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La
muerte de mamá
Nieves Jurado Martínez
Mamá se suicidó bien entrada la
noche. Hacía frío. Nunca pensé que lo haría, a pesar de que siempre
amenazó con hacerlo.
—Los verdaderos suicidas no avisan. Si alguien quiere quitarse la vida
lo hace y punto —me comentaba la vecina en un intento de tranquilizarme. Pero se
equivocó.
Juana, la vecina, creía saber muy bien de lo que hablaba, porque había
sufrido esa experiencia. Su marido se había suicidado hacía unos siete años.
—Y quién lo hubiera imaginado —se lamentaba—. Con lo alegre que era.
Nunca se quejó, nunca.
La verdad es que no recuerdo muy bien lo que ocurrió ese día porque yo
era muy pequeña, debía de andar por los cinco años. De lo único que me acuerdo
es de los gritos de dolor de la mujer. Se me metían en la cabeza y se me
clavaban como agujas. Estuve toda la noche escondida debajo de las sábanas de mi
cama llorando de dolor y de miedo.
Para hacerle compañía, empecé a pasarme algunas tardes a merendar con
ella, y después, con la enfermedad de mamá, me tiraba casi todo el día en su
casa. Mi madre siempre estaba acostada y, a veces, ni siquiera se levantaba para
abrirme la puerta cuando regresaba del colegio, porque, según ella, no le
quedaban fuerzas ni para respirar. A mí no me importaba, yo sabía que necesitaba
descansar; además, me gustaba ir con Juana, porque me contaba historias
fascinantes de su vida. Unas eran muy divertidas, tanto que me hacían reír hasta
dolerme la barriga; sin embargo, otras me daban mucha pena. Como la historia de
una guerra que hubo hace muchos años, cuando ella era una niña como yo. Entonces
su voz temblaba al recordar el día que mataron a su padre y a su hermano. Yo
veía sus ojos ponerse brillantes como el cristal. Hacía un gran esfuerzo para
que no se le escaparan las lágrimas, y aún no sé cómo lo conseguía.
Mamá siempre estaba triste. Una vez oí a alguien decir que cuando la
tristeza es tan grande que te oprime el estómago y no te deja respirar, se llama
depresión. Y ella debía estar muy enferma de depresión porque lloraba mucho,
sobre todo por la noche, cuando el silencio le recordaba su dolor. Y bebía,
siempre bebía. Algunas veces mezclaba la bebida con unas pastillas que guardaba
en el cajón de su mesita. Papá casi nunca estaba en casa, pero cuando venía
discutían sin parar. Él se enfadaba mucho con ella, la humillaba y le decía que
no servía para nada porque se estaba volviendo loca. Yo no soportaba que la
insultara de aquella manera. Mi mamá no estaba loca, simplemente estaba enferma
y sola, muy sola. Muchos días entraba de puntillas en su habitación, para no
despertarla, y me tumbaba en la cama, a su lado. Le acariciaba el pelo y la
cara. La tenía muy blanca, tanto que se distinguía perfectamente el camino que
dibujaban las venas por sus mejillas. Entonces se despertaba y me sonreía.
—Hola cariño. ¿Cómo está mi princesa? —murmuraba sin apenas mover los
labios finos y arrugados.
—Muy bien, mamá. ¿Y tú?
—Cansada. Muy cansada.
Después cerraba los ojos y se volvía a dormir. Yo me quedaba junto a
ella, oyendo su respiración. Era suave, apenas un ligero soplo de vida.
La noche de su muerte fue muy extraña. Yo tenía fiebre y la cabeza me latía como
si una bomba en su interior fuera a estallar. Tuve muchas pesadillas y, no sé si
fue en una de ellas, donde me pareció oír a mis padres discutir; pero no era
posible, papá me dijo que se iba por una temporada. Me desperté de golpe,
sudando. Mi pijama se me pegaba empapado a la piel y mi cuerpo tiritaba como el
cachorro de mi amigo Fran. Empecé a llamar a mamá, pero no vino. La llamé muchas
veces, pero no acudió. Recuerdo que las lágrimas me salían sin control a causa
de la rabia que sentía. Yo estaba con fiebre y mi madre era incapaz de acudir a
mi llamada. La odié, y a mi padre también, porque él ni siquiera estaba en casa
para cuidarme. Pero, de pronto, oí el estallido de un vaso al caer seguido de un
golpe seco y fuerte contra el suelo. Me asusté mucho. No sabía si levantarme
para ver qué había pasado o esconderme bajo las sábanas. Decidí levantarme. Me
costó caminar porque mis pies apenas respondían y todo se movía a mi alrededor.
Tenía la boca seca y la lengua parecía el doble de grande. Desde mi cuarto vi la
puerta entreabierta de la habitación de mamá. Una pizca de luz se escapaba desde
dentro, como si fuera el humo de un cigarro, tiñendo el aire de un ligero
resplandor lechoso. Me acerqué lentamente. El pasillo se me hizo eterno y sus
paredes parecían unirse como si quisieran impedirme el paso. Cuando llegué a su
puerta, pegué la cara a la rendija que había abierta y miré dentro. Al
principio, la intensa luz me golpeó en los ojos obligándome a cerrarlos. Al cabo
de unos segundos, me asomé otra vez. Sólo alcanzaba a ver los pies descalzos de
mi madre que estaba tumbada boca abajo en el suelo. No se movía. Respiré hondo y
empujé la puerta con suavidad hasta abrirla del todo. Y, entonces, la vi, ahí,
tirada como un montón de ropa sucia.
La escena parecía otra pesadilla fruto de la fiebre, pero no era así.
Yo sabía que mi madre estaba muerta. No me atreví a tocarla. Me quedé en el
umbral, rígida como una estatua, observando aquel cuerpo caído de forma
ridícula. El pelo, lacio y desaliñado, se desparramaba alrededor de su cabeza;
no recordaba que lo tuviera tan largo. El camisón celeste subía por sus piernas
mostrando unos muslos secos y pálidos. ¡Qué delgada estaba! A su alrededor,
decenas de pequeños cristales salpicaban el suelo. Estaban por todas partes. Un
trozo más grande le atravesaba la mano derecha. Sentí náuseas y vomité más
fuerte que nunca, como si lanzara un cubo de agua sucia.
Salí de la habitación y me senté en el suelo, despacio, dejándome caer
poco a poco. Me encontraba muy mal. Encogí las piernas hacia mi pecho y me
abracé a ellas. No sabía qué hacer, estaba confusa. En mi cabeza la imagen de mi
madre tirada en el suelo daba vueltas sin parar y una pregunta, sólo una, surgía
de mi garganta.
—¿Por qué?, ¿por qué, mamá?, ¿por qué lo has hecho?
Algunas veces la impotencia te hace sentir cosas que no deberías y eso
fue lo que me ocurrió. Desprecio. Sí, un gran desprecio hacia mi madre se
apoderó de mí y me empujó a llorar durante horas.
No entendía nada, no podía decir nada, sólo me tapaba la cara con las
manos y me compadecía. Mi madre me había traicionado, me abandonaba quitándose
la vida y la odiaba por ello. Aunque, quizás, yo tuviera la culpa de todo. Sí,
puede ser, porque la conocía mejor que nadie y no me di cuenta de lo realmente
desesperada que estaba.
Aquella fue la última noche que pasé en casa y lo hice llorando en el
suelo, hasta que el cansancio y la fiebre me hundieron en un sueño intranquilo.
El entierro de mamá
fue rápido y con poca gente. A los suicidas se les entierra sin grandes
lamentos. Papá no quería que yo asistiera, pero me empeñé. Era mi madre, debía
ir. La pobre Juana lloraba sin parar. ¡Cuánto la echaba de menos!
Los días que
siguieron pasaron muy deprisa y ajenos a mí. Juana le dijo a mi padre que podía
quedarme en su casa.
—Al menos hasta que la niña se recupere de la terrible experiencia que
ha sufrido —añadió preocupada.
Pero papá no quiso. Me llevó a otra casa, con otra mujer, una mujer
desconocida y a la que aborrecí desde el primer momento.
Han pasado varios
meses y todavía me despierto por las noches llorando. En mis pesadillas veo el
cuerpo de mi madre cubierto de sangre tirado en el suelo, sus ojos me miran
vacíos y su boca me habla sin voz.
—Habla más alto, mamá, no te oigo —le digo entre lágrimas, y entonces
desaparece.
La amiga de papá dice que está harta de oírme gritar por las noches,
que no le dejo dormir y que no está dispuesta a aguantar más esta situación.
Quiere llevarme a un médico de la cabeza, pero mi padre piensa que sólo soy una
niña y se me pasará con el tiempo. El tiempo, qué sabrá él. Es algo más, es
dolor y el dolor no viaja tan rápido como el tiempo. El dolor se instala en el
pecho impidiéndote respirar. Pero no creo que a mi padre le importe mucho si
lloro o no, como tampoco le conmovía la angustia de mamá. Estoy segura de que
ella sabía lo suyo con esa mujer, pero a él le traía sin cuidado. Ahora ya nada
importa. Mi madre no está y él puede continuar con su vida, o al menos eso cree.
Dicen que al final cada uno tiene lo que se merece, y debe de ser
verdad. La semana pasada vino la policía a casa y se llevó a papá. Entraron
enseñando una orden de arresto y se lo llevaron esposado y cabizbajo bajo la
mirada fría y distante de su amiga. Oí hablar de una investigación sobre la
muerte de mi madre. Sospechan que no fue un suicidio. Al parecer, aquella noche
papá sí estuvo en casa, no lo soñé. Cambió las pastillas de mamá por unas que la
intoxicaron cuando las mezcló con el alcohol.
Cuántas preguntas se
me amontonan en mi cabeza; cuántas preguntas y qué pocas respuestas. Me gustaría
saber por qué papá lo hizo, por qué arrancó a mi madre de mi lado, pero nunca lo
sabré.
Ahora vivo con Juana
y espero que para siempre. Ella dice que poco a poco lo iré superando. No sé,
tengo tantas cosas que olvidar...
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