La
guerra
comenzó
a
torcerse
para
mí
cuando
perdí
la
cuchara.
Fue,
no
recuerdo
cómo,
en
una
acción
de
combate,
en
un
salto
de
una
trinchera
a
la
siguiente.
Me
di
cuenta
de
la
calamidad
cuando,
hundidos
en
el
barro,
llegó
el
enlace
de
la
Intendencia
con
el
rancho.
Dispuse
mi
cazo
al
instante
pero
la
cuchara,
que
debía
ir
a
ella
prendida
con
un
garfio,
no
apareció,
por
más
que
registrara
la
mochila
y
rebuscara
en
los
bolsillos
de
mi
uniforme
y
me
agachara
incluso
a
manotear
el
suelo.
Un
sudor
frío
comenzó
a
cubrirme
de
los
pies
a
la
cabeza,
y
grité
con
voz
trémula,
urgente,
jadeante: —Sargento,
he
perdido
la
cuchara.
El
sargento
me
miró
un
instante
con
gesto
despectivo
antes
de
volcarse,
a
voraces
paletadas,
sobre
su
ración.
Tomé
el
cazo
entre
mis
manos
y,
arrimándomelo
a
la
boca,
procuré
tragar
su
contenido.
Pero
el
reborde
de
hojalata
no
me
permitía
hacer
buena
presa,
y
gran
parte
del
líquido
se
derramó,
por
ambos
lados
de
la
comisura,
sobre
mi
uniforme,
y
las
hebras
de
las
acelgas
quedaron
adheridas
a
mi
barbilla,
y
la
patata
hube
de
tomarla
al
fin
con
los
dedos,
todavía
cubiertos
de
barro
seco,
entre
los
cuales
mucha
se
desmenuzó.
Hasta
entonces
había
considerado
la
guerra
como
una
actividad
reglada,
muy
bien
organizada
a
fuerza
de
orden
y
disciplina,
en
donde
todos
los
movimientos
tenían
un
sentido
y
en
el
que
las
bajas,
incluso
la
mía,
eran
tristes
y
lamentables,
pero
necesarias
para
la
consecución
de
un
objetivo.
A
raíz
de
que
perdiera
la
cuchara
me
invadió
de
golpe
el
desamparo,
la
soledad,
el
miedo.
Me
convertí
en
un
soldado
asustadizo
que
abandonaba
la
trinchera
el
último
del
salto,
siempre
en
silencio,
y
me
entretenía
en
palpar
los
bolsillos
de
las
mochilas
de
los
muertos
hasta
que
el
sargento,
que
cerraba
el
ataque,
llegaba
y
unas
veces
a
punta
de
pie
y
otras
a
punta
de
pistola
me
hacía
seguir
avanzando.
Dejaron
de
interesarme
desde
entonces
las
noticias:
si
habíamos
tomado
o
no
Belleville,
si
se
nos
unían
o
se
nos
dejaban
de
unir
las
tropas
de
Rohan,
si
el
káiser
reventaba
o
se
mantenía
sin
reventar.
Cierta
mañana
me
sorprendió
el
sargento
mientras
reptaba
sigilosamente
por
el
suelo
de
la
trinchera,
dispuesto
a
alcanzar
la
impedimenta
de
unos
camaradas
dormidos,
y
jurando
estaba
que
me
iba
a
formar
un
consejo
de
guerra
cuando
le
interrumpieron
muchos
estallidos
de
cañón,
voces,
gritos,
alaridos
de
alegría.
La
guerra
había
concluido
y
el
sargento,
olvidando
su
filípica,
se
desentendió
de
mí
y
se
fue
a
abrazar
con
el
resto
de
oficiales.
Momento
que
yo
aproveché
para,
muy
disimuladamente,
sustraerle
del
bolsillo
trasero
de
su
pantalón
la
cuchara.