
R
E
W
I
N
D
Daniel Cacciamani
Voy
a
contramano
de
la
historia
y
no
estoy
hablando
metafóricamente,
mi
futuro
está
donde
los
demás
tienen
sus
recuerdos
y
mi
pasado
donde
tienen
sus
esperanzas.
Retrocedo
en
una
vida
que
puede
ser
o
no
la
mía
dentro
de
un
cuerpo
que
puede
ser
o
no
el
mío.
Nací,
o
mejor
dicho,
mis
recuerdos
nacen
hace
más
o
menos
tres
años.
Era
una
fría
tarde
de
otoño.
Mi
cuerpo
destruido
tirado
en
el
pavimento
se
llenaba
lentamente
de
sangre,
los
órganos
volvían
a
sus
lugares
provocándome
un
dolor
espantoso,
fueron
escasos
segundos
de
sufrimiento
hasta
que
en
una
especie
de
explosión
todo
mi
cuerpo
se
reacomodó
y
una
fuerza
descomunal
me
llevó
hasta
el
borde
de
un
edificio
altísimo.
Parado
en
la
cornisa
tuve
dos
segundos
de
una
tranquilidad
infinita,
la
que
se
siente
cuando
algo
definitivamente
se
resuelve,
pero
al
instante
volvió
el
dolor,
esta
vez
no
del
cuerpo
sino
del
alma,
de
sentir
realmente
que
duele
la
vida.
Desde
abajo
varias
personas
me
gritaban
cosas
que
yo
no
comprendía
pero
de
a
poco
se
fueron
yendo
y
quedé
solo
con
mi
dolor.
Después
todo
fue
muy
rápido,
mi
cuerpo
se
lanzó
en
una
carrera
desesperada
retrocediendo
varios
pisos
por
las
escaleras,
entró
en
un
departamento
y
se
detuvo
frente
a
un
hombre
que
cubría
su
desnudez
con
una
almohada,
gesticulaba
mucho
y
se
notaba
que
quería
explicar
algo,
pero
él
no
me
importaba,
la
que
me
importaba
era
la
mujer
que
estaba
atrás,
la
que
lloraba
sentada
al
borde
de
la
cama
tapando
su
cuerpo
con
una
sábana.
No
me
dieron
tiempo
a
nada
porque
la
sábana
voló
por
el
aire,
la
mujer
se
acostó
de
espaldas
y
el
hombre
saltó
sobre
ella,
me
miraron
como
aterrados
por
un
segundo
y
empezaron
a
hacer
el
amor
de
una
forma,
a
mis
ojos,
repulsiva.
Yo
sentía
una
mezcla
atroz
de
asco,
odio,
impotencia,
decepción,
y
sobre
todo
dolor,
mucho
dolor.
Salí
lentamente
de
la
habitación
y
en
el
simple
acto
de
cerrar
la
puerta,
algo
se
quebró
dentro
de
mí,
ya
no
había
mas
dolor
sino
todo
lo
contrario,
me
sentía
feliz,
optimista,
esperanzado
y,
sobre
todas
las
cosas,
enamorado.
En
ese
momento
no
entendí
como
podía
ser
posible
un
cambio
tan
drástico
de
estado
de
ánimo,
pero
con
el
tiempo
fui
comprendiendo
mi
situación.
Soy
solo
una
conciencia
dentro
de
este
cuerpo,
soy
solo
pensamiento,
soy
un
espectador
de
su
historia,
pero
con
todos
los
sentidos,
siento
todo
lo
que
siente:
dolor,
olores,
sabores,
sonidos;
revivo
esta
historia
pero
sin
poder
modificarla
en
lo
más
mínimo,
no
controlo
los
movimientos
ni
las
acciones,
no
puedo
tomar
decisiones
y,
lo
que
es
peor,
no
controlo
mis
emociones.
Son
emociones
pasadas
que
tuvieron
sentido
en
algún
tiempo
pero
que
no
tienen
nada
que
ver
con
lo
que
pienso,
con
lo
que
veo,
con
lo
que
sé
ahora.
La
mujer,
por
ejemplo,
no
puedo
dejar
de
amarla.
Sé
(ahora
sé)
que
ella
es
la
causa
del
fin
de
mi
vida,
que
es
la
causa
de
un
dolor
tan
terrible
que
no
se
puede
describir
ni
imaginar,
pero
la
amo
y
me
siento
como
un
niño
cuando
estoy
con
ella
y
completamente
vacío
cuando
ella
no
está.
Lo
único
que
puedo
hacer
es
pensar
fríamente
que
no
es
lógico
amarla,
pero
nada
más,
quisiera,
aunque
más
no
sea,
dolerme
de
esta
situación.
Pero
no,
sólo
me
está
permitido
observar,
pensar
y
dejarme
llevar
por
estos
sentimientos
ilógicos.
Poco
me
costó
descubrir
que
ella
es
mi
esposa.
A
los
pocos
meses
de
convivencia
llegó
la
luna
de
miel.
Llegaron
los
amaneceres
plenos
de
vida
y
alegría
que
me
hacían
presagiar
noches
espléndidas
y
llegaron
también
esas
noches
en
las
que
ella
hacía
y
yo
deshacía
el
amor.
Extraña
forma
de
sentir,
despertar
en
un
abrazo
exhausto,
llegar
luego
al
climax,
un
espectacular
orgasmo
inverso
seguido
por
movimientos
frenéticos
y
desesperados
que
van
disminuyendo
su
intensidad
hasta
convertirse
en
suaves
caricias,
vestirse
mutuamente
y
terminar
con
besos
y
arrumacos
en
cada
esquina
del
camino.
Unos
días
después
llegó
mi
boda
y
con
ella
la
única
señal
que
dio
mi
esposa
de
que
algo
podía
estar
mal.
Todo
empezó
con
una
resaca
lamentable,
un
dolor
de
cabeza
y
un
malestar
que
indicaban
una
terrible
borrachera,
dormir
luego
vestido
en
el
baño
y
encontrarse
de
pronto
en
una
fiesta
pero
viendo
todo
doble,
borroso
y
sin
poder
coordinar
los
movimientos.
Ver
como
los
invitados
escupían
sus
bebidas
en
las
copas,
devolver
toda
clase
de
bebidas
sobre
toda
clase
de
copas.
Empezar
a
tomar
conciencia
y
ver
su
rostro
inexpresivo,
comprender
que
ella
no
está
disfrutando
esto
y
saber
que
lo
sé
y
que
por
eso
me
emborracho
de
esta
manera.
Después
una
sencilla
ceremonia
religiosa
en
la
que
ella
permaneció
sin
hacer
un
solo
gesto.
Siguieron,
por
supuesto,
los
preparativos
y
los
nervios
previos
a
la
boda.
Por
ese
tiempo,
comencé
a
comprender
las
cosas
que
me
decían
los
demás.
Si
es
difícil
comprender
palabras
dichas
al
revés
mucho
más
difícil
es
comprender
ideas:
chistes
que
empiezan
por
el
remate,
razonamientos
que
se
inician
en
la
conclusión
y
cosas
así.
Sin
embargo
poco
a
poco
fui
aprendiendo
y
llegué
a
saber
muchas
cosas
de
mi
vida.
Quizás
la
más
importante
es
que
conoceré
a
mi
madre
dentro
de
algunos
meses.
Lo
sé
porque
asistí
a
la
misa
por
el
aniversario
de
su
muerte.
Supe
allí
que
ella
murió
repentinamente,
sin
que
nadie
estuviera
preparado
o
se
imaginara
qué
pudiera
ocurrir.
Ahora
me
siento
tranquilo,
como
ya
resignado,
pero
sé
que
me
esperan
días
difíciles,
presiento
el
tremendo
dolor
que
me
causará
su
muerte...
Muchas
veces
este
que
soy
ha
pasado
largos
ratos
viendo
fotos
de
ella
en
estados
de
profunda
congoja.
Pero
sé
también
que,
después
de
ese
dolor,
disfrutaré
a
mi
madre
sin
ningún
presentimiento
y
sin
ningún
dolor.
Sé
que
viviré
hermosos
momentos
junto
a
ella
y
volveré
a
ser
niño
otra
vez...
En
realidad
no
sé
nada,
no
sé
hasta
cuando
durará
este
regreso.
En
estos
años,
en
los
que
no
hago
más
que
pensar,
se
me
han
ocurrido
millones
de
respuestas
para
explicar
esto
que
me
está
pasando
y
de
esos
millones
me
he
quedado
solamente
con
dos,
una
es
la
esperanza,
la
otra
es
el
temor.
La
esperanza
es
que
esta
sea
una
segunda
oportunidad,
la
esperanza
es
que
en
algún
momento
se
detenga
y
me
permita
cambiar
algo,
corregir
la
historia
para
evitar
el
suicidio.
El
temor
es
que
sea
un
castigo
por
el
propio
suicidio,
el
temor
es
que
esto
siga
y
siga...
y
yo
vuelva
efectivamente
a
ser
niño
y
siga
hasta
convertirme
en
bebé
y
siga
hasta
que
vuelva
a
entrar
en
el
vientre
de
mi
madre
y
siga
consumiéndome,
devolviéndole
su
alimento,
decreciendo
hasta
llegar
a
ser
un
solo
un
óvulo
fecundado
y
siga
hasta
que
óvulo
y
espermatozoide
se
separen
eliminando
para
siempre
cualquier
vestigio
de
mi
existencia.
El
temor
es
que
recién
allí
se
reinicien
los
motores
de
la
historia
y
que
ya
no
quede
nada
de
mí
como
entidad,
una
historia
en
la
que
yo
no
sea,
ni
haya
sido,
ni
tenga
posibilidades
de
ser
jamás.
Es
curioso
pensar
en
la
posibilidad
de
ser
absolutamente
eliminado
para
toda
la
eternidad
y
sentirse
al
mismo
tiempo
el
hombre
más
feliz
del
mundo.
Ocurre
que
ahora
estoy
paseando
con
ella
por
el
parque
de
diversiones
y
no
puedo
estar
más
contento,
no
puedo
evitar
una
sonrisa
que
parece
que
fuera
a
partirme
los
labios,
no
ha
existido
jamás
un
hombre
tan
enamorado.
Nos
divertimos
como
nunca,
corremos
de
aquí
para
allá,
subimos
a
todos
los
juegos
mecánicos,
tiramos
al
blanco,
nos
sacamos
fotos.
Hay
un
estado
de
euforia
que
seguramente
ha
sido
causado
por
algún
acontecimiento
especial
y
quiero
saber
de
qué
se
trata.
Un
beso,
o
mejor
dicho,
“el”
beso
me
da
la
pauta
de
que
el
acontecimiento
que
espero
está
por
suceder.
Retrocedemos
unos
pasos
y
nos
sentamos
frente
a
una
gitana
gorda
que
tira
las
cartas.
Por
la
forma
en
que
nos
abrazamos
supongo
que
la
gitana
nos
ha
obsequiado
pronósticos
hermosos.
Mi
mujer
me
besa
y
la
gitana
dice
que
nuestros
hijos
nos
darán
veintisiete
nietos.
¡Si
supieras
gitana
cuán
equivocada
estás!
Ella
me
vuelve
a
besar
y
la
gitana
nos
habla
de
las
bodas
de
nuestros
hijos.
Ay,
Gitana
no
poder
hacerte
ver
el
futuro,
el
verdadero
futuro
que
no
tiene
nada
que
ver
con
esta
visión
llena
de
flores
que
vos
nos
ofrecés.
Otro
beso
y
la
gitana
esta
vez
nos
habla
de
años
de
trabajo
y
esfuerzo
que
van
a
concluir
en
la
compra
de
la
casa
en
la
que
viviremos
el
resto
de
nuestras
vidas.
Y
yo,
gitana,
ni
siquiera
puedo
odiarte
porque
me
están
vedadas
las
emociones,
ni
siquiera
puedo
indignarme
ante
tus
mentiras.
¡Casa!,
¡Resto
de
nuestras
vidas!.
Mentiras
aberrantes
que
decís
para
que
te
paguemos
más,
no
es
así,
no
va
a
ser
así,
vos
no
lo
sabés,
pero
yo
sí
lo
sé.
Un
beso
más
y
la
gitana
nos
anuncia
que
tendremos
cuatro
hijos
(dos
y
dos)
y
que
serán
hermosos
y
educados.
Ay, gitana, ¡cómo me gustaría odiarte! Yo antes de tener ningún hijo voy a terminar desparramado en el asfalto porque esta hija de puta me va a engañar con un pelotudo, con cara de pelotudo, con cuerpo de pelotudo y voz de pelotudo...
Otro
beso
y
la
gitana
nos
promete
una
larga
vida
de
felicidad.
Muchos
años
de
amor
y
de
alegría.
¡No
poder
odiarte!
¡Gitana
hija
de
mil
putas!
Esta
hija
de
puta
puede
llegar
a
vivir
muchos
años
de
felicidad
con
el
pelotudo,
lo
que
es
yo
termino
embarrando
el
asfalto
con
las
tripas.
Ella
me
da
el
último
beso.
La
gitana
nos
dice
que
solo
de
vernos
se
da
cuenta
de
que
somos
una
pareja
hermosa
y
que
ella
puede
ver
que
vamos
a
ser
muy
felices
los
dos.
¡GITANA
DE
MIERDA!
Sólo
cuando
salimos
me
doy
cuenta
de
la
bronca
que
tengo
y
es
bronca
mía,
mía
de
mi
cabeza,
no
de
mi
cuerpo
que
sigue
sonriendo
como
un
infeliz
enamorado,
yo
(YO)
tengo
muchísima
bronca
y
no
escucho
lo
que
ella
me
dice
frente
a
la
gitana
pero
la
veo
detenerse,
todo
se
detiene
incluso
mi
cuerpo,
es
como
si
el
tiempo
estuviera
detenido.
Entonces
¡sucede!
Todo
arranca
de
nuevo
en
la
dirección
correcta.
Frente
a
la
gitana,
ella
me
dice:
“¿Querés
que
nos
adivinen
el
futuro?”
Mi
cuerpo
no
dice
nada,
ni
se
mueve,
entonces
lo
descubro.
¡Yo
lo
muevo,
yo
lo
domino,
yo
vuelvo
a
ser
yo!
No
digo
una
palabra
pero
avanzo
y
nos
sentamos
frente
a
la
gitana
que
comienza
su
rutina:
“¡Qué
hermosa
pareja!
Sólo
de
verlos
me
doy
cuenta.
Puedo
ver
que
van
a
ser
muy
felices
los
dos.”
Mi
esposa
me
besa
y
yo
la
beso,
pero
para
mí
ya
no
significa
amor
eterno
sino
despedida.
La
gitana sigue con la suya: “Van a vivir muchos años de f...”
Yo me levanto y le pego una trompada, ¡que trompada! Toda la bronca acumulada se concentra en ese golpe... La gitana vuela casi dos metros para atrás. De algún lado salen cuatro o cinco gitanas más que empiezan a golpearme. Llegan dos policías que me agarran y me llevan hacia el patrullero yo no forcejeo, me dejo llevar, mientras las gitanas siguen golpeándome, de a ratos puedo verla a ella que me mira sin entender nada, yo creo que mi rostro lo dice todo, la paz que hay en mi rostro indica claramente que ahora todo es como debe ser.
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