MALENA

Recuerdo tus
labios
en el autobús
esta mañana,
lacerantes
exiguos entre
el rostro
labios rojos,
como pimientos
morrones
y una mirada.
Luz de la mañana
ternura.
Afrodita
en labios
de la
doncella, emperatriz
de su casa.
Y podía ver
en tus ojos
la tiranía de
un cabrón.
y podía ver
las lágrimas
y los suelos
fregados.
Pero te vi en
el autobús,
podías
haberte hecho
pasar por
cualquiera
y quizás
nadie lo hubiera notado.
Por mi extraña
condición
quizás fui yo
quien lo advirtió
y ardía en
deseos de decirte
lo mucho que
te hubiera gozado:
sobre la cama,
sobre el sofá
en la ventana
mientras arde
la tetera.
en el pasillo,
al ritmo de la lavadora.
Y podrías
haber sido una perfecta
amante
anfitriona, la dama de los
besos y la
aurora de los templos más doctos,
la virtuosa de
los esquemas sanguíneos
entrelazados,
mi amante más furtiva.
Pero, sin
decir nada,
te bajaste en
la próxima parada.
con la huida
de las curvas pensé
que ya no era
tan buen día para escribir poemas.
Así que yo
también me bajé
y anduve
vagueando por la ciudad
como un
desconocido
como un amante
sin dicha
como un
escritor sin carne
para el guiso
del poema.
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