
Cuestión de identidad
Ariel Díaz
De una máscara a otra, hay
siempre un yo
penúltimo que pide. - Octavio Paz
Cuando Helena vino por primera vez a mi taller de narrativa
—con un traje sastre de seda rústica color gris—, me produjo una impresión muy
pobre. Gorda, tímida, con una mirada huidiza y un tono de voz excesivamente
bajo, expresó su deseo de aprender a escribir cuentos, aunque creía no tener
condiciones y no sabía si continuaría luego del primer mes. Era una prueba que,
desde niña, había anhelado realizar.
Llegaba puntual —cada día con un vestido diferente, sobrio y
de diseño exclusivo—, se sentaba en el lugar más apartado, escuchaba sin
participar mientras tomaba apuntes en su cuaderno con la mirada fija en él y se
retiraba sola, sin conversar con nadie. Pasaron más de tres meses hasta que me
entregó su primer trabajo.
—Por favor, no lo lea en clase. Es malo. Me da vergüenza—,
dijo con la mirada baja mientras el rubor invadía sus mejillas. Adiviné, más que
oí, el susurro de sus palabras, tapado por el incontenible torrente oral vertido
al mismo tiempo por el resto de mis alumnos.
Antes de acostarme, comencé a leer el relato de Helena sin
ganas y presintiendo su mala calidad. A medida que me introducía en él, la
sorpresa me iba ganando. Sentí vivos a los protagonistas, estaban allí, los oía
murmurar, sus emociones y las mías se mezclaban, la tensión del momento me hacía
apurar la lectura, la letra se volvía borrosa con la turbidez de las lágrimas; y
el final inesperado explotó en una culminación dramática incontenible.
Poco a poco —casi sin quererlo—, fui volviendo a la realidad.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Tenía frente a mí una obra maestra, un
cuento sintético, redondo, con un opus coronat digno de un escritor de oficio.
Entonces comprendí que yo era uno de los pocos privilegiados, si no el único,
que empezaba a vislumbrar a la verdadera Helena. Con su máscara pobre y
mimética, ella ocultaba el fuego, la pasión bullente en su espíritu y que
manifestaba solamente a través de sus personajes.
En la siguiente clase opiné sobre el material recibido y,
llegado su turno, alcancé a escuchar en un hilo de voz, "después". Llegué a la
costumbre de quedarme a solas con ella, luego de retirarse el resto de mis
alumnos, para conversar sobre el material que me iba entregando. Los escasos
diez minutos que comencé a dedicarle, se fueron ampliando a medida que crecía mi
curiosidad y lograba atravesar su coraza de protección hasta adentrarme en los
estratos más profundos de su personalidad tan celosamente guardada. Para
descubrir su naturaleza le hablé de cómo todos nos embozamos aparentando aquello
que no somos. Puse mi ejemplo: un fracasado —mentí con el fin de ganarme su
confianza—, que para sobrevivir con su taller de narrativa debía escudarse tras
una máscara de escritor con oficio y seguro de sí. Al burlarme de mí, logré que
ella se riera de su mezquino disfraz. La llevé hasta el botiquín del baño y le
mostré el frasco lleno de píldoras tranquilizantes que debía tomar para vencer
mis depresiones; de este modo conseguí que hablara de su propia neurosis.
Comprendí entonces que la esencia de su carácter era casi
inexistente y crecía de afuera hacia adentro bajo el influjo de la tradición,
las "máscaras del pasado", la sociedad, la opinión de quien conversara con ella.
Su vasta cultura, lo auténtico, se hallaba completamente encubierto. Cuando
logré que Helena manifestara su erudición, debí usar mi propia máscara para
ocultar mi ignorancia ante los temas profundos que tratábamos en nuestras
conversaciones.
Su memoria era asombrosa y podía recitar poemas enteros en
castellano, francés e inglés. Sus padres, inteligentes y de una personalidad muy
fuerte —a mi entender castradores y con conceptos familiares arcaicos—, habían
fallecido diez años atrás en un accidente automovilístico; hija única, no tenía
otros familiares y nunca había tenido amigos, novio o amante. Vivía de la renta
proporcionada por el alquiler de seis apartamentos heredados. Pasaba los días
recluida, leyendo o escribiendo; ni siquiera salía a elegir las prendas que
integraban su numeroso y creciente vestuario. Una modista renombrada concurría a
su domicilio.
Puedo asegurar que en un principio no tuve ningún interés
especial en Helena. Mi primera intención de dedicar unos pocos minutos semanales
a despertar la vocación literaria de una alumna brillante fue cambiando; nos
quedábamos conversando entretenidos durante varias horas. Mi indiferencia
inicial —y posterior curiosidad— se fue convirtiendo en admiración. ¡Por fin
había encontrado a alguien con quién mantener un diálogo rico e interesante!
Comenzó a venir a casa tres veces por semana, fuera del
horario de clases. Poco a poco fui dejando de ver a todos mis amigos y me
dediqué a ella. Sólo en esos momentos compartidos me sentía vivo; el resto del
tiempo era una interminable espera ansiosa. En forma inexplicable, ese cuerpo
que en un principio me pareció regordete, se fue convirtiendo en maravilloso. Mi
atracción era tal que empecé a atiborrarme de comida, así engordar y parecerme a
ella. Sin darme cuenta modulé mi voz dándole sus mismas inflexiones, imité a la
perfección su letra.
Su inexperiencia y timidez en todo lo relativo al sexo fue un
afrodisíaco para mí. Con la intención de ir venciendo barreras en nuestra
relación amistosa, en cada beso de despedida me acercaba más a su boca,
inventaba una caricia nueva, más atrevida, más excitante; imaginaba cada uno de
estos gestos como pequeñas llamas capaces de encender su curiosidad y despertar
la pasión que fluía de sus cuentos.
A pesar de mi deseo —convertido ya en obsesión—, Helena
demoró un año en aceptarme como amante. Necesitó seis meses más para vencer
trabas y pudores, hasta entregar-se libre a todas esas sensaciones nuevas que
había ido descubriendo.
Mientras ella se despojaba de todos los prejuicios acumulados
desde su niñez, yo comprendía que el encanto había desaparecido. Lo que en un
principio fue un reto a mi hombría, un desafío a mi capacidad de seducción,
derivó en gozos totalmente opuestos. ¿Cómo explicarlo? Luego de hacer el amor
—que llegó a producirme un gran desasosiego—, empecé a maquillarme como ella, a
vestirme con su ropa, a rociarme con sus deliciosos perfumes franceses, a imitar
sus gestos, su forma de hablar, de caminar. Al principio creí que lo hacía para
despertar su hilaridad y disimular el rechazo sexual que estaba experimentando.
Más tarde, advertí sorprendido que me gratificaba, sentía verdadero placer en
esas transformaciones que continué realizando no solamente en su presencia.
A medida que Helena perdía sus inhibiciones en la cama, sus
cuentos crecían en audacia. La convencí de que interviniera en certámenes
literarios; comenzó a ganarlos y ello la motivó para seguir compitiendo. Después
de obtener un premio muy importante —que provocó un escándalo eclesiástico y la
difusión de varias diatribas en los principales periódicos de bien pensantes
miembros de diversas Ligas—, una editorial la llamó para publicar la obra
premiada. La citaron para el día siguiente por la mañana con la intención de
firmar un contrato muy interesante. La invité a mi apartamento y preparé una
cena con sus platos preferidos, además de champaña; el acontecimiento lo
merecía.
Llegó con un vestido muy escotado de crêpe bordado con
canutillos y piedras, color fucsia, ceñido al cuerpo, la espalda descubierta y
con un pronunciado tajo al costado. Me produjo un deseo inmediato. De
probármelo. Para ese entonces me había depilado el pecho y éste comenzaba a
henchirse con la ayuda de hormonas femeninas que me estaba inyectan-do. Me di
cuenta —a través de sus gestos, las palabras, la entonación de su voz, la
fragancia fascinante que emanaba de toda su piel—, de que quería seducirme. La
alumna había superado al maestro.
Le entregué un ramo de flores, cenamos a la luz de las velas
y terminamos las dos botellas de champaña. Por primera vez, desnudos y de
madrugada, logré que se quitara completamente la máscara.
Descubrí el desasosiego, su inestabilidad emocional, el vacío
interior en el que se de-batía antes de empezar nuestra amistad. Su vida giraba
centrada en actos de renunciamiento, de sacrificio, de expiación. La falta total
de sustancia anímica era una amenaza continua a su estima y vivía esa pobreza
vital como una maldición. Se daba así la paradoja de que pudiese alcanzar dicha
sustancia mediante el suicidio, que había intentado en numerosas oportunidades.
A partir de nuestro encuentro, su vida cambió en forma
radical; comenzó a valorarse como escritora y, sobre todo, se sintió plena de
sensaciones femeninas, al encontrarse atractiva, al disfrutar de su capacidad de
seducción.
Entonces, una luz se hizo en mi interior. Comprendí, por fin,
qué era lo que yo quería. Hablé y hablé, vomité todo hasta la exageración. Le
dije del asco que sentía al tocarla, del rechazo que me producía su excitación
repulsiva, de que sólo era una pobre gorda grotesca.
Cuando enfiló para el baño con el extraño rostro desencajado,
supe lo que ella haría. Me visto con sus ropas, recojo la máscara que Helena
abandonara distraída, me la coloco, tomo su cartera y me dirijo, satisfecha, a
mi nuevo apartamento, a los perfumes franceses, a los modelos exclusivos; ya
comienzo a pensar en el contrato que firmaré dentro de pocas horas con la
editorial.
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IMAGEN: Succube (1934) - Pierre
Molinier
"Cuestión de
identidad"
Relato finalista del III Certamen de Relato Breve Almiar.
ARIEL DÍAZ: Nací
en Bahía Blanca, me recibí de Maestro en Tandil y estudié en la Escuela Nacional
de Náutica. Recorrí mundo como Oficial Maquinista y Jefe en la Marina Mercante
Argentina. Jubilado, cambié el calibre por la lapicera y el indicador de
diagramas por la computadora.
Hace cuarenta años que vivo en José Mármol, comencé a escribir diecisiete años
atrás y llevo realizados doscientos cuentos, con los que torturo a mis amigos,
el porteño Freddy y la españolísima Mar, primeros cobayos-lectores.
Gané más de cien premios en Argentina, dos en Uruguay, dos en Estados Unidos,
dos en México, uno en Francia y treinta en España; entre ellos:
• Premio Internac. JAUJA de Cuentos 1990 (Actual Premio CAJA ESPAÑA), de
Valladolid (España) - 1er. Premio.
• FAJA DE HONOR PARA AUTORES INÉDITOS 1991 otorgada por la Sociedad Argentina de
Escritores.
• Certamen Literario Internacional BUSTARVIEJO 1992, de Madrid (España) - 1er.
Premio.
• XVIII Concurso Literario NUEVA ACRÓPOLIS 1994, de Madrid (España) - 3er.
Premio.
• XIX Concurso Literario del Molino de Viento LA BELLA QUITERIA 1994, de Munera,
Albacete - 3er. Premio
• Premio EDENOR 1995 para Escritores Noveles, organizado por la Fundación EL
LIBRO (Argentina). Publicación del libro NUEVOS CUENTOS - NUEVOS CUENTISTAS.
• Primer Concurso de Relatos JUAN MARTÍN SAURAS 1996, de Andorra, Teruel
(España) - 1er premio.
• PREMIO EDENOR 1997 de Cuentos Infantiles para Escritores Noveles, organizado
por la Fundación EL LIBRO (Argentina). Publicación del libro CUENTOS CON BUENA
ONDA.
• Premio Internacional RÍO DE LUNA 1998, de Miami (U.S.A.) - 1er. Premio.
• VII Concurso Literario A LA ORILLA DEL VIENTO 1999 de México - Categoría: "Los
que leen bien y los grandes lectores" - Libro LOS CUENTOS DEL ABUELO - Mención
honorífica
• IV Premio VIDA Y SALUD de Narrativa 2000 - Universidad de Alicante (España) -
1er. Premio.
• Premio de Cuentos CAFETÍN CROCHÉ Edición 2000, de San Lorenzo del Escorial
(España) - 2º premio
• Concurso Internacional de Cuentos ENRIQUE LABRADOR RUIZ 2000, de New Jersey (U.S.A.)
- 1er. Premio
• IV Concurso de Relato Breve VILLA DE BINÉFAR 2000, Binéfar (España) - 1er.
Premio
• VIII Premio de Relatos CIUDAD DE PEÑÍSCOLA 2001, Peñíscola (España) – 4º
premio entre 1217 cuentos.
• II Premio ENCUENTRO DE DOS MUNDOS 2001, Ferney-Voltaire (Francia) - 1er.
Premio
• Certamen Internacional de Cuentos VILLA DE MURCHANTE 2001, Murchante (España)
- 1er. Premio
• Certamen Literario Internacional CABARET VOLTAIRE, Utrera - Sevilla (España) -
1er. Premio
LIBROS PUBLICADOS:
Premio Jauja de Cuentos 1990 - Caja España - Valladolid - España - 1991
Nuevos Cuentos - Nuevos Cuentistas (Antología) - Grupo Editor Latinoamericano -
Buenos Aires - 1995
Tiempo de desafío - Coquena Grupo Editor - Buenos Aires - Octubre 1996 - Primera
Reimpresión - Abril 1998
Los Cuentos de La Granja 1996 (Antología) - Asociación Cultural Canónigos - San
Ildefonso - España - 1996
Cuentos con Buena Onda (Antología) - Fundación El Libro - Buenos Aires - 1997
Misterio con androides y un gato calavera - Coquena Grupo Editor - Buenos Aires
- Nov. 1997
El placer del cuento (Antología) - Ediciones Mutual CAMED - San Martín (Pcia. de
Buenos Aires) - Dic. 1997
Lucha despareja - Malen Grupo Editor - Buenos Aires - Nov. 1998
Los Cuentos de La Granja 1998 (Antología) - Asociación Cultural Canónigos - San
Ildefonso - España - 1998
Los Cuentos de La Granja 1999 (Antología) - Asociación Cultural Canónigos - San
Ildefonso - España - 1999
Cuentos Históricos Argentinos (Antología) - Grupo Editor Altamira - Buenos Aires
- Abril 2000
La llanura Pampeana (Antología) - Editorial Colihue - Buenos Aires - Junio 2000
Caminantes (Lecturas 6º año EGB) - Editorial Edebé - Buenos aires - Julio 2000
Caminantes (Lenguaje para 4º año EGB) - Editorial Edebé – Buenos Aires –
Septiembre 2000
Lengua (7º año EGB) - Editorial AIQUE – Buenos Aires – Febrero 2001
Concurso Nacional de Cuento SADE 2000 (Antología) - Ediciones De Alejandría -
Buenos Aires - Abril 2001
III - IV Concurso de Relato Breve "Villa de Binéfar" (Antología) - Ayuntamiento
de Binéfar - Mayo 2001
Concurso Internacional "Letras de Oro" (Antología) - Editorial Honorarte -
Buenos Aires - Julio 2001
VII Premio de Relatos Breves "Ciudad de Peñíscola"- Patronato Munic. de Turismo-
Peñíscola - Abril 2002
Antología 5 - Editorial Kapelusz - Buenos Aires - Febrero 2002
Antología 8 - Editorial Kapelusz - Buenos Aires - Febrero 2002
Lengua 9 - Editorial Kapelusz - Buenos Aires - Febrero 2002
La magia del río - Editorial Tempus - Valencia - España - Septiembre 2002
Cuentos sin respiro - Editorial Fundación El Libro – Buenos Aires – Abril 2005