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Sonata arrebatada
Elena Barinaga
Hay personas que no sólo tienen
pánico a demostrar sus emociones, sino que se escandalizan sinceramente de sí
mismas por sentirlas siquiera. Estas personas observan los sentimientos y las
pasiones ajenas desde la distancia, permitiéndose a lo sumo una indulgente
piedad por actos y expresiones que en el fondo consideran indignos y
vergonzantes, propios de naturalezas impulsivas, deficientemente cultivadas. A
pesar de seguir estrictamente la norma de evitar toda situación donde es normal
enfrentarse a la expresión de afectos y tribulaciones, cuando por circunstancias
excepcionales se ven obligados a asistir a algún episodio de carácter dramático,
reaccionan como si se tratara de una catástrofe natural, es decir, intentando
que las consecuencias les afecten lo menos posible. El señor Patson era una de
estas personas.
Entrado ya en la cincuentena, con una sólida fortuna,
vivía en su mansión de Elm Park Gardens, rodeado de sirvientes con los que
apenas trataba a no ser a través de su mayordomo, James, que dirigía la
organización doméstica desde antes de que el señor Patson naciera. Desde aquella
época servía también en la casa la señora Bridgman, la charlatana y alegre
cocinera que tan agradable le había resultado siempre a su madre. El señor
Patson recordaba su desamparo en las largas veladas invernales que pasaban
juntas en la cocina, comentando las interminables historias de la gran familia
de la empleada, sobrinas que se casaban, que se separaban, que ingresaban en
conventos, hermanas viudas necesitadas y familiares políticos desalmados. Como
su madre entendía que no eran conversaciones para mantener delante de un crío,
le tenía prohibida la entrada, y no siendo que lograra esconderse a tiempo para
quedarse con ellas, era obligado a vagar sólo por la casa tan molesto como
asustado. No obstante, en recuerdo de su madre, y en honor del aprecio que ella
tenía a la cocinera, el señor Patson la conservaba a su servicio a pesar de la
viva antipatía que le inspiraba. Procuraba tratar con ella lo mínimo posible,
pero a diario se veía obligado a soportar sus amabilidades y los consejos cuasi
maternales que le propinaba sin la menor consideración. El señor había fracasado
con ella en el intento de «ponerla en su sitio» cuando faltó su madre y ésa era
la única sombra en su luminoso y plácido retiro hogareño.
Podría decirse que el señor Patson se dedicaba en
exclusiva a la música, y aunque él jamás lo hubiera admitido, sentía verdadera
pasión por ella. Siempre que tenía ocasión se explayaba refrendando las teorías
estéticas de Schopenhauer, que en su juventud había defendido desde las páginas
de las publicaciones especializadas con severo desdén hacia sus antagonistas.
«La música es la expresión pura del alma humana», decía con altivez, «y como
ésta, es pura matemática». Aunque seguía colaborando ocasionalmente en las
revistas musicales y asistía con regularidad a todos los conciertos y veladas de
cierta relevancia que se celebraban en Londres, con la edad había perdido
interés por la polémica, que consideraba una actividad inútil. Ahora sólo se
dedicaba a disfrutar escuchándola y a componer un poquito a escondidas. Desde
muy joven había recibido una excelente educación musical y había llegado a ser
un pianista correcto, sobrado de técnica pero falto de emoción. Lo contrario que
su madre, que aunque técnicamente no llegaba a la altura de un concertista,
compensaba esa carencia con una ejecución de un cálido sentimiento que nunca
dejaba de conmover. Desde el fallecimiento de ella, el señor Patson nunca había
vuelto a abrir el magnífico piano de su madre a otras manos que no fueran las
propias.
Así vivía el señor Patson hasta que en el mes de abril
la vida le proporcionó la posibilidad de cambiarlo todo. La señora Bridgman se
había levando la primera como era su costumbre y se dirigía a la cocina con la
única idea de poner agua a hervir y hacerse un té antes de emprender las labores
de su jornada. No había podido dormir bien. Las alarmantes noticias de la última
carta de Eleanor, la más joven de sus sobrinas, la habían trastornado hasta el
punto de robarle el sueño. La pobre huérfana, contaba el acoso al que se
encontraba sometida por el señor viudo de la casa donde se había colocado de
institutriz. Eleanor había nacido inesperadamente doce años después que el
último de sus hermanos, cuando ya sus padres no esperaban más descendencia. Pero
no había sido esto lo único inesperado en la niña. Era guapa, realmente guapa,
como no lo eran ni el matrimonio ni ninguno de sus hermanos, como si la
naturaleza para ella se hubiera entretenido en escoger lo que debía heredar de
cada uno de sus ancestros para hacer la mejor mezcla posible. Tenía el pelo de
su abuela, espeso y brillante, graciosamente ondulado, la piel de la madre,
suave y cremosa, de un preciso tono marfileño (el único rasgo bonito de la buena
mujer), tenía la nariz del padre, el esbelto talle de su tía Angélica, las manos
de su abuelo materno, el corte de cara de su tío Greg y así todo. El resultado
no podía haber sido más feliz. Siempre había recibido los cuidados más
exquisitos y cariño a raudales, ya que si para sus padres era un orgullo
semejante belleza de hija, para sus hermanos era ni más ni menos que un hermoso
juguete. Gracias a Dios, tantos mimos no la habían echado completamente a
perder, pero sí le había forjado un carácter alegre y despreocupado y una gran
confianza en que la vida sólo podía traerle cosas buenas. En contra de lo que
habían hecho por los demás, sus padres permitieron que Eleanor estudiara y
gastaron más dinero del que realmente podían dedicar a ello, en procurarle una
educación de verdadera señorita, gracias a la cual, había tenido la posibilidad
de colocarse de institutriz para ganarse la vida ahora que sus padres habían
fallecido.
Cuando la señora Bridgman tenía ya una taza de la
reconstituyente infusión entre las manos y trataba de calmarse asegurándose a sí
misma que las noticias serían hoy mejores, sonaron unos suaves golpes en la
puerta del servicio. La cocinera se sobresaltó al escucharlos y se sobresaltó
más al abrir la puerta y encontrarse cara a cara con su sobrina en un estado
realmente lamentable. Eleanor se echó a sus brazos llorando amarga y
convulsivamente y no pudo decir palabra. Usando de sus cada vez más menguadas
fuerzas, la cocinera ayudó a pasar a su sobrina, la acomodó en el banco al lado
del fogón, y la obligó a tomar una taza de té. Poco a poco la muchacha se hizo
de nuevo dueña de sí misma, y entonces, con mucho llanto y mucho sufrimiento
contó a su tía que la noche anterior, cuando terminaba de dormir a los niños en
la casa donde trabajaba, se había encontrado al señor esperándola en su propia
alcoba y había tenido que huir sin recoger ninguna de sus pertenencias. Toda la
noche la había pasado caminando sola por la ciudad hasta dar con la casa donde
servía su tía, único refugio posible en semejante situación. La señora Bridgman,
conmovida y asustada, fue inmediatamente a despertar al mayordomo para pedirle
ayuda y consejo. El bueno de James, con quien le unía la amistad de muchos años
de trabajo en común, se había comportado a la altura de las circunstancias,
proponiendo que Eleanor, —la señorita Dellgrove, como él la llamaba—, se
instalara bajo su responsabilidad en la mansión, y disponiendo que se hiciera lo
necesario para denunciar al malhechor y recuperar las pertenencias de la joven y
los honorarios que le fueran debidos.
Así transcurrieron bastantes días. La fuerza de la
juventud se impuso sobre las penalidades y Eleanor, antes incluso de tener
noticias ciertas sobre la demanda interpuesta, ya había recuperado el ánimo
jovial que la caracterizaba. Sin ninguna experiencia trataba de ayudar a su tía
en sus cometidos, pero era rechazada por ésta entre risas y carantoñas. El resto
del servicio la consideraba una invitada del mayordomo, la trataban con cortesía
y deferencia, y tampoco consentían en darle ocupación ninguna. Por tanto Eleanor
a veces se aburría un poco y aprovechaba las salidas del señor de la casa para
ejercitarse en el piano, instrumento que tocaba deliciosamente y que
precisamente por ello, la hacía disfrutar sobremanera.
Una mañana, del encantador mes de abril, el señor pidió
su bastón y su sombrero para salir y ella se deslizó en el salón y se sentó al
piano como empezaba a hacerse costumbre. Se sentía pletórica con los rayos del
sol jugueteando en la brillante tapa del piano y el olor de las frescas flores
que la doncella había cortado al amanecer. Comenzó a interpretar la sonata
Waldstein de Beethoven despacio y tranquila, y al atacar el rondó del tercer
movimiento, tras el precioso adagio de introducción, las notas saltaron como
chispas de luz que sus dedos arrancaban al marfil haciéndola reír abiertamente
de satisfacción, todo su cuerpo vibrando con la caja del valiosísimo piano. La
música extendía por toda la casa noticia de su felicidad y llenaba las estancias
de color y alegría.
El señor Patson, que se había demorado en su gabinete
respondiendo una correspondencia urgente, se vio sorprendido por la irrupción de
la melodía que llegó hasta sus oídos iluminando su sobrio rincón de trabajo y
arrastrándolo a un penoso estado de encantamiento y confusión. Como un sonámbulo
se levantó y se dirigió al salón, en busca de la fuente de la que manaba ese
maravilloso sonido. Las notas, como manos misteriosas tiraban de él y lo
conducían, incapaz de pensar. Cuando traspasó silenciosamente la puerta, se
encontró con el espectáculo de una joven hechiceramente bella entregada
totalmente a la música, doblada sobre el piano acompañando las notas con los
movimientos de su cabeza y su cuerpo, envuelta en una mágica atmósfera de
placer. Su grácil figura se recortaba sobre el ventanal del florido jardín, y
esa figura casi sobrenatural, y la risa que se le escapaba a la joven al lograr
los más difíciles acordes, adornadas por la exquisita música, casi consiguieron
privarle del sentido.
De repente, todo se vino abajo. La fascinante joven
dejó de tocar, se levantó totalmente ruborizada y empezó a balbucear disculpas.
Todavía sin acabar de comprender la situación, el señor Patson hizo ademán de
retirarse y vio con horror cómo la joven se le echaba encima y le agarraba del
brazo pidiendo disculpas por algo que él no conseguía entender. Finalmente logró
recuperarse lo suficiente como para preguntarle quién era ella y qué hacía allí.
Eleanor intentó explicárselo, pero de forma tan aturrullada y con un apocamiento
tal, que era imposible comprenderla. La joven se dio por vencida y pidió al
señor que llamara a James y a su tía para que explicaran la situación, cosa que
ella se veía incapaz de hacer.
Cuando el señor de la casa tuvo información completa sobre quién era Eleanor y
cuáles eran los motivos por los que le estaba dando alojamiento sin saberlo,
decidió salir a su paseo sin más demora. Dejó a todos en la casa pesarosos,
porque aunque había dado formalmente su consentimiento tanto para que la joven
siguiera viviendo bajo su techo, como para que tocara el piano cuando lo
deseara, la forma en que se había producido el encuentro era para todos
embarazosa y estaban un poco avergonzados.
A la hora del almuerzo el señor Patson se presentó como
siempre, y no dio muestra ninguna de acordarse del episodio que había tenido
lugar por la mañana. Pero no era así. Desde el mismo momento en que salió de la
casa había aguantado los deseos de volver y de pedir a la señorita Dellgrove que
tocara para él. No había podido concentrarse en ninguna de sus actividades
cotidianas y se sentía invadido por la extraña sensación de que no podría parar
hasta no escuchar de nuevo la sonata Waldstein interpretada por ella. Mientras
le servían la comida, los atentos ojos de la señora Bridgman no consiguieron
observar en él más que una leve palidez. El resto del día para el servicio
transcurrió con normalidad, salvo que el señor no volvió a salir de la casa en
contra de lo que era habitual. Para él, fue un día largo e ingrato, en el que
luchó como nunca contra sí mismo, contra una especie de revolución en su
naturaleza que le pedía buscar a la señorita Dellgrove y rogarla que tocara de
nuevo. Quería verla, quería escuchar su risa de nuevo y quería sentir el mismo
placer que había sentido aquella mañana antes de que su curiosidad e imprudencia
la hubieran interrumpido.
La velada en la cocina, sin embargo, fue muy animada.
Eleanor pedía una y otra vez a su tía que le contara cosas del señor y las
historias de la cocinera habían encandilado también a la doncella, a la pinche y
a las lavanderas, todas ellas muchachas jóvenes y bastantes nuevas en la casa.
Con su habitual espontaneidad, Eleanor decía encontrar muy atractivo al señor
Patson y muy interesante todo lo que tenía que ver con su persona. El resto de
las muchachas, más comedidas, lo único que hacían era asentir y disfrutar de la
lengua vivaz y bonachona de la cocinera, que inventaba recuerdos para ellas
cuando su memoria no le proveía de anécdotas suficientes.
Al día siguiente, Eleanor esperaba en vano que saliera
el señor para ponerse a tocar y el señor no salía esperando en vano que ella
tocara, y así se les fueron las horas. Por la tarde, cuando la señora Bridgman
le servía el té, el señor preguntó por su sobrina y por las razones por las que
no hubiera tocado en todo el día. Lo hizo como si no fuera más que por mera
cortesía, pero un ligero temblor en la voz estuvo a punto de descubrirle ante
los ojos de la despierta señora Bridgman y lo que es peor, ante los suyos
propios. Se le informó de que no tocaba el piano por no molestarle, y que, en
adelante, como medida de precaución, la señorita esperaría a cerciorarse de que
el señor se había ausentado para hacerlo. El señor Patson se sintió perdido,
incapaz de rogar a la buena mujer que su sobrina tocara de nuevo ante él ni de
reconocer lo que esta cuestión le estaba alterando. En cuanto se encontró a
solas de nuevo, tuvo que levantarse del cómodo sillón y dar unos cortos paseos
por la estancia para calmar los nervios. Él se engañaba a sí mismo diciendo que
la falta de ejercicio, al no haber salido en todo el día le proporcionaba ese
exceso de vitalidad. Pero de nuevo no era así. El pobre señor Patson estaba
inquieto, molesto y angustiado por la renuncia a escuchar de nuevo a Eleanor que
su flaqueza y su indeseable sentido de la corrección le imponían. Otra vez esa
pequeña revolución en su naturaleza que le sacaba de sus casillas y por la que
sentía un profundo rechazo. «No es más que música, ¡por Dios! ¿a qué tanta
zozobra?» —se decía a sí mismo un poco
indignado. Sin embargo, en cuanto se callaba o detenía un instante una parte de
su interior le susurraba que además de la música era la misma señorita Dellgrove
la que le producía esta exaltación y entonces volvía a pasear discurseándose a
sí mismo y tratando en vano de calmar su inflamación.
Toda esa tarde y esa noche, las pasó el señor Patson
razonando consigo mismo sobre su estado de ánimo y tomando mentalmente las
medidas apropiadas para volver a la normalidad y sofocar su frenesí. Lo
consiguió indudablemente durante unas horas, pero cuando a la mañana siguiente
salía de la casa hacia sus obligaciones, la enajenación que le rondaba se
apoderó completamente de él al cruzar un pensamiento su mente: «Si me escondo en
el jardín, debajo de los ventanales del salón, volveré a oírla tocar con toda
tranquilidad». No se paró a más reflexiones, ni desperdició el tiempo en
consideraciones de otro tipo. Sencillamente salió del camino y se escondió entre
los macizos de flores. Tanta audacia tuvo inmediata recompensa, ya que nada más
instalarse comenzó a escuchar el inspiradísimo concierto que Eleanor le regaló
sin saberlo. El señor Patson cerró los ojos e inmediatamente su memoria comenzó
a proveerle de imágenes fantásticas de belleza que lo exaltaban y provocaban,
soliviantándolo hasta el punto de perder toda noción de la realidad.
La señora Bridgman observó con desagrado cómo el indómito cachorro de los
vecinos había vuelto a saltar la cerca y zascandileaba por los macizos de flores
y los arbustos del jardín. Ella pensaba que después de los gritos que le dio la
última vez no se atrevería de nuevo, pero allí estaban claramente moviéndose las
ramas del más bonito de todos, el que daba justamente debajo de las ventanas del
salón. Dispuesta a que el animalito aprendiera de una vez, y ahora a golpes, si
era necesario, enrolló un periódico viejo y salió a su encuentro sigilosamente,
con el fin de sorprenderle y así asustarle más cuando recibiera el sonoro
papirotazo. Al llegar a su destino, con el amenazante brazo armado en alto, la
señora Bridgman no pudo reprimir un grito al ver que el merodeador no era otro
que el mismísimo señor Patson. Este no advirtió su presencia hasta ese momento,
ya que en su arrebato, tenía los ojos cerrados y su ser entero volcado hacia el
interior donde la música y los recuerdos le estaban proporcionando unos de los
mejores ratos de su vida. Se miraron ambos con verdadero espanto y retrocedieron
como si se hubieran encontrado al mismísimo diablo. Se separaron sin darse
explicaciones, sin haber recuperado la facultad del habla ninguno de los dos. La
señora Bridgman a la cocina y el señor a su club, donde tenía la posibilidad de
esconderse del mundo, aunque fatalmente no de sí mismo.
Mandó recado a la casa de que no se le esperara hasta
nueva orden y se instaló en una de las más discretas habitaciones. Allí purgó su
rapto de humanidad, se martirizó con el sentido del ridículo y se mortificó por
su debilidad hasta la extenuación. No se perdonó nada en aquella habitación al
abrigo de cualquier contacto con el mundo. Mordió la almohada de rabia y lloró,
incluso lloró de vergüenza y arrepentimiento por haberse dejado arrastrar al
desvarío y la locura. Tres días le llevó esta «cura». Perdió peso y color, pero
se hizo fuerte y recobró la capacidad de controlar sus actos, todos y cada uno
de sus actos. Llegó un momento en que se dio cuenta de que seguir
reconcomiéndose no tenía sentido y pudo afrontar la vuelta al hogar.
Allí mientras tanto, la señora Bridgman casi se vuelve
loca de preocupación. No se atrevía a compartir con nadie su secreto porque se
culpaba de la ausencia del señor y temía las consecuencias. Era tan insólito lo
que había pasado, que no encontraba modo de explicárselo, y eso era algo que no
solía pasarle a la avispada señora Bridgman. Su sobrina le preguntaba sin parar
y al tercer día logró vencer su resistencia y le arrancó el relato de lo que
había pasado en el jardín. Eleanor, al conocer la historia se puso muy contenta,
regocijándose ante la idea de que el señor Patson apreciara tanto su música y la
respetara tanto como para escucharla tocar a escondidas. Estaba tan acostumbrada
a provocar reacciones de ese tipo, que identificó la pasión que había despertado
en él sin ninguna dificultad y le divirtió enormemente la poquedad del dueño de
la casa. Tomó por timidez la causa del comportamiento de su anfitrión sin darse
cuenta de que era su espíritu autárquico el que le impelía a obrar así. Ella,
que había sentido una cierta y lógica atracción por su protector, dio rienda
suelta a sus ilusiones, y se las prometió muy felices homenajeándole con alguna
de sus interpretaciones más logradas, hasta conseguir vencer la timidez que les
separaba.
Con un montón de sensatas decisiones ya tomadas, el
señor Patson volvió a su casa y llamó a James para interesarse por la marcha de
los asuntos de la señorita Dellgrove. Una vez que el mayordomo le comunicó que
era cuestión de poco tiempo el que la señorita recibiera sus pertenencias, junto
con sus honorarios y una reparación económica que la permitiría vivir
holgadamente por su cuenta un tiempo hasta encontrar otra ocupación, se
tranquilizó aún más y pidió a James con discreción que acelerara, tanto como lo
permitiera el debido decoro, la salida de la señorita de la casa.
Con estas disposiciones, el «asunto Dellgrove» estaba a
su entender completamente zanjado. Pero esta vez tampoco era así. Eleanor, en
cuanto tuvo noticia de su regreso, no vivió más que para el momento en que
pudiera ofrecer al señor Patson su más entregada interpretación de la sonata
Waldstein y homenajearle así por su hospitalidad a la vez que lograba un
acercamiento que daba por seguro y muy recomendable.
El dueño de la casa, como decimos estaba tranquilo al saber que no se vería de
nuevo expuesto a tempestades emocionales, ya que no pensaba ver nunca más a la
señorita Dellgrove y estaba seguro de que ésta tocaría más hasta asegurarse de
su ausencia. Con estas premisas básicas de seguridad, reemprendió su vida normal
con satisfacción y con un cierto orgullo, ya que si bien había sido puesto a
prueba, también es verdad que la prueba había sido superada convenientemente.
Orientada por su tía, Eleanor había elegido el domingo
como el día más indicado para obsequiar al señor Patson con su sugestivo
concierto. Era éste un día en que el señor salía sólo para asistir a los oficios
religiosos, dedicando la mayor parte de la jornada a la lectura. Cenaba más
temprano de lo normal y se retiraba dejando que la servidumbre disfrutara de
unas horas de ocio. Tan considerada rutina le colocó como un blanco fácil para
las pretensiones de la cocinera y su sobrina. Ésta última, se pasó la tarde
acicalándose y repasando mentalmente la partitura. Cuando ya había anochecido se
sentó al piano, habiendo dejado abiertas de par en par las dobles puertas del
salón para asegurar lo más posible que la pieza volara sin dificultad hasta su
destinatario. La sonata arrancó sosegada, como siempre, pero en el tercer
movimiento cobró un ritmo y una fuerza majestuosos y su modulación se apoderó
del ambiente de la casa, estremeciéndolo con violencia inusitada. Los acordes se
sucedían llenos de ardor y entusiasmo, las melodías se cruzaban una y otra vez
empeñadas en una armonía clamorosa que iba creciendo incalmable y apasionada.
Oyéndola, la señora Bridgman lloraba conmovida en su
cocina y el señor Patson se helaba en su gabinete. Más cálido, más enconado y
febril le llegaba el sonido del piano, más frío se iba quedando el hombre,
consternado por la turbadora ejecución de la pieza, pero indignado por la falta
de nobleza de la joven, que no se sentía obligada a cumplir su palabra. Esperó
que Eleanor terminara alimentando su enojo con pensamientos que lo protegían de
la música y le hacían ver lo intolerable que era que su voluntad no fuera
respetada en su propia casa. Inmediatamente que se hizo de nuevo el silencio, el
señor Patson llamó a James y le pidió que de su parte diera orden a la señorita
Dellgrove de que se abstuviera de tocar el piano mientras él estuviera en la
casa, tal como había prometido. De lo contrario, se vería obligado a negarle su
amparo y echarla a la calle. Tan disgustado estaba que lo hubiera hecho en ese
mismo instante de no ser por su condición de caballero y por un prurito de su
amor propio que le pedía que enfrentara la situación en lugar de huir de ella.
La señorita Dellgrove recibió atónita estas
instrucciones. En cuanto salió de su asombro se debatió entre sentirse ofendida
o halagada por ellas, pero su talante optimista e inconstante, decidió que
seguramente era demasiado buena para él, un hombre tan mayor y tan extraño y
—ella sí—,
zanjó definitivamente la cuestión. Pocos días más tarde salió de la casa después
de una fría despedida con el dueño de la casa que no consintió en recibir su
agradecimiento sino delante de su tía, y se marchó sin darse cuenta de que desde
la ventana de su gabinete el señor Patson la seguía con la mirada, sintiéndose
incomprensiblemente compungido.
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Sonata arrebatada recibió el 2º PREMIO del
I Certamen de
Cuentos ALMIAR (2001)

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