N O
A B A O N
por
Carmen López
Noaba
sube, una vez más, los renegridos peldaños de la angosta escalera de caracol,
arriba, se percibe un resplandor de intenso azul.
Sube y sube, ahogándose en una atmósfera cargada de un irrespirable hedor de
humanidad hacinada y doliente.
Y la escalera no termina nunca.
La espiral se alarga, estirándose y, a cada paso, los escalones se vuelven más
altos, la zancada mayor aumenta el esfuerzo y la respiración se hace cada vez más
difícil.
De abajo, llegan rumores ahogados de voces irreconocibles, pero, arriba hay una
línea de claridad de un turquesa nítido.
Noaba percibe ahora que los escalones parecen inclinados de forma inverosímil,
son extremadamente blandos y se hunden con su peso, con lo que el avance resulta
prácticamente inexistente.
Y la escalera parece no terminar nunca.
Cuando trata de mirar hacia atrás se da cuenta de que ha dejado un dédalo de
imposibles perspectivas, como en un grabado de Escher, por el que circulan anónimos
seres asexuados y clónico con las miradas perdidas que se cruzan
interminablemente sin venir de ningún sitio ni llegar a ninguna parte.
Pero está el lamento, y Noaba lo sigue escuchando claramente, sin que parezca
salir de aquellos rostros inexpresivos y fríos.
Y está el olor, acre y espeso, pero helado y húmedo, olor de espacio
artificialmente refrigerado e inevitablemente estancado.
Noaba sigue con la mirada puesta en lo que imagina una atmósfera limpia y azul,
y su propio jadeo zumba en sus oídos, embotándole la cabeza.
Pero ha de escapar a toda costa de aquel espacio que ahora parece cerrarse a su
alrededor estrechándose cada vez más sobre sí mismo.
De pronto, hay un deslumbramiento cegador y la oscuridad se troca en blanco, un
blanco reverberante al sol del mediodía, en unos muros encalados e inmensamente
altos que forman un laberinto de ángulos perfectamente rectos que se cruzan
indefinidamente.
Arriba está el azul prístino, pero Noaba no puede saber que hay más allá de
aquellas pareces verticales y absolutamente blancas, sin rendijas, sin fisuras,
sin imperfecciones.
Y ahora es el silencio y la soledad total, y un asfixiante calor que parece
multiplicarse en los muros sin sombra.
Noaba quiere gritar y su grito se ahoga en un sollozo largo y sordo.
Se nota el cabello húmedo y pegajoso sobre la frente, abre los ojos y las
rendijas de la persiana dejando entrar la lechosa claridad de la mañana le
permiten reconocer los vulgares muebles de su habitación de siempre, la que
eligió la primera vez que llegó a aquel piso alquilado y compartido por otras
dos mujeres a las que casi nunca ve por incompatibilidad horaria en sus
trabajos.
De nuevo el sueño, y Noaba se levanta cansada, agobiada aún por las imágenes,
que se repiten últimamente con obsesiva persistencia casi cada noche.
La cocina está en desorden y sucia, quizás la gorda Rita, llegó tarde de los
almacenes y se dedicó a engullir restos de la nevera, porque hay varios platos
apilados en el fregadero y sobre el banco abundantes migajas y mendrugos
resecos.
A Noaba no le corresponde hoy el friegue, trata de encontrar una taza
razonablemente limpia y se prepara un café instantáneo con un chorro de leche
que al calentarse, hierve, rebosa del cazo y añade un reguero más a la
pringosa placa de la cocina y que Noaba no trata de enjugar.
Una ducha rápida con el agua tibia solamente porque Ina ha debido tener turno
de madrugada en el hospital y se habrá metido en el baño durante media hora
para relajarse antes de acostarse, y ha consumido casi toda el agua caliente del
termo.
Noaba sale a la calle, en un día gris y lluvioso de un prematuro invierno,
caminando automáticamente a la parada del autobús que llega con puntualidad y
que la traslada, junto a decenas de hombres y mujeres tan absortos como ella en
sus propios pensamientos, al edificio de la multinacional de productos químicos
donde trabaja.
Delante de la pantalla de su ordenador que muestra el programa estándar de la
empresa en el que introducirá, durante ocho horas, datos cuyo valor,
significado y sentido desconoce, trata de olvidar la angustia que todavía le
queda, impresa en su cerebro, a causa del sueño.
Corre
con sus largas y musculosas piernas por una carretera perfectamente recta, sabe
que ese es el camino, el trazado que debe seguir porque allá a los lejos, le
parece divisar la silueta de una ciudad. Pero, a pesar de sus potentes zancadas, la población parece alejarse cada vez más
y hacerse pequeña, hasta semejar un punto casi imperceptible.
A pesar de ello, Abaon sigue corriendo y corriendo.
A ambos lados de su camino se extiende un desierto paraje de tierra calcinada y
sin matojos, todo parece suspendido en el tiempo y no existe ni sol ni viento
por el que orientarse.
La luz es tan constante que es imposible que sea natural, sin embargo, reconoce
en sus pisadas la tierra bajo sus pies y sobre su cabeza el manto de un cielo de
un blanco grisáceo inmóvil que no
le permite calcular la hora del día.
Abaon trata de llegar a la urbe que sigue constante allí, en un horizonte que
parece inalcanzable.
De las desiertas calizas parten sonidos ancestrales que acompañan las rítmicas
pisadas de Abaon, como si desde siglos las voces de una tierra perdida, de una
raza extinguida surgieran para advertirle, para amenazarle, para perseguirle.
Pero Abaon corre hacia las construcciones de aquel fantasmal conjunto.
A su alrededor se extiende un perfume denso y caliente, de esencias aromáticas
fuertes, mezcla de hierbas que embotan la mente y aflojan los músculos, que
propician la desorientación y el olvido.
Abaon quiere evitar respirar estos efluvios adormecedores porque debe seguir
corriendo y se ahoga tratando de contener la respiración sin para de correr.
De pronto, un muro increíblemente blanco se
alza ante él. Arriba brilla e cielo absolutamente azul del medio día
que no proporciona sombra alguna cayendo a plomo sobre las paredes.
Ahora corre por el laberinto de rectángulos donde solo hay silencio y soledad.
El calor es más insoportable que durante su larga carrera, no hay puertas ni
ventanas, no hay troneras ni rendijas, no hay aleros ni porches, tan sólo hay
blanco y azul, y tras cada esquina un nuevo muro exactamente idéntico al
anterior.
Abaon grita y grita, y su grito se eleva hacia el cielo impertérrito y acaba en
el rugido de un fiero animal acorralado.
Unas manos morenas y anchas, ásperas y callosas le zarandean. Los
compañeros que duermen en el destartalado garaje se están despertando ya, y el
frío de la madrugada se cuela por las rendijas del portón.
Hay un rumor de sonidos biológicos de los diversos órganos del cuerpo que
comienzan a ponerse en marcha, alguien se levanta para ir a las letrinas, otros
se arrebujan un poco más en el catre y se arrollan con las mantas que un día
tuvieron hermosos colores étnicos.
En una cocinilla de butano azul, hierve el café y a su calor se aproximan las
manos oscuras y los corazones añorantes de un remedo de hogar. De una vieja
nevera que se tambalea en un rincón y parece colgada de un fino cable eléctrico
que llega hasta un enchufe curiosamente demasiado alto, otro ha sacado un brick
de leche que reparte entre los boles, jarras y tazones diversos que contienen ya
el café.
Se escucha el motor de un camión cada vez más próximo, los hombres abren el
portón, y la mañana no ha hecho más que arrancar con su blancuzca luz de un
invierno que acaba de empezar.
Van subiendo en silencio, acomodándose en sus lugares habituales a ambos lados
de la caja del vehículo que emprende de nuevo su marcha para recoger en otros
almacenes a otras cuadrillas de temporeros.
Después enfila hacia las afueras de la ciudad que va, perdiéndose poco a poco.
Ya ha amanecido del todo cuando descienden y se distribuyen a los largo de las
hileras de naranjos rebosantes de fruta dorada ligeramente cubierta de escarcha,
cada uno con su capazo de goma en una mano y su cizalla en la otra.
El verde y el oro de los naranjos en sazón, y la velocidad a la que debe
recolectar la fruta, hacen olvidar rápidamente a Abaon su sueño.
Noaba
está de nuevo ascendiendo sus escaleras, saliendo de su pozo de resentimientos,
envidias y culpa, tratando, una vez más de encontrar la luz. Intenta dejar atrás
aquellos sentimientos mezquinos y sucios que le han impedido encontrar un amor,
siquiera una amistad duradera y auténtica.
Sabe, por alguna intuición no consciente, que debe esforzarse por no quedar
atrapada en la espiral de angustia en que se ha convertido su vida, monótona y
gris, rutinaria y fría. Espera que algún día al llegar a la terraza de
pareces altísimas podrá contemplar la hermosa perspectiva que sin duda es la
vida, que debe encontrar esa visión capaz de hacerle sentir la belleza de lo
que le rodea y la calidez de las personas con las que comparte su vida.
Algún día charlará amigablemente con la gorda Rita que cuenta anécdotas
picantes de los Almacenes y se reirá con ella y también se
parará a escuchar la tensión acumulada por el dolor que absorbe cada día
Ina, al volver del Hospital y tratará de aliviarla. Y ella les hablará de su
Oficina y de sus compañeros a los que tampoco conoce demasiado.
Algún día...cuando pueda contemplar lo que hay más allá de los muros.
Abaon corre de nuevo, tratando de huir de la miseria y de la ignorancia,
tratando de llegar a la ciudad fantasma de su sueño, a la tierra de promisión
con la que alimentó sus proyectos al llegar. Y sabe que se ha de esforzar más,
que ha de aprender mejor la lengua de este nuevo país, que debe
aceptar las indicaciones de los muchachos de aquélla Organización que
les ofrecieron clases de alfabetización.
Sabe que no debe parapetarse tras la máscara de incomprensión que le aleja de
los otros más que los rasgos de su raza.
Algún día, cuando llegue a aquélla ciudad blanca las paredes tendrán puertas
y ventanas que se abrirán, y los labradores que trabajan día
a día a su lado le invitarán a compartir su comida y su familia.
Algún día... cuando encuentre las puertas y las ventanas.
Ahora
Noaba ha divisado tras una esquina la sombra de hombre oscuro y alto, ágil y
fuerte, que corre entre las paredes al igual que ella, quiere acercarse y camina
hacia él. Ahora Abaon ha visto a una mujer de cabellos rojizos que parece
desconcertada por las calles vacías y trata de encontrarla.
Noaba quiere refugiarse entre los enormes brazos de aquel hombre, su figura es
majestuosa envuelto en una túnica clara que a penas se distingue de las
paredes, pero su cabeza de oscuro cabello rizado y sus brazos morenos destacan
atrayéndola.
Abaon quiere acariciar la llama de los cabellos
de aquélla mujer, también vestida de blanco de la que percibe la
refulgente antorcha que le guía hacia ella.
Corren uno hacia otro, el viento parece ahora soplar por todas las esquinas
ondulando sus ropas de forma desorientadora,
se miran, se desean, se buscan, se cruzan sin verse, se alejan, se
vuelven, se atraen, se nombran sin saber sus nombres, se llaman sin nombrarse,
se gritan sus nombres, se funden con el blanco de las pareces.
Se despiertan.

Regresa
a su habitación más pronto cada vez, ni siquiera se detiene a recoger las
revistas que le guardan en el kiosco, ni a comprar un poco de fruta y queso para
la cena. No consulta la programación de la televisión para encenderla un rato
en su cuarto antes de acostarse, y arruga sin mirarlos los mensajillos que le dejan pegados en la nevera sus compañeras de piso con
las habituales indicaciones sobre tareas compartidas y averías a tener en
cuenta.
Solo quiere dormir y soñar, y encontrar en el sueño al hombre capaz de
elevarla por encima del muro para hacerle contemplar la vida.
Para dormir ha conseguido unas cuantas recetas, fue sencillo, el médico de la
empresa está harto de oír hablar de estrés a los empleados.
Noaba engulle las pastillas, se tiende en su cama y espera.
El
jergón está duro pero le vale, no quiere que sus compañeros
le interrumpan el sueño para oír en el
enorme transistor que alguien compró en el mercadillo a un compatriota
las músicas y las lenguas de sus países de origen. Quiere únicamente que el
camión llegue pronto a los campos y le devuelva al garaje apestoso y húmedo
para derrumbarse sobre su catre y dormir.
Quiere dormir y encontrar a la mujer del cabello de fuego que enciende al suyo,
tanto tiempo solitario y con la que se siente capaz de encontrar la puerta de un
hogar para los dos.
Ya se había dado cuenta por otros, de que el alcohol favorece el sueño. Ahora
sólo se acerca a la tienda de la esquina y se provee de varios briks de un vino
barato que araña la garganta pero
que, rápidamente le sume en el sopor, a pesar de las pullas de sus compañeros.
Abaon bebe y bebe hasta que cae dormido entre sus mantas.
El
sueño de la química y el alcohol era vívido al principio, rápidamente se
acababa la escalera de caracol y el
camino solitario, deprisa, deprisa, se llegaba al laberinto de calles blancas.
El cielo era cada vez más azul y el sol cada vez más brillante. Pero, una vez
allí, había como una neblina que desdibujaba los contornos y a Noaba se le
perdían cada vez con más frecuencia los oscuros rasgos de Abaon y
Abaon percibía cada vez menos brillante la cabellera de fuego de Noaba.
Todo quedaba envuelto en un denso y espeso manto que dificultaba su avance, que
se enredaba entre sus piernas y enlentecía su marcha, agobiándolos. Sus pies estaban lastrados y torpes, sus gargantas secas y sus
lenguas de trapo ya no podían siquiera gritar sus nombres.
Después, sus siluetas se desdibujaban hasta ser solo una sombra imposible de
reconocer que traspasaba los muros que seguían sin abrirse.
Al despertar solamente quedaba un sabor amargo en la boca, una ligera náusea,
un embotamiento de los sentidos y una aterradora soledad.
Ahora
Noaba había experimentado a ingerir los comprimidos con alcohol, daba igual la
bebida, que compraba en el bareto del barrio, donde nadie pregunta cuando una
mujer sola consume diariamente una botella de ginebra , de coñac, de güisqui o
de tequila.
En sus sueños casi nunca encontraba a Abaon pero no soportaba estar despierta y
seguía con la esperanza de hallarle.
Abaon
había descubierto que podía conseguir algunos Rohipnoles a través de un
camello de poca monta que, alguna
vez, se acercaba por el garaje donde algún compañero le trapicheaba costo. Le
costaba casi un día de paga pero con los briks de vino barato caía casi instantáneamente dormido. Ya no veía la deslumbrante antorcha de los cabellos
de Noaba, pero no quería permanecer despierto
y prefería esperarla en el sueño.
Fue
Noaba la que primero notó que las pareces blancas se derrumbaban cayendo a su
alrededor como fichas de dominó suavemente empujadas por un dedo fantástico,
la niebla seguía siendo densa y no podía avanzar. Permaneció inmóvil hasta
que frente a ella se perfiló
la negritud de Abaon. El derribaba esta vez los muros con sus fuertes brazos
avanzando en línea recta guiado por la llama ardiente que rodeaba la cabeza de
Noaba.
Se fundieron en un abrazo eterno.
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