Ketty A. Lis

 

 

Fotografía: Pedro M. MartínezJaque

 

                                                                   A Enrique Puccia                                                                                                     

Todo es posible en mí

en ustedes también todo es posible

hasta ese plasma rumoroso de los dioses

entorno de un entorno circulando

en  las mañanas tormentosas aunque claras y en las noches

en  los atardeceres claros aunque negros y en las noches

en la habitación donde el final se ausenta

porque nunca hubo siquiera el amago de un principio.

No digan nada aunque haya mucho que decir

el sol tiene su propio negativo

ustedes y yo tenemos nuestro propio negativo

y es posible todo aquello que cabe en el dolor

en la estela azarosa de las lágrimas.

Es muda la presencia de esos príncipes de mantos sucios y raídos

apretando en el mínimo mundo personal

ahogando

jaqueando

según la orden que se arrastra en la pared de la pirámide.

El espejo y su marco alcanzan la lámpara de pie

él camina hacia mí y sin embargo

sigue incrustado como siempre en la pared.

Denso este día en su rutina danza

en su rutina retrocede

y en espiral avanza

¿a quiénes hablo sin usar la voz?

¿quiénes me hablan con mi propia voz?

Quizás algún día pueda sondear las grietas y seguramente

ha de haber una fisura de abertura estrecha

donde los límites no se ven porque no son fijos

donde la onda negativa no se escucha aunque pegue fuerte y duela.

Las piedras de los páramos no resignan su quietud

se desquitan a su modo y es el viento del oeste

quien las libera partícula a partícula.

Pero este tema de príncipes y dioses

se sabe es complejo

parece tratarse de un ejército invisible y no sé

a donde habrán partido las armas a mi alcance.

¿Amar lo pasajero? Nunca.

¿Podría volverme atrás ahora

que la masa de espíritus

dinámico y tenaz elemento de lo oscuro

parece aminorarse?

En algún momento yo también podré

en algún momento hacia mí vendré

y las certezas

(esto es cierto)

serán mis compañeras

aunque ahora la pesadez siga girando alrededor de la cabeza.

Abro un libro al azar

apenas si lo hojeo

ojos fuego

ojos miel

ojos que entran por la cerradura y se quedan

ojos cielo que no ven más que la tierra que lo encima.

 

 

En la casa no hay nadie más que yo
pero el silencio aturde.

 

 

 

 


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