
El tonto
José Soria
Su andar es cansino, y su espalda, algo curvada, sostiene la gavilla de
cebada que encamina a su ara.
Su mirada perdida a escasos metros de sus pies se agosta en
el recuerdo, y se llena su cabeza con los gritos, con sus propios gritos
mezclados con los de los demás chiquillos, mientras truenan los cohetes que
anuncian el comienzo de las fiestas en honor del santo patrono. Entre tanto, a
lo lejos, y seguramente en la plaza, como en su recuerdo, se oyen los estallidos
asordinados por la distancia de los cohetes que hoy anuncian el comienzo de las
fiestas.
No vuelve la espalda.
Ni el chirriar de las cigarras, ni el zumbido constante de
los tábanos y moscardas lo detraen de su pensamiento.
Cada arruga de su curtida cara habla de una alegría, y de una
zozobra, o de una pena, o de un arrebatado deseo, o de una plegaria, un rezo
para conseguir algo que es a veces conseguido y a veces, casi siempre, denegado.
El camino está plagado de lastras que tiene que soslayar con
su carga.
No es la primera vez que realiza este recorrido, ni será la
última si Dios así se lo permite, y sus fuerzas.
Tiene esa edad indefinida que da el campo agreste y hostil, y
el sol que lo rodea, esa edad en que se cruzan los recuerdos, y el presente, y
los deseos, y el sol.
Se ha parado en la cima del promontorio, donde se bifurca la
senda. Es su lugar de descanso.
Desde que murió Torda, siempre descansa en el mismo lugar y
se desprende un momento de su carga para liar un cigarrillo mezcla de cuarterón
verde y cuarterón rojo.
Y cada vez que realiza este acto tiene un recuerdo de claro
amor hacia su mula, que hasta su muerte fue su compañera de trabajo, su
confidente.
Un día, y como este, de calor y de sol, y este en su cenit,
Torda, cargada con tres gavillas como la que hoy descansa en la lastra que
divide los caminos a la espera de que se consuman las hebras mal cortadas de
tabaco, al llegar al promontorio, resbaló en la lisa piedra y se partió una
pata.
Y de aquella cara curtida, y de aquella rudeza, brotó una
lágrima, y con cuanto amor la despojó de su carga, y como se sentó a su lado y
poniendo la cabeza de Torda en sus piernas comenzó a acariciarla y a contarle
como él mismo ayudó a su madre, una burra que vivía en el barrio del Castillo, a
traerla al mundo.
Le contó cuantas fueron las risas con sus primeros intentos
de ponerse de pié, y como se le torcían las patas.
Le contó como después de verla nacer no pudo dejar de sonreír
cada vez que se acordaba de ella. Y como convenció a su mujer para comprarla,
hablándole del dinero que podría ganar al transportar más carga de una vez.
…«Pero, ¿como la vas a pagar si no tenemos una perrilla?»
Y él siempre le contestaba que se levantaría más temprano
para poder trabajar más horas y de alguna manera la pagaría.
«Además, Anica, la de la posada, necesita a alguien que le
lave la ropa de cama y los manteles esos que pone en las mesas, y lo podrías
hacer tú”».
Le habló de su niñez triscando en los abalatados campos, y de
como saltaba de una parata a otra persiguiendo un tábano, o aquella libélula en
la Bancada de los Juncos.
Siguió hablándole hasta que los recuerdos se encontraron y le
contó los suyos propios.
Hasta que se fue Lorenzo y un manto de penumbra y de fresco
preparaba el tiempo de Catalina y de mil estrellas que los acompañarán en su
dificultosa vuelta a casa.
«Ya no podrás ayudarme hasta que te pongas buena» y le frota
la pata torcida mientras a Torda le tiemblan los belfos de dolor.
«Seguro que serán dos o tres días» y le rasca detrás de la
oreja, como siempre que quería agradecerle algo.
«Venga Torda, tienes que ser valiente para volver a casa».
«Acuérdate cuando me caí por el risco de José de Amo y me
partí una pierna, y si no llega a ser por ti me quedo allí para no contarlo» …y
suavemente retira la cabeza de sus piernas, y se levanta, y suavemente tira del
ronzal, y ella se mal levanta, y emprenden el camino de vuelta ya sazonado por
los olores de la noche y del lugar, o del lugar de noche, o los olores del día
mojados por la fresca brisa que baja de dos hermanas y de la Chanata, y allí, en
el promontorio, se quedan las gavillas, rubias, y los arreos de Torda.
«Ya vendré mañana a recogerlos…» —pensó.
Y de como al cabo de los días, Torda, no encuentra sosiego y,
triste, canta todo el día su desesperanza.
Y como al final tuvo que traer al médico para que la curara,
y el médico le habló de gangrena y de podredumbre y de sufrimiento.
Y como la tuvo que matar de un certero disparo en la cabeza
mientras lo miraba sin comprender, o comprendiendo y dándole las gracias
mezcladas con un último adiós.
Terminó el cigarrillo y miró hacia el este, allá, más allá
del pequeño valle, donde la carretera sesga la falda de las montañas, esas
montañas donde comenzó, y desde pequeño, a perder visión con la recogida del
esparto que al terminar el día vendería por unas monedas en La Romanilla, en las
Casas Nuevas, donde pesaban el esfuerzo de todo el día agachándose y robándole
el esparto al monte en lucha con alacranes y tarántulas y bichas, donde cada
semana venía un camión a recoger el sudor de todo un pueblo.
Él siempre le llevaba a su padre, ciego y postrado de la
reuma en una silla a la puerta del muladar, un manojo de esparto que majaba con
agua y rodillo y que su padre, con sus diestras manos, y sin necesidad de sus
ojos muertos, lo transformaba en pleita que su mujer convertiría en espuertas y
capazos, y en seras que más tarde vendería a Luis el molinero, y en hondas que
repartiría entre la chiquillada que iba a verle.
Ya de vuelta, y desde el recodo de Las Troneras, divisó a lo
lejos, nunca se le pareció tan lejos, y tan tarde, luces sobre piedra, el
campanario de la iglesia, y sobre él pequeños destellos que iluminan
momentáneamente la nada.
«Uno… dos… tres…»
Contaba mentalmente como le había enseñado, hace muchas
noches, don Juan el cura para calcular la distancia de la tormenta en invierno.
Y miró hacia el oeste, y su mirada asciende por la falda del
Cerro de la Matanza hasta la boca de la Cueva de los Moros, donde, de niño, y en
manada, iluminados por manchos, se dejaban tragar por aquella boca negra y fría
repleta de tesoros y de sorpresas, y de risas, y de miedos.
Mira hacia uno y otro lado al final de los caminos que se
abren en y griega. No cambia su rictus, pero sus ojos se hunden más y más
en su misterio.
Mira la gavilla, que tendida a sus pies espera sin
comprender, y sacando la petaca que guarda la mezcla, se sienta junto a la
gavilla y lía un cigarrillo, y lo prende, y apoya los brazos en las dobladas
rodillas, y queda su mirada fija en la tela de araña que une dos ramas de un
cardo y se abisma en su mundo de sombras y suspiros.
…Cómo se fue apagando poco a poco. Primero dejó de lavar la
ropa de Anica que tuvo que buscar de prisa y corriendo a Lola la del panadero
para estos menesteres. Después dejó de trabajar en el pequeño huerto, despensa
de su sustento. Más tarde se negó a levantarse y a comer, y cuando acudió el
médico le habló de tristeza, y de enfermedad, y de depresión, y de sufrimiento,
y de muerte, y le manda unas pastillas y un jarabe.
Cómo se acordó de Torda y como la echó de menos.
Cómo se sentó en la cama y le puso la cabeza sobre sus
piernas y le acarició la cana cabeza y le habló de cuanto dinero iba a ganar.
«No te mueras y me levantaré más temprano y trabajaré más y
te compraré la casa de la ladera que tanto te gusta y no tendrás que trabajar».
Y le iba a comprar cortinas con manzanas pintadas y macetas y
flores y…
«No me dejes solo. No sabría que hacer…»
Y ella se iba poco a poco, huyendo de su nostalgia y de su
realidad.
«Para quién voy a trabajar ahora?»
Y ella terminó su viaje mientras él le acariciaba la cabeza.
…Y cómo corrió la noticia por el pueblo…
«¡ Se ha muerto la mujer del tonto!»
Terminó su segundo cigarrillo, lo tiró a su vera, lo apagó
con su gastada albarca. Se levantó y miró de nuevo al este. Allá, más allá del
pequeño valle, donde la carretera sesga la falda de la montaña, y le pareció ver
la figura de un coche que se dirigía al pueblo: «Serán los músicos» piensa,
mientras se ve entre muchos, y el los murillos, esperando con la ilusión de sus
pocos años la llegada de la pasajera que trae a los músicos que amenizarán las
fiestas.
Cómo comienza a andar hacia el Este, y sin bajar la cabeza, y
cómo al llegar al filo del barranco no se detiene, y cómo cae rebotando como una
vieja pelota entre las agudas rocas tiñendo de rojo la tarde.
La noticia la llevarían al pueblo los pastores de Don Julián:
«El tonto sa matao. Sa caío por el Barranco del Caballar».
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FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez Corada y Juanjo
Barinaga
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