VIOLENTO
TIGRE
TATUADO
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Víctor Asuaje
Suturado al borde de la tarde, volante giro de cuello la tarde, sanada herida en pleno crepúsculo como sana la almohada el sueño.
Una
cuadrícula de calles su camisa, y deambula un callejón por el cuello sin
salida, una entrada de aire permite la vida a la ventana de la manga. Un bar
tropieza ebrio cada botón, destapando el pecho sumiso a la tos; mientras,
acartonado el corazón, disimula una resaca de tambores.
Sobre
alguna acera, un abrelatas inicia la cena, palpable el desencanto cuando baja la
presión del gas en la botella.
Collage
de cometa, tardes encoladas rabiosamente a una cola
y una cabeza, tendidas por una cuerda a la brújula antigravitatoria de
la luna.
Una
perpendicular como si nada, un inexacto crucigrama
traba de golpe una relación a la vieja manera del cuadrilátero de
boxeo. Los desvencijados carteles trasladan poros al nuevo cartel,
que entre estrella y estrella señala un titán del ring, colocado la noche
anterior.
Las
máscaras celebran el tragicómico performance, las llaves detienen cada músculo,
un titánico esfuerzo por
sobrevivir a la vida de luchador; campanada.
Su
última máscara es una cometa, así su cara inclinada rastreará cada palmo de
tierra, y en un sortilegio de soles y huracanes su ojo dorado en la frente se
hará sol; se despide esta noche como luchador.
Recomienzan las visitas al gimnasio, guiadas por flexiones musculares embadurnadas de mentol chino y dibujos sobre el rostro con tétricas y explosivas pinturas para tela de combate. Geométrico el corte, sobre el andamio de los hombros, del pelo; una ligera separación de pieles: la verdadera cara y el violento tigre tatuado respiran por donde mismo.
Puede ser, inclusive, que todas las máscaras del circo formen una dolorosa pista de aterrizaje, y el transparente velo de la ira caiga paracaídas esquizofrénico.
Antes del combate le pide el anillo de bodas a su esposa colocándolo en su mano izquierda, se despide de sus hijos con señas de titiritero y deja un vaho de yodo y mercurocromo cuando besa.
Su capa ondea con glamour las puertas rojas y lilas de la vereda inclinada de los cerros, muestra orgulloso la conceptual cobra fosforescente que bordea el ombligo, desata una culebra del cuello para subir al taxi que lo espera vacío, hasta dejarlo en el antro mismo de peleas.
El espejo lo mira rodeado de bombillos, el horroroso tigre es una bengala de emociones que estalla en la tribuna.
Aunque la máscara tapa el rostro, él se maquilla, y sus colores son de la tarde selvática comiéndose una cataplasma de tubérculos, orquídeas verdes carcomen los labios, un tucán duerme en la nariz subiendo por la línea roja. Escucha merengue aunque recomienda a sus amigos los viejos blues en inglés.
En
éste su regreso, pierde el combate, a mitad era tan solo él. Usó llaves que
recuerdan mordidas de antropófago, jugadas prohibidas, el ojo del animal veía
con entusiasmo la venganza mientras lloraba la derrota por descalificación.
Contrariado, el público llora a carcajadas.
Monta
un sitio.
El
Tigre Bar lleva su nombre, decorado entre doce cuerdas, remedo de lona de circo
acolchada y vieja. La iluminación al centro, que parece arreglada para
transmisión de TV, inspira efímeras y emocionadas reseñas de diario de
provincia.
Contrata
poetas e intelectuales macilentos que deambulan por cantinas recitando versos en
sistema karaoke.
Hasta
que propuso actos de magia.
Esa
primera función era a manera de circo justo frente a la iglesia del pueblo, con
decorados coloniales y tejitas de restaurant criollo. Pidió muchos clavos y
bastante cuero negro.
Aquello metía miedo, pero la alegría del círculo de curiosos en la calle se detuvo; espantado, el invierno de clavos en el techo cayó como aguacero punzopenetrante. Hubo silencio, luego aplausos.
«El entierro se efectuará hoy, partiendo del gimnasio Blackpower, hasta la Iglesia de la Virgen del Pilar, dirigiéndose luego en desfile de máscaras hasta el cementerio municipal. Se ruega elevar cometas en el sitio y soltar culebras doradas que horaden la fosa. La Asociación de Lucha Libre ha participado la (penosa) desaparición de uno de sus miembros».
FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez ©
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