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La banda
Renzo Carnevale
Abrí los ojos,
a mi alrededor todo era oscuro, sólo intuía la tarima parcialmente y mi cuerpo
tirado. Cinco minutos más tarde los hombres subieron.
Ubicuo en la negrura, intangible y escurridizo como un pescado vivo,
traté de huir.
—¿Cómo estás, muchacho?
Pocos momentos después de mi primera convulsión ya los sentí
apoderarse de mi nombre e inventar frases apócrifas que involucraban mi fama y
mi talento. Quise ser dramático y grité fuerte pero en el espacio atiborrado de
humo mi voz expiró sin eco alguno. Me agité desesperado. Pensé en un ruido y lo
escuché luego. Yo (sordo desde siempre) había oído.
—¿Qué es lo que pasa che?
El agente universal de las ciencias disqueras, como una sombra enorme,
se tiró junto a mí y lo percibí sentido y desecho a la vez. Intenté escaparme y
viboreamos juntos por un buen trecho en la tarima. El horror me fue delineando.
Tropecé con uno de los micrófonos y el ruido de su caída fue como la explosión
de un coche bomba. Después, montado en un pavón de goma-espuma, disparé dos
veces mi Bruni 8 milímetros y las balas rompieron los vidrios de un astro muy
gordo que alumbraba lentísimamente la miel cósmica y que se embermejeció y apagó
para siempre. Supe en ese instante que aún había gente en el teatro y que todos
corrían confundidos a ocultarse donde podían. Dos hombres que llevaban una
pancarta con mi efigie cayeron al suelo; un tercero se enredó con mi cara
dibujada en la tela y también cayó. Lo último que pude ver en ese lugar fue una
pila de extremidades que se agitaban entre el lienzo y mi rostro pintado.
—!Quitale la pistola, patrullo, que nos va a mamar a todos! —gritó uno
de los organizadores.
El codo de un hombre enorme logró incrustarse en mi espalda y me
aprisionó el pecho sobre las tablas de la tarima. Luego fue cuando se formó una
nube que después se convirtió en multitud y luego en unas serpientes coloradas
que se fueron arrastrando instintivamente hacia las catorce direcciones que les
permitió el espacio que con letras rojas decían «Exit». Durante mucho
tiempo, aún con miedo —las cosas se iban haciendo según las pensaba— me quedé
tirado en las tablas boca abajo.
—¿Estás ahí Tarcisio?
Cinco zapatos de distintos hombres me pisaban la espalda y no me
dejaban mover. Con terror infinito solté el arma. Me agité con todas mis fuerzas
y sentí crujir mis costillas en el pecho, el mundo era ahora real. Los que
estaban más cerca tomaron valor para invadir la tarima. Sentí por vez primera
miedo a ser visto. Algunos llevaban cámaras y sus lámparas estallaban feroces.
Dos minutos más tarde, la tarima estaba llena y en sus bordes dos o tres cuerpos
caían haciendo cabriolas antes de zambullirse en la multitud que seguía sin
rumbo como arroyos en una ciudad sin desagües.
—¿Qué le pasa? —dijo otra voz— ¿se volvió a pasar de fuma?
Mojado y medio desnudo me quedé viendo la pantalla y el video que
habíamos hecho para el concierto: en él se narraban las batallas y sus derrotas,
queríamos que esas imágenes fuesen una versión parcial de la magnífica obra que
se iba creando con la música. Los guerreros estaban reunidos en torno a una
hoguera gigante en un tiempo por venir, eran únicos con sus espadas brillantes y
sus armaduras grandes y justicieras, hombres con vocación para matar cuyos
asesinatos estaban por cometerse.
—¿Qué hacemos? —gritó otra voz— este choto nos volvió a cagar la
salsa.
El productor ejecutivo se arrastró entre las olas tercas de fanáticos
que seguían en la tarima, el oblongo juego del azul de su traje se fue
resbalando hasta donde yo estaba tirado. El silencio, pese a la multitud, era
cada vez más rotundo. Despeinado, el productor ejecutivo se inclinó y buscó ver
mi cara. Sacó un pañuelo manchado con pintura de labios de su bolsillo del
pantalón y se lo pasó por la cabeza.
—¿Qué es lo que pasa che? —gritó.
Alguien cercano se aventuró a responderle:
—¡Lo que pasa es que la banda está volada, boludo! —y se oyó por todos
lados como una sentencia.
El productor ejecutivo se dio vuelta hacia el público. Los que estaban
en la tarima le abrieron un canal que lo llevó hasta el mero borde. Tenía el
gesto de angustia y la vista clavada en el reflector cenital que se había
salvado de los tiros. Luego se apoyó sobre el palo que soportaba el micrófono y,
resbalándose hasta el suelo como en una honda pesadilla, se rió sin darse
cuenta y se aferró contra el tubo y no quiso apartarse de allí en horas.
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Renzo
Franco Carnevale,
es venezolano, graduado en Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés
Bello, de Caracas. Ha publicado en periódicos locales como Correo Canadiense, en
español y Corriere Canadese, en italiano. Ha hecho carrera profesional en el
campo del Fotoperiodismo, publicando fotografías para periódicos locales como el
Toronto Sun, MulticomMedia, The Mirrow, y corresponsalías para periódicos y
revistas extranjeras. Este relato recibió una Mención Honrosa Especial en el
Concurso de Cuentos Nuestra palabra (2006); Toronto, Ontario, Canadá

De este autor también
puedes leer también el relato:
La casa acribillada de enfrente.

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