No quería que te fueras. Quedarme
solo en esta inmensa casa había dejado de estar en mis planes desde que tía
Luzma murió y llegaron los inquilinos para hacer un poco de bulla y acompañarme.
Hoy todo ha cambiado, ¿sabes? He estado rellenando el piso con el desmonte que
dejaron tirado los que vinieron a cambiar los tubos y ahora el techo está más
cerca de mi cabeza. Cambié la fila de esteras del callejón. Las he acomodado en
una nueva cocina donde no entra el frío. Anoche me quedé hasta muy tarde
forrando las paredes con plástico y cartones que me regaló Pampanito. Si vieras,
Alicia, ahora hay menos humedad. La casa está revuelta, sí, pero en unos días
terminaré con todo. He pensado, si tú quieres, cambiar los cables de tu cuarto y
poner un foco de veinticinco en la habitación del fondo, para poder escribir
hasta tarde.
Te cuento que en las mañanas, a la hora de rasurarme,
encuentro un libro de cuando en cuando en el barril de la ropa sucia. Han
aparecido cuatro en las últimas dos semanas y no tengo explicación. A veces me
asusta todo esto. Pienso que alguien entra mientras salgo y coloca novelas, que
aún no he leído, en el cilindro junto al corralito que era de los cuyes. Le he
preguntado a Pámpano si ha entrado pero se ha quedado igual de sorprendido.
Hicimos guardia una noche completa para ver lo que pasa, pero ese día nada
apareció. Ni ese día, ni el siguiente, ni la semana entera. Recién a los ocho
días volvió a aparecer otro libro. Pámpano dice que en ésta casa penan. Que tía
Luzma pena en el corral y que algo me quiere decir en las novelas, que debo
leerlas. Dice que si no es eso entonces debes ser tú. Que algo malo te ha pasado
y por eso no sabemos nada de ti. El muy idiota piensa que has muerto y que tu
alma regresa a casa con cada libro.
He tratado de hallarle una explicación al asunto. Le he
contado a Laura y lo ha tomado en broma. Dice que debo hacer de esto un cuento.
Incluso hasta me ha sugerido un final que no me ha hecho gracia. Alguien,
durante el día, debe de entrar. Después de todo la casa no es nada segura. Por
atrás, a través de la medianía, es fácil atravesar de un lado a otro. De la casa
de al lado, si alguien quisiera, podría pasarse a la nuestra; pero ¿para qué?,
¿para dejar libros que no he leído nunca, porque sí? En las noches es imposible,
pienso. Pini, la pobre, con el hambre que tiene y lo ruidoso de sus ladridos me
habría despertado. A veces hasta me dan ganas de dormir en el barril para acabar
con todo esto. Créeme, Alicia, no es nada grato lo que te cuento. Preocupan las
cosas que pasan en mis narices y yo sin darme cuenta. Y Pámpano ríe divertido
cuando le muestro un nuevo libro.
Estoy aterrado. Ya no duermo más en el catre azul de
tía Luzma. He retirado de la estera del comedor, la foto de los abuelos el día
que se casaron en La Carbonera y duermo con la bombilla encendida. Ayer, después
de arreglar las paredes, fui a casa de Pámpano a conversar y me quedé a dormir
en su mueble para no regresar a casa. No sé que voy a hacer. En Ramal Playa todo
me huele a tía Luzma y a ti.
El nuevo color de tinta y el papel cuadriculado que
adiciono, te dirán que continúo la carta otro día, en otra circunstancia. Hoy es
martes. Lo sé porque hoy vino el camión de la basura. ¡Por fin carajo, han sido
tres semanas! Ni me he percatado del calendario estos días que han pasado. Tú
sabes como soy cuando escribo: me encierro y me llega todo. Pámpano vino
temprano hoy, literalmente pateó la puerta y por eso sé que la basura llegó. Es
tan graciosa la coincidencia. Lo cierto es que no he estado escribiendo sino
revisando y leyendo los libros que “cayeron del cielo”. Me he dado cuenta que
ninguno de ellos tiene prólogo. ¿Recuerdas que hace tiempo, cuando íbamos a la
biblioteca municipal, arrancábamos los prólogos de las novelas que nos gustaban
y los llevábamos a casa? En algún lugar deben estar porque yo, en mis
archivadores de palanca, no los tengo. Tampoco creo que te los hayas llevado.
Buscaré en los costales de yute donde tía Luzma guardaba papeles viejos y el
título de propiedad de la casa. Sabes, tengo la impresión de que esos prólogos
le pertenecen a éstos libros.
Aquí me tienes de nuevo Licha, coneja. El espacio en
blanco que dejo sirve para diferenciar el nuevo día de los otros. Te escribo hoy
porque me siento solo, estoy triste y está lloviendo. Ayer se cumplió un mes
desde que salí de Ramal Playa, tres meses que no sé nada de ti, tu padre me
continúa regalando sonrisas burlonas en las calles del centro y te cuento que
igual, a pesar de haber cambiado de domicilio, me he seguido llenando de libros
viejos. También se han cumplido cinco meses de la desgracia del corral, ya ni
quisiera acordarme.
La cosa se ha vuelto insostenible de Ramal Playa a
Reubicación. La droga va y viene de esquina a esquina. Los asaltos ahora son
cosa de un parpadeo. Desde que volaron el puesto, los uniformados ni se acercan.
El otro día, ya en mi nueva dirección, cogí el diario y leí que un muchacho fue
muerto a golpes por una pandilla a espaldas del mercadito. ¿Su nombre? Mateo
Cuadros G., el Pámpano. No sabes la pena que me ha dado. Pobre Pámpano. El día
que me fui me ayudó a subir las cosas al camioncito, me ayudó a poner el
letrero. Lo voy a extrañar mucho.
Chimbote es una mierda, Alicia; no encuentro trabajo. A
veces creo que en buena hora te fuiste. A veces pienso que si he sido capaz de
dejarlo todo en Ramal Playa, también puedo largarme fuera. Si pudiera, si tan
solo pudiera...
Ayer, buscando en los costales del cuarto grande,
encontré los prólogos. Los he pegado con su correspondiente libro pero me han
sobrado cuatro. En estas semanas, seguro, deberán aparecer sus contrapartes. En
la tarde llevaré los libros a la biblioteca, voy a donarlos. Después iré a la
misa de nueve días de Pámpano. Luego no sé que haré. Tal vez me guarde a
transformar ésta carta en cuento, a escribirte algo, a dibujar también. Pensar
que no quería que te fueras, pensar que en casa de tía Luzma los inquilinos me
apestaban por la bulla que hacían, pensar que a veces las cosas no salen como
uno las piensa. Quizás ahora la vida si te sonría en algún lugar de la
Argentina, lejos de mí. Y yo que cambié los focos, que rellené el piso, que
abrigué la cocina y forré las esteras del callejón. Hasta parece risible ¿no? Un
día llegué a pensar que siempre estaríamos juntos, que no importaba la miseria
ni el apellido, que solo éramos tú y yo correteando alegres por la vida como
cuando éramos niños y jugábamos trepando a los árboles de la casa de los abuelos
en La Carbonera. Ahora todo es diferente. Ahora te has ido y pienso que es lo
mejor que ha podido pasar.
No olvides saludar a mamá, dile que la extraño. Dile
que todo está tranquilo por aquí, en mi nuevo domicilio. Cuéntale también de los
libros, de lo que pasa. Y no dejes de escribirme, ¿sí?, sabes que eres la única
persona en quien confío, lo único que tengo desde que mi padre murió, cuando
empezó todo esto entre nosotros y tía Luzma lo supo, cuando pensamos que el
mundo nos daría la espalda y fue necesario hacer ajustes, sacarla a ella del
medio a como diera lugar. Sabes que en el fondo, por encima de todo, eres mi
hermana.
Entonces nos estaremos viendo Licha. Más tarde pasaré
por la biblioteca y no olvidaré saludar a tu amiga de la recepción. ¿Sabes?, si
después de donar los libros, los «caídos del cielo» dejan de aparecer, he
pensado arrancar más prólogos y llevarlos a casa. Después de todo, con ésta
crisis y los libros caros, es la única manera que encuentro para seguir leyendo.