desde el cielo, con las manos en el pecho,
protege al pastorcito! ¡Quisiera volar a la Isla para envolver a mis hijos,
postrarme e implorarles perdón por los desaciertos, adorarlos como la Virgen
adora a su pequeño!».
Cinco años atrás Joana no presentía la angustia de hoy,
entonces vivía la fiebre de grandeza, aquella ilusión de encontrar horizontes
abiertos a la gran cultura, a los clásicos del arte universal. Ya conocía por
los libros la existencia de ese museo y había estudiado a muchos de los pintores
allí expuestos. Por aquella época, comentaba en los círculos más íntimos que se
sentía encarcelada, rodeada por el mar en una tierra sin atractivos, apagada y
pobre; decía que necesitaba recorrer el mundo, encontrarse frente a esa fortuna
que fue acumulando la sociedad desde tiempos inmemoriales. No sabía ver el costo
de aquella, ni contar los hombres perdidos en los océanos, la muerte por las
espadas y el poder del oro, durante los siglos deslumbradores del Renacimiento.
Joana era solamente imaginación, fascinación por el brillo foráneo; miraba a sus
hijos y los veía ajenos, sólo dos criaturas a las que debía alimentar cada día
sin saber cómo. Buscaba constantemente una ventana para salir a otros aires.
Entonces, como ahora, quería volar, sin comprender que serían vuelos por vientos
contrarios. Le resultaba imposible respirar en la isla, era como si todo el humo
de esos tiempos se acumulara en sus pulmones, hechos para aspirar el perfume de
la belleza que irradia el arte. Frente a sus pupilas todo aparecía plano y
oscuro; era preciso que recorriera las galerías brillantes, que palpara la
solidez de los mármoles poderosos donde una vez se posó la mano de un Artista.
Por eso, no tuvo que pensar mucho en la oportunidad que aparecía repentinamente
ante sí. Aquel señor le hablaba de los lugares que ella ansiaba conocer,
mientras bebían en un bar, bajo la luz matizada por una cristalería de dudosa
exquisitez. Discutían acerca de cómo cada maestro renacentista usaba la luz y
las proporciones con un sentido psicológico determinado por su circunstancia.
—«En el Greco, por ejemplo —enfatizaba él, con el tono doctoral de quien ha
tenido la felicidad de contemplar la obra del pintor—, las figuras se alargan y
los cuerpos se yerguen en franca voluntad de ascenso al cielo, en busca del
sosiego que la tierra no podía darles; en su época —continuaba, mirando a los
ojos de la muchacha— el temor a la Inquisición y la fe sincera, conducían al
éxtasis y de ahí la espiritualización que adviertes en los rostros de este
maestro de la psicología del retrato» —la luz del bar ponía tintes exaltados en
el rostro que le hablaba, con peculiar ceceo, de un lugar imaginado pero remoto. Joana miraba frente a sí la figura delgada y alta, de cabellos cortos, nariz
afilada, barba rala, frente alargándose hacia el centro de la cabeza, y el
hombre, como personaje delineado por el pincel de El Greco, adquiría para ella
un sentido gótico. Más tarde, salieron abrazados y se fueron caminando sin prisa
por callejones malolientes, donde las casas, estropeadas y sucias, acentuaban su
sensación de pobreza. Pronto llegaría el momento en que nada importan los
ángeles, ni los pintores, ni la luz, ni la fe; únicamente la pasión —con
imágenes orgiásticas de la fiesta de Dionisos— entre las sábanas de aquel cuarto
alquilado, lejos de miradas y lenguas que pueden envenenar la intimidad entre
una mujer y un hombre de latitudes opuestas. Pero, de cualquier manera, eran un
hombre y una mujer desnudos, Maja ella, Apolo él, mármol y lienzo, luz blanca o
sombra, matiz rosáceo, piernas que se enlazan, cuerpos que sudan, olvidados de
museos e imágenes toledanas. Solamente dos cuerpos que se abrazaban y gemían,
poseídos por la pasión recién alcanzada con licores extranjeros y anunciaciones
de viajes al Paraíso, con manzanas y cuadros de Doménikos Theotokópoulos.
Únicamente importaba la cópula brutal, en medio de esa ciudad envuelta por un
manto de dioses impíos que la vapulean a merced de sus caprichos mundanos; una
ciudad cercana a la tristeza, con habitantes que buscan ansiosos un nuevo
aliento de ángeles para volar hacia centros menos sombríos. Esa noche no
importaron los ángeles, se trataba de la pasión alucinadora, sobre la que pendía
la sentencia de un orgasmo protegido por una pared sintética, envoltura que la
separaba de las galerías asépticas del Continente, porque ella era una isla
desprovista, el polvo de las calles que afuera se encogen dentro de su propio
ovillo, un pesebre de heno esperando la «luz del mundo», el muro donde sólo
quedaría la mancha oscura de un cuadro recién descolgado.
Con la «Adoración de los Pastores» frente a ella, como una
gota de aceite en medio de la bahía —«su bahía»— rodeada por muchas gotas negras
y espesas, se apropia del desamparo del hombre en su cruz y reflexiona: «de qué
valen tantos rostros en la contemplación del niño entre pañales blancos si el
verdadero nunca los tuvo». Ahora recuerda a sus hijos, ¿quién estará mirándolos?
Los contempla bajo el sol, sudorosos, pero no puede hablarles porque su manto
rojo tiene espinas y la sangre le cubre los labios. Ya no puede tocarlos, tiene
las manos clavadas y duelen; tampoco correr a ellos, el madero atado a su
espalda se hunde en una tierra que no es la suya. Sacude los hombros, desvía los
ojos del cuadro y se vuelve con rabia. Se va, sin saber apenas como hallar la
salida.
Los ojos de Joana ya no miran la fachada imponente del
edificio donde los hombres resguardan su «Lux mundi». Anda con paso apurado, la
noche está cerca y anuncia tormenta. Desde el Oriente viene creciendo un
inquietante ruido de soldados dispuestos al ataque. Ella sabe bien a dónde se
encaminan y mira hacia lo alto en busca de una luz blanca, pero sólo centellea
ante sus ojos el reflejo de avenidas a donde nunca llega la verde revelación de
los Olivos.
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Mariana Enriqueta Pérez Pérez
(Santa
Clara, Villa Clara, Cuba, 1951), es Graduada de Licenciatura en Filología,
Especialidad Lengua y Literatura Hispanoamericana y Cubana, por la Universidad
Central Marta Abreu de Las Villas, en el año 1983. Ha cursado estudios de
postgrado de Narratología, Teoría Literaria y Diplomado de Cultura Cubana, entre
otros.
Poemas y otros trabajos suyos han aparecido en diversas publicaciones de su
provincia y en la revista El Cuervo, de Puerto Rico. Su cuaderno de poesía La
Nostalgia Domina los Rincones fue publicado por la Editorial Capiro, de
Villa Clara, en 1992. En el año 2000, la Editorial Oriente, de Santiago de Cuba,
incluyó cuatro obras suyas en la selección poética Mujer Adentro. Su
libro Cierta Llama, escrito en décimas, también de la Ed. Capiro,
apareció en el 2001.
Ha participado en el proyecto INTER-RED 2005 de la Editorial Nuevo Ser.

Imagen: Vista de Toledo - El Greco.

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