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Un corazón de
aproximadamente
cuarenta kilos
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Marcelo Alfredo Brignole
Dos hombres avanzan con dificultad
por un camino de tierra. En sus rostros se refleja un inmenso cansancio. El sol
está en su punto más alto: el calor les quiebra la voluntad. Transpiran. Una
brisa suave adhiere polvo a sus pieles. A los costados del camino se divisa la
nada.
Los dos hombres avanzan con dificultad por el camino de
tierra porque cada uno de ellos tira de una soga blanca y larga con la que
arrastran un enorme corazón que pesa, aproximadamente, cuarenta kilos.
—Descansemos —dice uno de ellos. Se detiene y deja caer
la cuerda.
—¿Adónde? —pregunta el otro mientras pasea su mirada
por la inconmensurable extensión de la nada—. No es posible descansar aquí...
Mejor dicho: da lo mismo.
Su compañero no le presta atención. Camina unos pasos
hasta que se sienta a un lado de la ruta. Del bolsillo trasero del pantalón saca
un pañuelo arrugado con el que seca la mezcla de polvo y transpiración que le
cubre el rostro.
—No llegaremos a tiempo —anuncia el que se quedó en el
camino—. Vamos.
No hay respuesta. El hombre que se había sentado a
descansar, comienza a saltar como si estuviera probando la dureza de un colchón.
Ahora se incorpora. La nada es para él una especie de cama elástica con la que
se proyecta hacia el cielo.
—Es divertido esto, se está bien aquí —grita desde lo
alto.
El otro, el que se quedó en el camino, aún tiene la
soga en la mano, pero adopta una posición corporal más relajada. Mira cómo su
compañero va y viene, una y otra vez, desde el cielo a la nada y desde la nada
al cielo. Un rato después la inercia lo invade. De a poco va deteniéndose.
Regresa a la ruta pero no recoge su cuerda. Retrocede unos metros hasta donde se
encuentra el corazón atravesado por las sogas blancas.
—¿Cómo estás? —pregunta. Acerca el rostro y su mejilla
derecha besa la piel del músculo. El corazón empieza a balancearse rítmicamente:
el hombre se incorpora y lo palmea sobre su parte superior.
—Déjalo en paz —ordena el otro sin darse vuelta. Su
compañero da unos pasos hasta que quedan enfrentados. Una sola sombra queda
echada sobre el camino.
—¿Por qué te preocupás? —pregunta—. El se deja
arrastrar, no conoce su origen ni sabe hacia donde va.... —deja de hablar porque
se da cuenta que el que tiene aún la cuerda en la mano, no lo escucha. Había
ladeado su cabeza sobre el hombro izquierdo y tenía los ojos cerrados.
—Por lo menos si este sol nos dejara de joder... —dice
con voz queda, como si soñara—. Quédate ahí un momento, por favor —pide y, al
fin, respira aliviado.
Un silencio universal se instala entre los dos y en
todo lo que los rodea.
Al cabo de un instante, el hombre abre los ojos. Pero
es su compañero el que habla:
—No tenemos por qué seguir en esto.
—¿Qué alternativa nos queda?
—Podemos dejarlo ahí tirado, caminaríamos mucho más
rápido sin él. También podríamos, nosotros dos solos, tomar un atajo por ahí
—propone y señala hacia la nada—. Nunca se sabe qué es lo que uno puede
encontrar.
—No, no creo que pueda dejarlo aquí, librado a la buena
de Dios.
—¿Por qué no?
—Podríamos arrepentirnos y todo se
complicaría. Tendríamos que volver a buscarlo.
—Uno se arrepiente de lo que no hace —sentencia su
acompañante.
—Puede ser. Pero también es innegable que cada uno
tiene convicciones inquebrantables
—Lo único innegable es lo que sabemos qué sucedió hasta
este momento: nada.
—¿Entonces?
El diálogo ahora se interrumpe porque el corazón inicia
otra vez un movimiento que, a medida que pasa el tiempo, se vuelve más intenso.
Parece que en cualquier momento va a volcar. Sin embargo, se detiene de
improviso. Está agitado. Pero aún en ese estado, procura avanzar por sí mismo.
Unos centímetros después, se detiene nuevamente, ya sin fuerzas. Emite un inerte
y leve gemido.
Los hombres habían seguido los intentos del corazón con
atención y con cierta esperanza. Aguardan expectantes. Tal vez esperan que el
poderoso músculo emita una nueva señal de vida.
—¿Ves? Es de lo que te estaba hablando.
—Puede ser, pero no lo sabemos con certeza. ¿Vamos?
Su compañero pasea su mirada por el paisaje que los
rodea. Después se decide: va en busca de su soga y mientras se agacha para
recogerla, siente el sol quemándole la espalda, traga el polvo seco del camino,
es asaltado por imágenes de lugares repletos de frescura y de gente.
Dos hombres avanzan con dificultad por un camino de
tierra, arrastrando tras de sí un enorme corazón que pesa, aproximadamente,
cuarenta kilos.
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Marcelo Alfredo Brignole
(Buenos Aires, 1960).
Narrador, periodista y docente argentino.
Es
profesor
de
enseñanza primaria. Como periodista ha trabajado en
diversos medios de la capital argentina. Ha dirigido el suplemento literario del
diario Gran Mar, ya
desaparecido.


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