
Mote
que
moteja,
siempre
huella
deja
por
Antonio García Francisco
«Voy
a
poner
un
cartel
en
la
esquina
que
diga:
por aquí pasó la hez, por aquí pasó la escoria».
«Voy
a
poner
un
cartel
en
la
puerta
que
diga:
Se
desbravan
potros».
Estas
eran
algunas
de
las
frases
que
don
Ángel
León,
nuestro
maestro,
mi
maestro
desde
los
7
años
hasta
los
14,
nos
repetía
tratando
de
inculcarnos
las
buenas
costumbres
de
no
pintarrajear
las
paredes
o
tratando
de
enseñarnos
buenos
modales.
Muchas
historias
y
vivencias
vienen
a
mi
mente
y
me
imagino
que
a
las
de
mis
antiguos
compañeros,
aunque
algunos
no
quieran
acordarse
de
aquella
época:
el
cuarto
de
los
abrigos
en
invierno
o
del
botijo
en
verano,
la
gran
ventana,
el
enorme
encerado,
cuando
escondíamos
“la
tizona”,
la
mesa
de
las
chicas,
las
«perrerías» que
le
hacíamos
al
gato...
Pero
hay
una
anécdota
que
cada
vez
que
la
cuento
nos
reímos
y
dicen
mi
esposa
y
mis
hijos
que
siempre,
siempre,
lo
hago
de
la
misma
manera.
Sucedió
en
invierno.
Una
compañera
se
quejó
a
don
Ángel
de
que
a
su
hermano
le
llamábamos
chorizo.
La
verdad
es
que
el
chaval
aquél
era
alto,
delgado
y
tenía
unos
rojos
carrillos
que
ese
día,
bien
fuera
por
su
naturaleza
tímida
o
por
el
calor
de
la
estufa
de
butano,
parecían
dos
tomates.
En
dos
palabras:
el
mote
le
venía
al
pelo.
La cuestión fue que don Ángel vio campo para darnos una lección de moral acerca de lo malo que era motejar. Hizo que un compañero, puede que Margarito, puede que Farol, buscara en uno de los diccionarios que allí había, la palabra chorizo.
—Chorizo: pedazo corto de tripa relleno de...
—No, ésa no. Sigue leyendo. A ver la segunda acepción.
—Ratero, descuidero,
ladronzuelo.
—Esa,
ésa
era
la
que
quería
yo.
¿Os
dais
cuenta
de
que...?
Y
comenzaba
lo
que
llamábamos
«la
charla»:
—¡Ah,
cuántas veces me acuerdo de aquellas charlas y las echo de menos en la juventud
actual! ¡Qué cosas! ¿Me estaré volviendo viejo?
Y
la
charla
duraba
y
duraba.
Por
fin,
cuando
estaba
terminando,
pronunció
la
frase
clave: «mote que moteja siempre huella deja».
Al
igual
que
a
Jesucristo
le
gustaban
las
parábolas,
a
él
le
gustaban
los
refranes.
En
la
habitación
hacía
calor.
Era
ya
la
hora
de
salir
y
todos
lo
presentíamos
porque
parecía
que
la
charla
se
acababa.
Al
fin
y
al
cabo,
ya
había
dado
la
moraleja:
«mote
que
moteja,
siempre
huella
deja».
Don
Ángel,
de
pie
delante
de
la
ventana,
parece
que
aún
hoy,
al
cabo
de
35
años,
lo
estoy
viendo,
se
dio
la
vuelta
y
la
abrió
de
par
en
par
para
ventilar
mientras
que
nos
instaba
a
no
utilizar
motes.
Eran
las
ocho
y
media
de
la
tarde,
ya
de
noche
y
hora
de
salir.
Definitivamente,
la
charla
estaba
prácticamente
acabada.
Y
entonces
sucedió.
Era
la
voz
de
Antonio.
Todos
la
conocimos.
En la calle estaban Antonio, César, Carlos, Arturo... No eran de nuestra escuela y debían de llevar rato esperando.
—¡Tío «sopla»,
deje salir a Ricardo «patas»!
—ni
qué
decir
tiene
que
allí
se
hizo
el
silencio
más
ensordecedor
que
he
escuchado
en
mi
vida.
Don Ángel se asomó a la ventana y oímos correr a los «insultones», como dijimos entre risas más tarde, ya en la calle.
—¡Sinvergüenzas! —gritó.
Y entonces, volvió a suceder. Ya no fue la voz de Antonio, ni la de César, Carlos, Arturo... No, ahora fue la voz de una mujer que pasaba por la calle, o probablemente una vecina:
—Don Ángel, es ese «bolli», el chico de ese «jorge» que es «tartaja».
Allí ya no hubo silencio. La carcajada fue unánime y estruendosa. Don Ángel, muy cómicamente serio, quizás aguantando la risa, se volvió a nosotros y dijo:
—Recoged y marcharos, que esto no hay quien lo arregle.
Y así pasó y así lo cuento, como dicen los periodistas, y hoy, al cabo de los años, aquel chico sigue siendo «el chorizo» y su hermana, por supuesto, desde aquel día fue «la choriza».
Como no podía ser de otro modo.
de nuestra revista Almiar.
FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez ©
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