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Los diarios de Lem

La Perla de Córdoba
(final)
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Carlos Montuenga
Esta
ciudad me atrae de un modo extraño. He pensado en marcharme lejos, pero
al final no me decido. Es como si una fuerza desconocida me retuviera aquí, algo
indefinible que parece estar en todas partes. A veces, puedo sentirlo vibrar en
el aire luminoso de la mañana, cuando sobre el rumor de sus fuentes se eleva la
llamada a la oración de los muecines. Otras, lo veo brillar por un instante en
los ojos negros de alguna muchacha, que me mira con curiosidad por encima del
velo y luego se apresura a seguir su camino sin volver la vista.
Ninguna ciudad de las que he conocido se parece a ésta. Córdoba es muchas
cosas a la vez. Encrucijada de caminos, lugar donde se encuentran viajeros
venidos de tierras lejanas y fieles que se purifican antes de la oración, junto
a los muros de su grandiosa mezquita. Es la quietud de mil rincones escondidos,
donde el tiempo parece a punto de detenerse, pero también la animación de sus
plazas y mercados. El bullicio del zoco es algo indescriptible; me gusta dejarme
arrastrar por la multitud que va de un lado para otro como un enjambre ruidoso,
deambular indolente entre mujeres, esclavos con grandes cestos, viejos
desdentados que revuelven con descaro las baratijas expuestas por los artesanos.
A veces, me detengo a escuchar los chismes que circulan por los corrillos y
observo de reojo a mercaderes orondos de manos enjoyadas, y a esclavas que
discuten a gritos con los vendedores, mientras manosean las aves colgadas de
grandes ganchos o los higos y dátiles traídos de al Magrib.
Al anochecer, la ciudad me hace pensar en un laberinto misterioso donde
nada es lo que parece. Las lámparas de aceite proyectan mil sombras extrañas por
las esquinas, y las calles se enroscan a paredes y torrecillas blancas con
ventanucos cubiertos de celosías.
Sehr-es-Krimm
me ha enviado varios mensajes a los que no he contestado. Más de una vez me ha
parecido que se encontraba muy cerca de mí, atenta a mis movimientos. Sé que
está impaciente por volver a verme, pero yo prefiero ignorarla. Cuando nos
conocimos aquella mañana en el taller de los orfebres, ella se dio cuenta
enseguida de que mi aspecto vulgar era sólo una apariencia. Debo confesar que,
en algún momento, sus grandes ojos me hicieron perder la cabeza y no supe
resistirme al placer de abrazarla. Aún no he podido olvidar las sensaciones que
me asaltaron mientras mis manos recorrían la tibia suavidad de su piel. Debía
haber previsto lo que sucedió entonces. Comprendo que cometí una grave
imprudencia al provocar una alteración tan visible en mi apariencia humana. Si
los superiores llegaran a enterarse de lo ocurrido, no tengo la menor duda de
que me expulsarían sin la menor contemplación, pero ¿cómo van a saberlo? llevo
mucho tiempo perdido y las señales que consigo captar son ya muy débiles. En
estas condiciones, tengo pocas probabilidades de encontrar alguna trayectoria
segura. Lo curioso es que la idea de que quizá el regreso es imposible, me
inquieta cada vez menos. Tal vez, este mundo extraño se está convirtiendo en
algo mío.
Ayer,
cuando volvía al taller después de cumplir unos encargos que me habían ordenado
los artesanos, oí a alguien pedir auxilio. Apresuré el paso y, al doblar la
esquina, vi al final de un callejón empinado a un hombre de baja estatura que
gritaba, mientras dos individuos intentaban sujetarle. Aunque estaba mediado el
día, no había nadie más en aquel lugar sombrío. Estaba pensando en irme de allí,
cuando observé que uno de los hombres blandía un enorme cuchillo. No podía
quedarme impasible presenciando aquello, pero me encontraba demasiado lejos para
intervenir. Entonces, sin pensármelo dos veces, cogí impulso y me elevé por el
aire, lanzándome calle arriba. Pero con la excitación del momento, calculé mal
mis fuerzas y fui a caer sobre el grupo con tanta violencia, que todos rodamos
por el suelo. El hombrecillo quedó tendido, mientras que sus asaltantes, dos
individuos de tez tostada por el sol, cubiertos con túnicas llenas de mugre, no
tardaron ni un momento en incorporarse y se quedaron observándome, como si no
lograran entender de dónde diablos había salido yo. Pero en seguida, empuñaron
sus dagas y saltaron sobre mí, gritando como salvajes. Entonces, su sorpresa
debió superar todo lo imaginable cuando, con un simple empujón, los hice rodar
de nuevo por el suelo. Se miraron entre ellos con gesto incrédulo y escaparon
corriendo callejón arriba.
El hombrecillo recuperó el sentido cuando le empapé la cara en una fuente
cercana. Abrió los ojos y me miró con sorpresa, mientras se palpaba el cuerpo
como si quisiera asegurarse de que estaba entero. Luego, dijo con voz
temblorosa:
—¿Qué ha pasado? ¿Quién eres tú?
—Señor, estabais en un grave aprieto y pensé que debía ayudaros.
—¿Y dónde están los truhanes que querían robarme? —dijo él, mirando con
inquietud a derecha e izquierda.
—Salieron huyendo —respondí.
—¿Tú solo pusiste en fuga a esos dos desalmados? Me has salvado la vida
muchacho. ¡Que el Cielo te colme de bendiciones! ¿Cuál es tu nombre?
—Me llamo Lem señor; soy aprendiz del maestro joyero.
—Ah, sí…creo que te he visto alguna vez en el taller. Yo soy Isaac Ben
Guriol, un buen amigo del viejo maestro. Nos conocemos desde hace muchos años y
le visito con cierta frecuencia.
—¿Estáis bien señor? —pregunté.
—Bueno, al menos estoy vivo —respondió él, sacudiéndose el polvo de su
túnica—, pero te ruego que me acompañes hasta mi casa. Gracias a tu
intervención, esos dos se han quedado con las ganas de desplumarme, y no creo
que vuelvan a intentarlo mientras te vean conmigo.
Después
del incidente del callejón, he visto a Ben Guriol en varias ocasiones. Ayer me
presenté en su casa, cuando la tarde empezaba a declinar, para entregarle un
encargo del taller. Al verme aparecer en el zaguán, me cogió amablemente por el
brazo y me condujo al interior. Está claro que me ha tomado afecto. Además,
tengo la impresión de que le intrigo; seguro que le gustaría averiguar unas
cuantas cosas sobre mí. Es un hombre a quien pesan ya los años, pero conserva en
la mirada ese brillo propio de quienes sienten una gran curiosidad por todo
cuanto les rodea.
Pasamos al patio de la casa y nos acomodamos junto a una gran higuera de
tronco retorcido que crece cerca del pozo. Al poco, aparecieron varios criados
llevando bandejas de plata repletas de manjares: pichones aderezados con hierbas
aromáticas, pastelillos de calabaza y almendras, dulces de queso, frutos secos y
cerezas traídas de Granada.
Mientras dábamos cuenta de aquel festín, Ben Guriol me preguntó si
llevaba mucho tiempo trabajando con el maestro joyero, y se interesó por las
razones que me habían llevado hasta Córdoba. A medida que hablábamos, pude
percibir cómo su afán por hurgar en mis asuntos iba en aumento, así que opté por
responderle con vaguedades. Eso tuvo el efecto de excitar más su curiosidad,
pero al final se debió cansar del juego y terminó hablando de sí mismo. Me contó
que en su juventud se dedicó al estudio del Talmud. Luego viajó sin rumbo fijo
por varias ciudades de al Andalus, trabajando en los oficios más dispares. Vivió
algún tiempo en Almería, donde conoció a Maimonides, un joven filósofo, con
quien llegó a trabar gran amistad. Años después, consiguió amasar una importante
fortuna. Se estableció en Córdoba donde se casó y formó una familia.
Las sombras se iban alargando y los criados empezaron a encender
lámparas de aceite. Ben Guriol llevaba un rato en silencio, con la mirada
perdida en el vacío, cuando algo aleteó sobre nuestras cabezas. Mi anfitrión dio
un respingo y estuvo a punto de caerse. A pocos pies de nosotros, un cuervo de
gran tamaño agitaba las alas observándonos en actitud desafiante. Me levanté
para ahuyentarle y el pajarraco alzó el vuelo, describió varios círculos en el
aire y fue a posarse en una rama de la higuera mientras graznaba como un
condenado. Ben Guriol había empalidecido. Se pasó una mano por la frente con
gesto cansado mientras decía:
—Me he asustado de un simple pájaro. Debe ser que me estoy haciendo
viejo. El tiempo pasa deprisa, muchacho, y el vigor de la juventud se escapa con
él. Las ilusiones se van apagando y empezamos a sufrir el asedio de la soledad.
Hace unos años murió Sara, mi esposa, y entonces sentí en mi interior un
terrible vacío. Pasé días muy amargos, pero tuve la fortuna de contar con el
apoyo de buenos amigos que me apreciaban, como el poeta Alfaraquí. Él me animó a
que saliera del encierro, que yo mismo me había impuesto, y frecuentara su casa,
donde solía reunirse con filósofos y artistas. Allí coincidí en varias ocasiones
con Averroes, uno de los hombres más sabios que he conocido.
—Señor, se dice en la ciudad que Averroes fue recluido en Lucena por
mandato del califa Abu Yusuf Yaqub. ¿Es eso cierto? —pregunté.
—Así es. Averroes es un profundo conocedor de la filosofía de
Aristóteles, el más grande filósofo de la Antigüedad.
—¿Y sólo por eso fue desterrado? —respondí.
—Ya veo que no sabes nada de ese asunto, Lem. Las obras de Averroes
contienen opiniones que algunos consideran una afrenta a las enseñanzas del
Islam. Por eso sus libros han sido prohibidos. Intentaré explicártelo con un
ejemplo: Averroes afirma, de acuerdo con la filosofía aristotélica, que Dios
sólo conoce las formas universales, no a los individuos sensibles, por cuya
suerte se desinteresa. Para los musulmanes, una afirmación como esa es
inaceptable.
—Pero entonces ¿Averroes reniega de su religión? —dije yo.
—Verás Lem, él afirma que la filosofía no está en contradicción con la
fe; sin embargo cada una se expresa por medio de lenguajes diferentes. Para que
puedas entenderlo mejor: el Corán se dirige a todos los hombres, pero se pueden
hacer de él distintas interpretaciones de acuerdo con la capacidad de cada cual.
Así pues, las deducciones de los sabios, basadas en la demostración, no tienen
por qué estar en contradicción con los argumentos de los teólogos ni con las
creencias del vulgo. En fin, se ha hecho ya muy tarde y me siento fatigado.
Vuelve por aquí otro día, muchacho, y si quieres, haré lo posible por aclararte
más todo esto.
Esta
mañana, la ciudad se despertó adornada con sus mejores galas y la gente se
agolpaba en plazas y calles en medio de un gran alboroto. Se diría que no
quedaba ni un alma en las casas, los baños, las mezquitas, los talleres de los
artesanos… Nadie, ni los más ancianos querían dejar de presenciar la comitiva
del califa Abu Yusuf Yaqub, quien se disponía a atravesar la ciudad de paso
hacia su palacio de Sevilla. Contagiado por aquella explosión de júbilo, me dejé
conducir por la muchedumbre hacía una de las plazas principales y, a eso del
mediodía, en medio del retumbar ensordecedor de los tambores, vi pasar al califa
rodeado de su guardia almohade. Abu Yusuf, avanzaba con gran majestad a lomos de
un soberbio caballo negro, cuya gualdrapa, reluciente como el oro, barría el
suelo cubierto de flores.¡Allah Akbar! ¡Dios es grande! —gritaba
la multitud enfervorizada— ¡Larga vida al vencedor de los
infieles!
Cuando el ambiente se serenó y el gentío empezó a dispersarse, me fijé en
una muchacha alta, situada al otro lado de la calle, que no dejaba de mirarme.
La joven iba acompañada por una mujer entrada en años. Se acercó a mí y sonrió
con timidez, mientras decía:
—Tú eres Lem, el extranjero que trabaja en el taller de orfebrería.
—¿Me conoces? —respondí asombrado.
—Soy hija de Isaac Ben Guriol y cuido de él desde que enviudó. Padre me
ha hablado mucho de ti; dice que te debe la vida. Demostraste un gran valor al
enfrentarte a esos hombres que querían robarle. Padre está siempre con la cabeza
en otra parte, y ese día cometió el error de meterse por la parte más solitaria
de la ciudad, sin pedir a ningún criado que lo acompañara. No sé qué habría sido
de él, si tú no llegas a intervenir. Esos ladrones son gente sin escrúpulos, ¿no
temes que vayan tras de ti para vengarse?
—Pues… la verdad, dudo mucho de que lo hagan y confío en que no vuelvan a
molestar a tu padre —respondí—. Pero dime, ¿cómo me has reconocido? ¿Nos hemos
visto alguna vez?
La joven se ruborizó. Bajo una cinta bordada con hilo de plata, sus ojos
azules brillaban como dos zafiros. Iba vestida con una ligera túnica blanca
ceñida a la cintura, que acentuaba la esbeltez de su cuerpo.
—Te vi la otra tarde desde una ventana, mientras hablabas con padre en el
patio de casa -dijo en un susurro-. Y ahora debo marcharme.
—Espera, aún no me has dicho tu nombre.
—Me llamo Jezabel.
—Jezabel, yo quisiera… me gustaría que… ¿Cuándo puedo volver a verte?
Ella volvió a ruborizarse y bajó la mirada. La mujer que la acompañaba se
acercó y me hizo un gesto de complicidad. Luego dijo:
—Vamos señora, se hace tarde, vuestro padre os espera.
Desde
hace unas semanas, me ocurre algo extraño. Nunca había sentido nada igual.
Siempre estoy distraído y no consigo centrarme en lo que hago. El otro día,
mientras limpiaba el horno en el taller de los orfebres, rompí una vasija llena
de un líquido corrosivo que emplean allí para dorar la plata. Al ver el
estropicio, salí corriendo a coger una tinaja de agua para verterla sobre el
líquido y, con la precipitación, tropecé y le eché el agua encima a Hafid, el
oficial del taller, que se había acercado al oír el ruido de vidrios rotos.
Hafid quedó empapado hasta los pies. Se puso como loco y me lanzó una retahíla
de insultos, amenazándome con los puños.
Después de lo ocurrido, no puedo volver por el taller. Me paso el día
vagando por ahí, sin rumbo fijo. Prefiero no pedir ayuda a Ben Guriol. Él ignora
que me veo con su hija y es mejor no complicar las cosas, bastante confundido
estoy ya con todo esto. La verdad es que yo mismo no consigo entender lo que me
ocurre con Jezabel. En el fondo, ¿qué puede ella importarme? Sin embargo, sólo
pienso en verla; me paso el día contando las horas que faltan para que anochezca
y volvamos a encontrarnos. Lo más sorprendente, es que cuando la besé por
primera vez no sentí ninguna alteración, ni la más mínima sacudida. Vamos, como
si aquello que estaba haciendo fuera para mí lo más natural del mundo. Sin duda,
ella debió creerlo así, porque se abrazó a mí con tanto ímpetu que casi no me
dejaba respirar. Y eso que me había parecido tan tímida y pudorosa… pues de
pudorosa nada, es ardiente como el viento del desierto.
Esto se
está complicando más allá de lo imaginable. Ayer, cuando vi a Jezabel, todo
estaba en calma. El sol se había ocultado ya tras la torres de Córdoba y, como
otras veces, nos habíamos encontrado en secreto bajo los álamos, cerca del río.
La brisa temblaba en las hojas de los árboles, y el bullicio alegre de los
pájaros se imponía a los rumores lejanos. Entonces me pareció que Jezabel se
estremecía.
—¿Qué te ocurre? —le pregunté.
—No lo sé, he sentido algo muy extraño, como si me rozara un soplo
helado.
En ese momento se oyó muy cerca un graznido y ella se aferró a mí.
—¿Has oído eso Lem?
—Sí, no temas, es sólo un cuervo. Parece que abundan en esta ciudad.
—¡Lem! —gritó ella—. ¡Hay alguien detrás de los árboles!
Me volví y pude ver la silueta borrosa de una mujer que surgía entre los
álamos y se aproximaba a nosotros. El velo negro que la cubría sólo dejaba al
descubierto sus ojos.
—No esperabas verme aquí, ¿verdad? Supongo que soy inoportuna —dijo con
sorna.
Aquella voz…no lo podía creer ¡era Sher es Krimm!
—Vaya, vaya, muchacho, por lo que veo ya eres capaz de abrazar a una
mujer sin empezar a brillar como una luciérnaga. No se puede negar que aprendes
muy deprisa —añadió, escupiendo las palabras.
—¿Pero…quién es esa mujer, Lem? ¿De qué está hablando? —balbució Jezabel,
que se había quedado tan pálida como la manteca.
—¡Silencio estúpida! —gritó la aparecida—; y luego, clavando en mí sus
grandes ojos, añadió en tono amenazador:
—Te lo advierto Lem: apártate de ella, o te juro que lo vas a lamentar.
Y dicho eso, dio media vuelta y desapareció entre la bruma.
Sher
es Krimm es capaz de todo si no me doblego a sus deseos. Desde luego, podría
eliminarla; nada sería tan fácil, pero no sé… no me acaba de gustar la idea;
bastante he transgredido ya el reglamento como para saltarme ahora alegremente
la norma más importante. Además, ya nada me retiene aquí ¿para qué voy a
complicar más las cosas?
Jezabel no es la misma de antes. Claro que ¿a quién podría sorprenderle
eso? Aquel encuentro junto al río, habría bastado para trastornar a cualquiera.
A veces, me parece estar viendo otra vez lo que ocurrió cuando Sher es Krimm se
alejó de nosotros: Jezabel estaba junto a mí, rígida como una estatua, incapaz
de pronunciar palabra. Pensé entonces que el terror se había adueñado de la
pobre muchacha y cogí sus manos, deseoso de infundirle ánimo. Pero ella me
apartó con brusquedad y se quedó mirándome de un modo extraño. Nunca la había
visto así. Sus ojos azules fulguraban, lanzándome saetas envenenadas. Lo peor
llegó cuando, por fin, recuperó el habla y comenzó a brotar de su boca un
torrente de reproches. Dijo que yo no era más que un farsante, me acusó de
engañarla, de ocultarle mi relación con aquella mujer… Hice lo posible por
tranquilizarla, pero sólo conseguí enfurecerla aún más. Estalló en un mar de
lágrimas y se alejó corriendo sin atender a mis razones. El lugar se quedó
solitario y una gran luna amarilla empezó a elevarse sobre el ramaje, derramando
su luz en las aguas tranquilas del río. Me recosté sobre el tronco seco de un
álamo caído y permanecí allí hasta el amanecer, acompañado por el croar monótono
de las ranas.
Esta ciudad ya no tiene poder sobre mí. Al fin se ha desvanecido su
sortilegio y es tiempo de volver a emprender la marcha. Mañana mismo me voy de
aquí para siempre; cuanto más lejos, mejor.
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Carlos Montuenga, es Doctor en Ciencias.
Es miembro integrante del
Taller Literario de El Comercial.

Lee
la
primera parte de este relato y otros cuentos del autor:
Doctor Paracelso y
Newton el mago.
FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez

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