
Encuentro Casual
José Miguel Sanfeliú
Iba en mi coche
cuando vi a la chica que caminaba por la acera, morena, delgada, vestida con un
ajustado mono negro y calzando botas de media caña. Al adelantarla, me giré para
verle el rostro y éste me resultó familiar, así que realicé un breve repaso por
mi memoria, hasta que llegué a la conclusión de que aquella chica era una prima
mía, una prima con la que compartí felices días de infancia y a la que luego no
volví a ver, a veces suceden estas cosas en las familias, y aunque estuve a
punto de pasar de largo, decidí de pronto detenerme y ofrecerme a llevarla a su
casa y preguntarle qué había sido de su vida en todos estos años en los que no
nos habíamos visto. También a ella le costó reconocerme, pero por fin dijo que
me recordaba, lo dijo como despistada, y me dio dos besos sin tino y subió a mi
coche.
Me dijo que vivía sola, que buscaba trabajo y que le gustaba pintar, pero no me
contó mucho más, y su voz sonaba desvaída, como si se encontrase al borde del
bostezo. Nos llevábamos al menos siete años, así que yo guardaba más recuerdos
que ella sobre los veranos de infancia que compartimos, de modo que no tardé en
evocar aquellos tiempos y hablarle de cuando era niña, una niña tímida que
apenas hablaba con nadie y siempre iba pegada a las faldas de su madre. Y le
recordé que era un poco llorona, me reía al decir esto, y que me gustaba hacerla
rabiar cogiendo sus muñecas y escondiéndolas por cualquier parte.
—Sí quieres te la chupo por dos mil
—dijo de pronto.
Quedé mudo, sorprendido, se secó mi garganta, la miré de nuevo y me fijé en sus
ojos semi entornados, en su palidez extrema, su expresión abobada...
—Niña —fue lo único que atiné a decir—. ¿Qué es lo que te ha pasado?
Fotografía: Pedro M. Martínez
©2004 Todos los derechos reservados
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