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El segador
Adrián Néstor Escudero
A la Esperanza.
En especial, al Poeta y Diácono, Amílcar Torre,
in memoriam...
Ayer vino a
visitarme. Pero, ciertamente, me costó reconocerlo.
Por supuesto, tocó timbre, esperó que alguno de
nosotros atendiera, y luego dijo: «¿Está el dueño de casa?».
Es decir, yo. O lo que yo representara en aquel
momento.
Había elegido un día especial para la visita. No
había lluvias ni relámpagos eviscerando la penumbra de la noche, o acortando la
tarde, u oscureciendo la mañana, como uno hubiera podido imaginar.
Era, en cambio, un día de brillos luminosos, de
una humedad pulposa que enrojecía nuestras pálidas ventanas, abiertas o
clausuradas a los cuerpos vivos de las otras gentes que circundaban la zona
brotada de verde, apenas desviado el sol de su cenit, con las casitas blancas y
más blancas del barrio Las Flores II, con árboles de sombras apenas asomadas, y
el bullicio jocoso (también apenas), ingenuamente vituperado por la alegría
redonda de una pelota de fútbol maltratada, o injustamente interrumpido por la
norma culinaria del mediodía que, por los domingos, adelanta su orgía de olores
carnívoros y sabrosos.
Porque la protesta a los padres que llaman siempre
se da; aunque luego no queden ni rastros de rito milenario del almuerzo amasado
por las manos de mamá.
Vino a visitarme, dije. Abrió el más chico,
después atendió ella, y, al final de un pequeño introito en que las mujeres
adelantan a los esposos el quién es, el qué quiere, el que si viene o no viene
mañana, o nunca, el que si se hace tal o cual trabajo, o si se puede o no
prestar el diario de la noche, o cosas por el estilo, atendí yo. Insisto: de
inmediato no habría de advertir su verdadera identidad. Pero...
... Me estremeció su aspecto. Parecía haber bebido
mucho; quizás hasta algunos instantes antes de llamar a mi puerta. Después pensé
que era por necesidad. Necesidad de evadirse de una realidad que lo oprimía, a
la que no pertenecía, y contra la cual luchaba desesperadamente. Y todo aquello
que correspondiera a esa realidad debía segarlo...
El cabello, hirsuto; revuelto como un mar de
tormentas o un nido de cuervos. Endurecido, grasoso y maloliente. Hedía desde
cada hilo de sus vestiduras desgajadas. Un cristo deshecho. Marginado. O un
arquetipo de hombre soslayado por la vida. Menudo y fláccido; un manojo de venas
mudas y secas, alargadas en un gesto gris violáceo, fulminante. Colgando de esas
venas sin savia, dos garras ciñendo «aquello». Largo y afilado. Amenazante y
curvo.
«¿Puedo cortar el césped?», dijo. Y entendí que mi
hora no había llegado todavía.
Es que ante mis ojos, el pobre cristo se debatía
por una limosna misericordiosa, y el corazón de mi familia se había estrujado
por aquella semblanza pordiosera. Humillada.
¡Hermano!, dije para mis adentros. Y una lágrima
me recorrió voraz la intimidad del alma, marchitándola. Secó mi garganta al
abandonar el lugar donde moraba, y apagó mi voz cuando le dije: «Sí; puede».
Mis chicos (que son cuatro, o cuatrocientos, de
cómo juegan y gozan de la vida) lo rodearon, y luego comenzaron a tocarlo y a
azuzarlo sin percatarse del peligro que guiñaba desde «aquello», con cada
movimiento del brazo nervudo que, feroz, cumplía su tarea. Mientras tanto, el
Segador forzaba una sonrisa complaciente, como esperando su oportunidad, esta
vez, por alguna razón postergada...
Como hojas de otoño, incómodas y amarillas, caían
rendidas a sus plantas de arpillera unas pisadas leves festejando (chas) la
audacia del bastón de mando (chas), que oscilaba (chas) y oscilaba (chas), yendo
y viniendo (chas), y haciendo florecer como claveles del aire suspendidos a
centímetros del suelo, aquellos ramilletes de brotes muertos de carne verde
destrozada, con alguno que otro yuyo de mala fama entremezclado.
Sudaba doblemente. Por el trabajo en sí y sus
escasas fuerzas de existencia desnutrida —desvaídas bajo el sol de enero
mortificando a pleno a la ciudad toda—, y por ellos. Mis chicos. Tontamente
perversos. Brincándole al borde justo de aquel filo de navaja enardecido, que
cepillaba sobras de malezas jerarquizadas por la estética de moda en los
countries de fin de semana.
Un llamado de ella (mi esposa) lo alivió.
Corrieron los críos a devorar el almuerzo, y, con el último jadeo, concluyó la
tarea. A medidas, eso sí.
«Después, con la tijera, termino de pulirlo yo»,
le digo con honesta ternura. Demasiado presuroso su trabajo, había prácticamente
desmantelado el —hasta ayer— cuidado solar. Por el vino, por la edad, el hambre
o los chicos. Desmantelado.
Sonrió de nuevo, e insistió con la voz grave y
gangosa de su inocultable beodez: «No. No; deje patrón, que yo se lo termino
bien, va a ver. Me gusta terminar bien lo que empiezo».
Iba a decirle: «Salud», por aquel costado irónico
o perverso al que nos tiene acostumbrado, de improviso, la criolla picardía.
Pero no. Le sonreí también, y lo dejé seguir mientras yo porfiaba en mi
escritorio profesional con cifras y normas legales, especulando matrices y
recortando diarios o clasificando artículos relacionados con mi árida,
matemática y racionalista —pero humana, al fin— profesión de Contador...
Al cabo, se recortó por segunda vez como un
fantasma frente a la puerta entreabierta de la casa; pero no en seguida. Unos
minutos después de su postrero «chas», en los que hubo recuperado el aliento...
«Ya está, patrón», me dice. Y me observa con la
triste melancolía del que no tiene nada que perder. «Bien», le respondo. «Muy
bien», exagero.
Abandono el escritorio, salgo al jardín, le doy un
rápido vistazo eludiendo al sol desviado ya pronunciadamente hacia el oeste, y
apruebo su trabajo con serena benevolencia, no exenta de preocupación. «Aquí
tiene, don. Y muchas gracias», le digo. «A sus órdenes, patrón», me dice.
Y se va.
Como intuyendo mi secreto enojo por su labor
ineficiente, el Segador, sin embargo, se va; acompañado en una sombra por su
prima, la Muerte, y con el sol prendido tercamente a sus espaldas, dando lugar a
la Esperanza, se va...
Al margen de toda imaginación de mi parte.
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ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO (Santa Fe, Argentina - 1951) es autor de
numerosos cuentos y breviarios, entre los que ha publicado: Los últimos días
(Colección de Ficción Conjetural y Metafísica) y Breve sinfonía y
otros cuentos (Colección de Realismo Mágico), publicados por Ed. Colmegna,
S.A.; Doctor de mundos I (Ed. Vinciguerra, SRL) y Apocalipsis bang
(Las siete Parábolas de la In-Creación)
-
Editorial Vinciguerra S.R.L., en su
Antología de cuentistas argentinos de fin de siglo. Autor, asimismo, de
comentarios, artículos reflexivos y prólogos literarios, ha recibido diversos
premios literarios. Su obra está presente en antologías y publicaciones
literarias tanto en papel como en el medio virtual.

El presente relato fue escrito en Santa Fe
(Argentina), 1984. Texto ajustado: 06-04-2006.
La versión original del mismo integró la primera edición del libro Breve
Sinfonía y otros cuentos, marzo de 1990.
Recibió la Mención Especial Concurso Internacional de Poesía y Cuento EL QUIJOTE
DE PLATA VII – Asociación Arte y Cultura (San Lorenzo – Provincia de Santa Fe,
Argentina). Noviembre de 1984.
Fue publicado en la Revista de Literatura PROEMIO – Corrientes (Argentina) – Nº
04, bajo el título de Imaginación. Agosto de 1985.
E Lee
otro relato de este autor:
El emperador ha muerto

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