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El día negado
Ángel Balzarino
Después de trasponer la puerta,
dio unos pasos por el comedor, en una especie de reconocimiento, de afanoso
intento por familiarizarse otra vez con todas esas cosas que durante dieciocho
años habían formado parte del afecto, los sueños, los juegos, pero que ahora, de
improviso, asumían el carácter de algo raro, casi desconocido.
—Está guardada en tu dormitorio —su madre tuvo la
virtud de presentir el motivo de la indecisión o búsqueda—. Nadie la tocó
mientras estuviste ausente.
Hizo un leve gesto a modo de agradecimiento. Imaginó el
celo y la dedicación de sus padres para mantener limpio, inmaculado, lejos de
manos extrañas, el instrumento que le habían regalado no sólo como premio por
las excelentes notas obtenidas en los estudios, sino también con el propósito de
estimularlo para perseverar en la vocación elegida desde muy chico. Tiene
condiciones de sobra. Llegará a ser un gran concertista. Palabras reiteradas que
constituían un modo de halago y empuje para alimentar sin pausa el recóndito
anhelo de convertirse en una figura relevante. Ser el centro de la atención.
Ocupar la primera plana de diarios y revistas, aparecer por televisión,
presentarse en las salas más importantes del mundo. Despertar envidia,
admiración, celos. Por eso, durante meses y años, desdeñando la compañía de
familiares y amigos, sin permitirse recreos que significaran distracción o
pérdida de tiempo, se concentró sólo en un aprendizaje férreo, obstinado, con la
pretensión de alcanzar un estado de seguridad y plenitud para el día en que,
desde un escenario, le tocara demostrar su capacidad.
No llegó ese día, sin embargo. No. Fue otra cosa lo que
estuvo obligado a realizar. Sin buscarla ni quererla. Bruscamente hecho trizas
los sueños y el cúmulo de proyectos y la libertad que deseaba conservar como uno
de los bienes más preciados. Entonces debió empuñar otro instrumento. Menos
agradable. Creado para provocar la muerte. La llegada de la citación escueta,
imperativa, no le dio la menor posibilidad de protesta. Debía cumplir lo
ordenado. Mansamente. Y al presentarse en el Regimiento de Infantería número
nueve, tuvo la revelación de la guerra inminente y escuchó las encendidas
arengas sobre la soberanía y el honor y la necesidad de luchar en defensa del
territorio nacional. Creyó quedar apresado en una maraña asfixiante. Sin tener
el recurso de un gesto negativo. Obedecer. Lo único. Dejando que los otros
impusieran las reglas. Y casi antes de comprenderlo, se encontró en un lugar
inhóspito, obligado a cavar trincheras y empuñar un fusil y disparar los
morteros, asediado por el frío implacable y la cercana presencia de la muerte en
los proyectiles arrojados en cada ataque de los aviones. Sintiéndose atrozmente
aislado. Sin defensa. Golpeado por todo aquello que le habían arrebatado: el
afecto de sus padres y amigos, los estudios, el deseo de cumplir la vocación
elegida. Y por eso, cada segundo que estaba allí, entre el fragor de la lucha y
la queja de los heridos y las órdenes secas y categóricas, le resultó
irremediablemente perdido para el logro de la meta anhelada. Sí. Tal vez lo
mejor sea abandonar para siempre la idea de dar un concierto, de revelar algún
día quién soy. Y la impotencia, el miedo, la progresiva desesperanza crecieron
no sólo por las noches, cuando el sueño quedaba relegado por la invasión de
escenas, hechos, rostros, que habían formado parte de su íntimo y pequeño mundo,
ya tan despiadadamente lejano, sino mucho más después de la explosión. Cuando
todo pareció quedar petrificado, destruido, sin ningún sentido para él.
—Vamos. Allí está. Tomala.
Estremecido por la súbita voz, tardó unos segundos en
tener noción de que estaba de nuevo en la casa, alejado del estruendo y el
horror de las contiendas, frente a su madre. Mecánicamente observó el sitio que
le indicaba. Sí. Como si me hubiera estado esperando. Pero no efectuó ningún
movimiento en respuesta a la invitación de ella, casi temeroso de aferrar el
querido instrumento como había deseado hacerlo tantas veces en las islas en vez
del fusil o la metralleta y, sobre todo después, aislado en la gélida pieza de
un hospital, mientras duraba la lenta recuperación. Lo único que podía otorgarle
sentido a la vida o, al menos, devolverle una cuota de fervor y esperanza. Pero
al observar el abultado vendaje que cubría sus manos, comprobaba que los
luminosos proyectos habían quedado sepultados en aquella tierra lejana. No. Ya
nada será igual. Ahora deberé acostumbrarme a vivir de otra forma. A pesar de la
actitud jubilosa de los médicos, las enfermeras, los amigos y, especialmente, de
su madre, empeñados en librarlo de cualquier vestigio de temor y zozobra sobre
el resultado de las incontables operaciones para quitar las esquirlas de la
granada. Como si hubiera ido a las islas de vacaciones. Sin correr ningún
peligro. Y ahora estoy herido por unas simples espinas. Rechazando el afanoso
intento de los otros por presentarle una realidad grávida de alentadoras
promesas, olvidados de que sólo él debía sufrirla en carne propia, sin
subterfugio ni ayuda.
Por fin, en un acto esforzado, cruzó el umbral.
Lentamente fue hasta la cómoda sobre la cual se encontraba la guitarra. Quedó
observándola, incrédulo todavía de tenerla al alcance de las manos después de
tantos meses. Y ese hecho lo sacudió. Implacable. Al comprobar que sus dedos
cortados, convertidos en muñones, jamás le permitirían tocar las cuerdas.
Y violentamente, mientras estallaba el grito histérico
de su madre, comenzó a golpearla contra la pared.
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Ángel Balzarino
nació en 1943 en Villa Trinidad (Provincia de Santa Fe- República Argentina). Desde 1956 reside en Rafaela (Prov. de Santa Fe - Rep. Argentina).
Ha publicado siete libros de cuentos: El hombre que tenía miedo (1974),
Albertina lo llama, señor Proust (1979),
La visita del general (1981), Las otras manos (1987), La casa y el exilio (1994),
Hombres y hazañas (1996) y Mariel entre nosotros (1998), y tres novelas:
Cenizas del roble (1985), Horizontes en el viento (1989), y
Territorio de sombras y esplendor (1997).
Varios de sus trabajos figuran en ediciones colectivas, entre otras: De orilla a orilla
(1972), Cuentistas provinciales (1977), 40 cuentos breves argentinos - Siglo XX
(1977), Antología literaria regional santafesina (1983), 39 cuentos argentinos de vanguardia (1985),
Nosotros contamos cuentos (1987), Santa Fe en la literatura
(1989), V Centenario del Descubrimiento de América (1992), Antología cultural del litoral argentino
(1995) y Palabrabierta (2000).
Su cuento Rosa ha sido incluido en Cuéntame: lecturas interactivas (1990) e integra
Avanzando: gramática española y lectura (3ª Edición, 1994, 4ª Edición, 1998), obras editadas en los Estados Unidos.
Otro cuento, Prueba de hombre, integra la antología Narradores Argentinos (1998), publicada por la
Revista Cultura de Veracruz, México.
El cuento «El acecho» fue incluido en el libro «Leer, especular, comunicar», editado en 2002 por Advance Materials, del Reino Unido.
Entre las numerosas distinciones por su actividad literaria se puede mencionar: «Premio Mateo Booz - 1968», Primer Premio «Ciudad de Santa Fe - 1970»,
Premio Nacional «ALPI - 1971», Premio «Jorge Luis Borges - 1976», Premio «Fondo Editorial años 1986-1995-1996» de la Municipalidad de Rafaela
y Faja de Honor 1996 y 1998 de la Asociación Santafesina de Escritores.
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FOTOGRAFÍA: Pedro García

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