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Momentos de escuela
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José Mª
Casquero Vega
Ese miércoles era el último día
del curso escolar y había acudido a recoger al nieto. Mi hija y su marido habían
resultados agraciados con el segundo premio de la bono-loto y se habían dado el
capricho de viajar a las islas Seychelles durante los tres meses del verano así
que yo, tan habituado a la viudez y al calor como a realizar labores de canguro,
no puse ningún reparo en hacerme cargo del crío.
Total, que ya estaba, como la mayoría de los padres y canguros, atrincherando la
puerta de salida del colegio cuando veo salir corriendo a Carlitos, le hago una
señal pero para mi asombro un tipo sale a su encuentro, le abre los brazos y el
niño se aúpa a ellos como si conociera a aquel desconocido de toda la vida y no
le intimidara lo más mínimo. Casi al mismo tiempo, y sin posibilidad de
reacción, advierto cómo un niño que evidentemente no es Carlitos, corre hacia mí
gritando «abuelo, abuelo» y yo, que si algo rezumo es lerdez en la perspicacia,
abro los brazos y le aupo hasta mi pecho. «Pensé que ya no vendrías», me dice el
niño a la vez que me planta un beso en la cara. No es que sea más feo ni más
guapo que Carlitos, ni que a fuer de ser sincero pese unas cuantas arrobas más
que él, sino que franca y tajantemente no es mi nieto y yo, indudablemente,
necesito una explicación. «¿Y tu madre, no ha venido a buscarte, rico?», le
pregunto por ver qué pasa. «Jo, abuelo —dice el niño fastidioso—, ¿es que ya no
te acuerdas que se ha ido de viaje con papá?». Evidentemente todo me parece una
broma así que dejo al niño en el suelo y tratando de ser lo más franco posible
con él le explico la situación: «mira salao —le digo—, tú no eres mi nieto
Carlitos así que habrá que buscar a tu madre o a quien haya venido a recogerte,
¿entiendes?». Entonces giro la cabeza tratando de localizar a Carlitos y al tipo
que lo retiene pero en la puerta del colegio ya no queda casi nadie y no hay ni
rastro de mi nieto ni de su hábil secuestrador. Para colmo el niño comienza a
llorar y a berrear alegando que él sí se llama Carlitos y preguntándome si ya no
le quiero como antes, de modo que tratando llamar la atención lo menos posible
le cojo de la mano, pongo cara de pasmado y le digo que no me haga caso, que por
si no se ha dado cuenta yo soy muy chistoso cuando me lo propongo y sólo he
querido gastarle una pequeña broma.
De todo esto ya han
pasado tres semanas y el niño, quien insiste en llamarse Carlitos, el muy
puñetero, no da muestras de extrañar su casa, sus juguetes ni su pitanza. Es un
niño realmente sereno que elude las matemáticas y disfruta con el lenguaje y las
ciencias naturales, igual que el otro Carlitos, mi nieto, el que se llevó aquel
tipo extraño.
Yo, la verdad es que he
pensado muchas cosas desde entonces. De un lado es obvio que debería haber
recurrido a la maestra o a la directora del colegio: ellas habrían sabido
decirme quién es este niño y dónde está pasando las vacaciones mi nieto pero el
colegio está cerrado hasta septiembre así que por ese camino, nada de nada. De
otro lado pensé en la policía, pero soy un tipo temeroso y me arrepiento de todo
sin proponérmelo. Además, qué clase de secuestro iba a denunciar si yo mismo he
acogido en mi casa al niño de otra familia. «El secuestrador secuestrado», me
habrían bautizado y el solo hecho de pensar en ello me causa una enorme congoja.
Por lo demás podía haber acudido a la puerta del colegio y esperar que la
persona que se había llevado a Carlitos cayera en su error y actuara como yo
pero dejé pasar los días y ahora no es cuestión de rondar la puerta día sí y día
también, vamos, creo yo.
Como es lógico, no dejo
de darle vueltas a lo que dirán sus padres cuando vean a este niño que si alguna
evidencia tiene en común con Carlitos es meramente su nombre. Donde aquel era
una astilla éste es un tarugo que engulle la comida igual que una lima. Eso sí,
es más despierto y obediente que el otro y supongo que algún truco se me
ocurrirá para obligarle a que practique más deporte y aprenda la lista de los
reyes godos, que es algo que Carlitos tenía asumido y de lo que no cesaba de
alardear. Por mi parte, a mi edad, es ya difícil temer alguna represalia. Por
intento de secuestro supongo que no me veré implicado y si así fuera, siempre
puedo poner cara de circunstancias y dejar que mi yerno, quien sé de buena mano
que me tiene ojeriza, certifique una demencia senil o algún principio de
Alzheimer, que es algo que como coartada me importa un pimiento y que como
atenuante queda la mar de bien.
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JOSÉ MARÍA CASQUERO VEGA, es
un
autor que reside en Santurtzi (Vizcaya - España).

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