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Por un rato más
Pilar Romano
Cuando era
chica, Catalina podía hablar. Se quedó muda después de haber pasado
aquella noche bajo el árbol de hojas casi moradas, el que tenía la sombra
asustada, según su madre. Se había refugiado allí después de escaparse de la
vieja casa, en medio de aquel paraje que llevaba el nombre de un santo que
seguramente nunca pasó por ese lugar.
Se había sentido aterrada
mientras esperaba que Eulalia, su madre, volviera del hospital con su hermano
Rogelio. Por algo su mamá no quería que la dejaran sola en la casa, mil veces se
lo había recomendado a Rogelio. Sola quería decir sin que estuvieran su madre o
él. Julián no era de la familia; Eulalia lo había dejado vivir con ellos y
dormir con ella, pero no era de la familia. Y nunca había querido enseñarle a
Catalina a tallar madera. «Las mujeres tienen que usar el cuchillo en la cocina,
para cortar carne», decía. A su hermano sí le prestaba el cuchillo y le
enseñaba a hacer máscaras y algo parecido a estatuas. Y cuando Rogelio
desobedeció y la dejó sola con Julián, ella se acercó al hombre, casi contenta,
pensando que esa tarde sí le enseñaría. Pero fue otra cosa lo que le enseñó y
después Catalina lloró y se quedó con ganas de ponerse una máscara todo el
tiempo, para que nadie supiera quién era.
Por eso, al día siguiente,
para castigar a Rogelio por haberla abandonado aunque fuera por un rato y para
demostrar que las mujeres podían usar el cuchillo igual que los hombres, al
quedar sola con su hermano había tomado el de Julián mientras el muchacho estaba
parado sobre la banqueta para alcanzar un pedazo de madera de un estante, y casi
sin pensar le dio un golpe con el filo sobre el pie descalzo. Dos dedos le
cortó. La madre no tardó en volver y salió corriendo con Rogelio hacia el
hospital, pero quedaron las gotas de sangre sobre la banqueta y el piso y hasta
en la pared y a Catalina la sacudió el terror. No pudo seguir en ese lugar y
huyó hacia aquel árbol cuya sombra nadie quería. Al menos su madre siempre dijo
que por nada del mundo había que refugiarse allí.
Recién al día siguiente fueron
a buscarla, pero Catalina ya no podía hablar. No pudo hablar nunca más. Quizá
fue por eso que la madre se murió a los pocos años y quedaron solos ella y su
hermano.
Bastante bien caminaba
Rogelio, a pesar de la falta de los dos dedos, pero Catalina se consagró a
atenderlo. Y a obedecerlo en todo. Pensaba que así podría suavizar el recuerdo
de lo que había hecho.
«Esta es la única talla que
nos queda. No se la des a nadie, ni por plata. La necesito para otra cosa,
¿entendiste?», le había dicho
su hermano, en tono serio, incuestionable.
Un poco antes de las seis de
la tarde, todavía con buena luz porque es verano, llega a la casa solitaria un
automóvil del que baja un hombre de buen porte, de ojos claros, vestido a la
manera de los exploradores. Catalina está sola —la recomendación materna había
dejado de tener vigencia— pero no siente temor. Lo mira acercarse y piensa que
es uno de los que llegan para comprar las cosas que fabrica su hermano. «Justo
en este momento en que él no está», piensa. Y recuerda su recomendación. Pero la
recuerda tan sólo un momento: se le olvida cuando el recién llegado la saluda
sonriendo, inclinándose como si ella fuera una gran dama. «¡Cuánto hacía que un
hombre no le sonreía ni le tomaba la mano!», se miente, porque nunca un hombre
la saludó de esa manera. Por suerte se ha peinado con las trenzas cruzadas hacia
arriba, bordeando la frente, como si fueran una corona. Un temblor desconocido
la recorre cuando el visitante le rodea el hombro con su brazo y le hace señas,
como preguntando si ella puede oír. Asiente con la cabeza enfáticamente y se
acomoda las trenzas que se han movido con el sacudón del gesto. La vieja tortuga
cruza cansinamente el piso de ladrillos buscando su sitio de dormir y a Catalina
le parece que al pasar junto a ella le dice «este hombre no debería estar aquí».
Pero el hombre está y le dice a Catalina, sin
dejar de sonreír, que quiere comprar la talla que está sobre el estante, que
puede pagar buena plata, que le ponga precio. El precio es, para la muchacha,
desobedecer al hermano. Siente de pronto que puede pagarlo, que bien lo vale el
halagar al visitante y no tener que recurrir a gestos que le desacomoden las
trenzas. No puede decirle que no: el hombre se iría de inmediato y nadie
volvería a sonreírle en años. O nunca más. Si ella accede a vender la talla,
quizá le ofrezca después al hombre una taza de mate cocido o un vaso de vino y
podrán beber juntos mientras cae la tarde.
Catalina se llena de algo que
no sabe cómo se llama y piensa que si vuelve Rogelio y le corta los dedos de un
pie, no importa.
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PILAR ROMANO nació en Corrientes
(República Argentina). Tiene publicados dos libros de cuentos: Azahares y
Fantasmas y La plaza de los naranjos y una novela, Inocencia Plenaria. Sus
narraciones aparecen también en algunas antologías y páginas de Internet. Obtuvo
el premio bienal Juan Torres de Vera y Aragón, en la categoría cuentos inéditos,
otorgado por la Provincia de Corrientes (1990) y otras distinciones en concursos
a nivel nacional, todos ellos en narrativa.

Puedes leer de esta
autora otros relatos publicados en Margen Cero:
La Kiki
y
Es a mí
IMAGEN: Estrés, escultura cerámica de Agustín Bilbao (Visita
la exposición de este autor, en Margen Cero).

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