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A tres
pasos de mi
nuevo hogar
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Darío Vilas
Primer paso
Desde el taxi que me llevaba a
casa, vi a la mujer que caminaba por en medio de la carretera, con una mirada
penetrante que desafiaba a los conductores que le pitaban y dedicaban
improperios para que se apartase.
—Esa puta va a acabar
aplastada —profetizó el taxista.
Y pude verlo. A pesar de que
ya la habíamos dejado atrás hacía rato, a mi cabeza llegó la imagen de la mujer
siendo arrollada por una furgoneta de reparto para, posteriormente, estamparse
la misma contra el escaparate de una tienda de alimentación. Evidentemente, no
sé si esto ocurrió, pero la escena era tan vívida y real en mi imaginación que
un escalofrío nació en la base de mi nuca y recorrió toda mi espina dorsal,
provocando que el vello de todo el cuerpo se me erizase.
Llegué a casa sobre la una de
la madrugada, como era habitual. No tenía sueño, algo que también empezaba a ser
común. Ahora duermo, y lo hago con una profundidad tal que podría saltarme
encima una persona sin que lo notase. Cené, delante del televisor, las sobras de
la comida que había ingerido a mediodía. Normalmente, uno no tiene muchas ganas
de cocinar cuando trabaja desde las dos de la tarde hasta las doce y media de la
noche, con un sólo día libre por semana, con suerte. La mañana de aquel día en
particular, mi esposa me había preparado todo un señor guiso de pollo con
macarrones, asegurándome una cantidad suficiente como para que no tuviese que
volver a pasar el trabajo en las siguientes cuarenta y ocho horas, ya que había
tenido que viajar por compromisos familiares. Mis obligaciones laborales no me
habían permitido acompañarla.
Después de la cena decidí
meterme en cama, poner cualquier película americana de acción soporífera y
dormir todo lo que el cuerpo me permitiese, ya que al día siguiente no tenía que
trabajar. Sólo me costó algo más de media hora empezar a dar pequeñas
cabezadillas y comenzar a mezclar las imágenes que me llegaban del televisor con
mis propios sueños. Tras unos minutos de descanso ligero, volví a abrir los
ojos, probablemente por culpa de alguna impresionante explosión que había
ocurrido en la película. La mirada me pesaba bastante por la modorra, y me costó
fijar la vista nuevamente en la pantalla. Cuando por fin pude enfocar, comprobé
que el héroe de la función había salido ileso de todas las inverosímiles
situaciones en que le habían metido, y miraba hacia la cámara, en la que, casi
con toda seguridad, sería la escena dramática de la película. Pero algo no iba
bien. La mirada del actor era demasiado intensa, «demasiado real», como
si la dirigiese a mí directamente, y en ella descubrí oculto el rostro de la
mujer que había visto horas antes en la carretera. Poco a poco, se fue
aproximando, con sus ojos clavados en los míos. El corazón comenzó a latirme de
forma pesada, de tal manera que parecía costarle demasiado esfuerzo hacer su
trabajo. Noté que hacía mucho calor en la habitación. Sin motivo aparente, me
envolvió un pánico irracional hacia aquel intérprete que me miraba desde el otro
lado del cristal. Entreabrió los labios, en una media sonrisa, y por un momento
pensé que me iba a hablar. Pero no pasó nada más. La secuencia cambió y dio
lugar a un tiroteo. Lentamente me fui serenando y cobré consciencia de que no
había respirado en el tiempo en que aquella escena se había desarrollado.
A los pocos segundos ya dormía
con profundidad nuevamente.
Segundo paso
Por la mañana todo transcurrió
con normalidad, hasta el momento de la ducha. Mientras me aseaba me pareció ver,
por el rabillo del ojo, la sombra de una persona agazapada junto a la puerta.
Lentamente, se fue acercando («reptando») hasta la bañera, aproximándose
hasta tal punto que pude vislumbrar que se trataba de una mujer, pero cuando me
giré no había nada. Supuse que mi imaginación me había engañado, pero esto me
hizo recordar lo que pasó la noche anterior con el personaje de la película y la
mujer de la carretera, y supe que se trataba de la misma persona. Noté un
zumbido en la cabeza, pero continué con mi higiene, ignorándolo por completo y
determinando que simplemente me estaba pasando factura el cansancio acumulado en
las últimas semanas.
El resto de mi jornada festiva
fue perfectamente rutinario, y decidí que esa noche no iba a ver ninguna
película. Mi mujer llegaría al día siguiente, probablemente antes de comer.
Habíamos acordado que realizaríamos nuestra mudanza tras su regreso. Después lo
celebraríamos con algunos de nuestros mejores amigos, así que me animé a salir
de casa para hacer algunas compras y preparar algo especial. Me pareció buena
idea ir a pie, aunque me supusiera tener que hacer varios viajes, porque tampoco
tenía nada mejor con qué ocupar mis horas y el día era especialmente agradable e
invitaba a pasear.
Al atardecer había salido para
un último recado cuando, al cruzar la calle para ir a la tienda de ultramarinos,
volví a ver aquella furgoneta de reparto que el día anterior circulaba a gran
velocidad. La risa de un niño sonó de fondo, desde dentro de la tienda,
totalmente ajena a las coincidencias que en mí despertaban un sentimiento
incómodo y al zumbido que regresó de nuevo. Esa risa me hizo ver que no había
motivo para preocuparme, que la vida está llena de estos pequeños giros que el
cerebro te hace relacionar, jugando a confundir tu existencia con un plan
perfecto que el destino ha ejecutado. Pero yo no creo en el destino.
Tercer paso
Poco a poco van llegando todos
los invitados y, sin prisa, pasan uno a uno frente a mi esposa, que los recibe
con abrazos mientras ellos le devuelven el aprecio con palabras cariñosas. Yo me
mantengo expectante desde mi sitio, pero al rato también se acercan hasta donde
estoy para saludarme. Durante un par de horas, familiares y amigos intercambian
anécdotas, sucesos y pareceres variados sobre este u otro acontecimiento
importante. Quizás demasiado tiempo para mi gusto.
Finalmente, se van dirigiendo
a sus coches para seguir al mío, que al frente de la comitiva los dirige hasta
mi nuevo hogar. Tras cruzar los jardines, que los invitados observan con
curiosidad mientras van pasando, nos detenemos ante la entrada. Mi mujer toma la
decisión de decir unas palabras para agradecer la presencia de todos y, entre
lágrimas, me dedica unas frases cargadas de emoción y amor incondicional. Los
presentes las acogen embriagados. La tarde se vuelve densa, pero a pesar de ello
me siento feliz de compartir este gran momento. Alguien a quien no conozco habla
también, pero ya no presto atención a lo que dice porque he notado que mi mujer
no ha cesado en su llanto y varias personas la abrazan. A poca distancia de
ella, noto la presencia de la mujer que me ha acompañado los últimos dos días.
Siento cómo me empujan fuertemente, y los sonidos se vuelven cada vez más
distantes. No consigo comprender nada de lo que sucede, y unos fuertes golpes
comienzan a despertar en mí una angustia creciente. De fondo puedo escuchar cómo
la gente intenta en vano consolar a mi esposa; y en ese momento logro entenderlo
todo.
No habrá más celebraciones, no
volveré a verlos a todos juntos. Algunos de ellos vendrán a visitarme de cuando
en vez, y mi esposa, fiel y dedicada, cuidará de mi nueva morada con el mismo
mimo con que lo hizo en todos nuestros años compartidos. Algún día se reunirá
conmigo.
Mi nuevo hogar es oscuro y
frío. Con horror descubro que soy consciente de ello e imploro, desde mi mudez,
que alguien venga a sacarme.
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DARÍO VILAS COUSELO:
«Nací en Vigo, el 10 de junio de 1979. Me
considero escritor desde que imaginé mi primera historia, aunque ni siquiera la
plasmase sobre el papel. Escribo poco, pero creo muchísimo, lo que pasa es que,
como a Picasso, la inspiración siempre me pilla trabajando, y el problema es que
deambulo por multitud de empleos que en nada tienen que ver con el oficio de
escritor. He publicado relatos en diversas webs literarias, así como revistas
digitales e impresas, siendo Transparencias la publicación a la que he sido más
fiel. Curiosamente, fue algo recíproco y ya he publicado en varios números.
También he colaborado en un par de libros recopilatorios de textos de varios
escritores, pero ninguno se llegó a comercializar. El último fue 11, un
proyecto ideado e impulsado por mí que no llegó a buen puerto, a pesar de que se
imprimiese la primera edición. Finalmente, por desacuerdos con la editorial, el
grupo de escritores que le dimos vida decidimos cancelar su venta.
Recientemente, he publicado el libro de relatos Corrompiendo la rutina, a
la venta a través de Bubok. También me he embarcado en la aventura de crear una
web de literatura de terror en español (www.h-horror.com),
junto con dos de mis compañeros de 11».
CONTACTO CON EL AUTOR

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La
muerte imita al arte
IMAGEN: Juanjo Barinaga y Pedro M. Martínez

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