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En aquel entonces
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Moisés Sandoval
Calderón
Cuando me dijeron que la tía Gertrudis había muerto sucedió algo curioso. Pensé
en unos ojos cerrados, en la verdadera belleza, una rosa roja marchitada
lentamente. La pobre tía Gertrudis. La oscura edad. Irse sin dejar un hijo, un
valiente. ¿Y dónde quedaría su mirada secreta? Un olor a naftalina penetró en mi
mente; el sonido de un leve crujir de telas. Y evoqué la imagen de una larga
falda almidonada junto a un montón de libros de páginas amarillentas. Evoqué el
roce tenue de unos dedos manchados de añil, el olor a cuero de un enorme sillón
y un piano de señorita. Y en ese atardecer neblinoso suspendido en una pertinaz
llovizna de enero, desde el fondo de mi alma, como polvo efervescente brotaron
una serie de recuerdos que creía olvidados. Entonces sentí unas manos suaves
olorosas a jabón, agradablemente secas: sentí a la tía Gertrudis.
¿Era bella? Imaginé ese
rostro cuya piel se tendía rojiza, interrumpido por una nariz respingada y
pecosa; en la plenitud de su madurez bien que era hermoso. El pelo largo y rojo.
Belleza pelirroja. Existía además en su mirada algo que sugería ser la causa de
su absurda soledad: una especie de desamparo y orgullo. Tratando de definir esa
mirada, diría algo así como: vanidoso sacrificio. Si es que existiera
físicamente y se pudiera describir con palabras.
Cuando me dijeron que la
tía Gertrudis había muerto pasé una noche tormentosa. Tuve un sueño en donde
volvieron escenas oscuras que me abrumaron en mi adolescencia: visitaba el
pueblo de mi infancia. Por alguna causa tenía que ir a mi casa. Llegué, entré. Y
de repente me invadió un olor a flores putrefactas y a cera quemada. Tuve la
certeza de que ahí se velaba a un muerto. Ideas de cirios y ataúdes.
—Su tía lo está esperando
—me dijo alguien.
La tía yacía
completamente desnuda sobre la mesa de la sala. De algún modo, un ojo cómplice
me invitó a que me acercara a la mesa.
—Le ruego que no intente
excitarla, aunque no podría por más que quisiera. Está muerta —y el ojo se cerró
en un guiño en señal de complicidad.
Desperté invadido por un
miedo cerval.
Cuando me dijeron que la
tía Gertrudis había muerto, al otro día me dirigí al pueblo, quería llegar a
tiempo al sepelio. En la carretera, los cálidos reflejos del sol flotaban con
las sombras vegetales en los cristales del vehículo. Una nube empezó a cubrir el
sol lentamente. En aquellos tiempos yo era un muchachón fornido acabado de salir
de la secundaria. La tía Gertrudis vivía con un canario en un ala del viejo
caserón donde habitábamos toda la familia. Yo la sabía mancillada por un antiguo
amor que huyó al enterarse de lo disminuida que había quedado la herencia. Y
desde mi corta edad la veía lejana, débil y consumida por un sufrimiento
silencioso que adivinaba en su mirada. Por las tardes me dedicaba a observarla
desde mi ventana, veía su sombra cruzando los amplios ventanales. Ella, ella,
sombra suave, ojos suaves. ¿Qué es ella? Robada. Dejada. Yo tan solo aquí. Una
pared de por medio. Blancos senos de rojizos pezones. ¡Oh! Acaríciame y unamos
nuestras soledades. Yo triste también. Estoy quieto, agitado, mirando cómo se
mueve esa sombra y se despoja de su enorme falda.
El sol se liberó
abruptamente. Una sucesión de granjas se desliza a mis costados anunciándome la
inminente llegada al caserío.
¡Ay! Aquellos tiempos.
Ese día bien que lo recuerdo. Eran como las tres de la tarde. Yo acababa de
comer y me disponía a salir a vagar por las calles aprovechando la hora en que
toda la familia se retiraba a sus habitaciones a dormir la siesta. La vi
aparecer de repente envuelta en un halo, iluminada por el tragaluz de la sala.
Parecía como si flotara en una delgada capa de luz. Y desde ahí me miró sin
sobresalto, como si ya supiera que iba a encontrarme.
—Buenas, tardes,
Gabrielito. ¿Ya te vas? ¿Cuándo vas a ayudarme a acomodar los libros en los
estantes?
—Ahora mismo si usted...
—Puedes tutearme. Ya eres
todo un hombre.
Y acompañó sus palabras
con una sonrisa.
Caminamos por un largo
pasillo hasta llegar a su alcoba. Una vez ahí me condujo a la habitación
contigua, que hacía las veces de biblioteca. Me sentó ante una pila de libros
empolvados.
—Quiero que los ordenes y
los acomodes por temas. Y le des una sacudida a los estantes —me dijo antes de
retirarse a su recámara.
Apenas estuve solo,
escurrí mi mirada por la habitación que tanto tiempo estuvo vedada a mis
visitas. Un enorme sillón de cuero esperaba junto un silencioso piano de
señorita. Mejor terminar de una vez. Me puse manos a la obra.
Al rato ella regresó con
una jarra y me sirvió una limonada. Luego que me vio beber, se recostó cuan
larga en el sillón. Se arremangó un poco la falda. Susurrante agua, crujir de
telas. Los dos reunidos, ella ahí sin finalidad alguna. Me dispuse a terminar
la faena, apresurado, bajo el influjo de un temor desconocido. Coloqué el resto
de los libros según fueron embonando. De repente, fluye un murmullo. ¿Tan rápido
estaba dormida? Una mirada de reojo. ¿Si me quedara súbitamente desnudo aquí
mismo? Más confiado me dediqué a observarla. Muslos lascivos bajo el telar. Una
mujer duerme. En sus sueños, ella marcharía agobiada hacia la llama de la
delectación morosa, hacia tierras crepusculares. No está desnuda. ¡Y sin
embargo!... Bajo esas enaguas se esconde un tesoro de endemoniada blancura,
secreto, cálido, la riqueza del mundo, carne trémula, perfume de liviandad.
Oí un murmullo:
—¡Amor! Bésame mi
muchacho.
El aire de la habitación vibró.
Su pollerita arremangada. Con el corazón excitado traté de salir. ¿Oí bien? La
puerta estaba cerrada. De nuevo me acerqué a ella y vi como desnudó ligeramente
su pecho. Acerqué los dedos sobre sus labios. Aliento agitado. A través de su
cabello rojizo podía ver las orejas, el lóbulo delgado. Lo aparté suavemente. El
cuello y el hombro mostraban la plenitud de una mujer madura. Una media sonrisa.
Olor de mujer. Frente amplia, mejillas sonrojadas. Tomé sus manos, olí sus
dedos, estaban manchados de añil y olían a jabón fino. Deslicé mi mano hasta su
pecho. Haciendo suavemente a un lado la blusa, palpé, aparté. Tenía los senos
pequeños pero redondos y altos. Había que hacer la prueba. Toqué los rojizos
pezones erectos. No, no eran pezones que hubieran amamantado. La vida es un
sueño y lo que hacemos ahora mañana será olvidado. Bajo la enorme falda, poco a
poco fui bajando las enaguas. Espera. Piénsalo. Pasé mi mano despacio sobre el
rojizo bello púbico. ¿Qué sueño puede tener para jadear como lo hace ahora?
Al otro día pasé por el
frente de su cuarto, y me demoraba intencionalmente con la esperanza de
encontrarme con sus ojos secretos. Por fin la encontré.
—¡Ah! Eres tú.
Pérdida de tiempo. No
mencionó nada. Qué extraño. Tendría que haber sido un hombre mayor para pedirle
explicaciones. La tomaría en mis brazos protectores, la consolaría con un beso
largo, y mientras ella dormía la siesta, haríamos el amor en el enorme sillón de
la biblioteca. Pero ese rostro despierto era un espejo ciego, o yo era demasiado
joven para comprenderlo. Cuando se despidió de mí, volvió por un segundo el
brillo de su mirada secreta. Su alma estuvo en sus ojos. Su corazón de mujer
vino hacia mí porque había heridas que debían ser curadas. Si ella había sido
mala, si había pecado, ahí estaba yo como un hombre de verdad para perdonarla y
curarla. Pero sólo fue un instante. Luego recobró su mirada orgullosa. De eso
hará ya cosa de treinta años.
Cuando me dijeron que la
tía Gertrudis había muerto hice viaje al pueblo. Traspasé el enorme portal de la
casa. En la habitación que ahora me parecía excesivamente reducida, seguía el
enorme y ahora desvencijado sillón de cuero, lo habían echado a un lado para
acomodar el féretro que se mantenía con la tapa abierta, y en los estantes
asomaban los lomos de los libros, únicos testigos de un secreto remoto. Un grupo
de viejos velaba los restos de una anciana. Cuatro cirios ardían lánguidos. No,
no estaba el piano de señorita. Había ahí decrepitud, decadencia, rostros
desconocidos. Nada que ver con mi bella pelirroja.
Decepcionado, decidí
retírame. Pero al pasar por la sala, el reflejo del tragaluz me detuvo por un
instante. Y la vi aparecer envuelta en un halo, iluminada, eternamente bella.
Desde las delgadas capas de luz me miró sin sobresalto, como si ya supiera que
iba a encontrarme. Ella, ella, luz suave, ojos vítreos mirando desde la muerte,
la rosa roja, la verdadera belleza.
—Buenas, tardes,
Gabrielito. ¿Ya te vas? ¿Cuándo vas a ayudarme a acomodar los libros en los
estantes?
Fue sólo un instante.
Luego una nube cubrió el sol lentamente.
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MOISÉS SANDOVAL CALDERÓN, narrador
mexicano, tiene textos publicados en diversas revistas electrónicas, entre
ellas: Realidad Literal, Axolotl, No-retornable, Destiempos, Silencios Literarios, y la revista Voces,
en sus dos versiones, papel y electrónica.
En la Revista Almiar puedes leer
sus relatos
La muchacha y
Pobre Molly.

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