
Debo decirte adiós
Raúl Roldán García
Debo decirte
adiós. El camino me aleja de ti pero, antes de que me pierda en la
distancia, debo mirarte otra vez: sólo una vez más; la última.
Estás allí erguida, más hermosa que nunca, y un frío
desgarrador atraviesa mis entrañas porque sé que no te has engalanado de esa
manera para mi, sino para ese otro que ahora ocupa tu corazón.
Fuiste mi patria, mi destino; fuiste mi morada y lecho. En
ti nací y en ti siempre creí que moriría. Crecí tan apegado a ti que llevo tu
aroma en mi piel y me pregunto: ¿hasta cuando perdurará en ella? Tu aliento,
céfiro suave llegado del mar, es el resuello de mis pulmones, y ahora que me
consume el ahogo me digo: ¿Que viento los llenará a partir de este momento? Tu
voz ha sido el suave arrullo que cerraba mi día y el dulce acento que iniciaba
mi mañana, y ahora, que desconozco donde pasaré mis noches, quiero saber: ¿habrá
otra apacible canción que me acerque los sueños?
Me siento desnudo sin ti. Me siento nada.
Muerto voy a vivir; muerto porque la vida queda ahí
contigo. Me siento como una rama que es mecida por el viento del infortunio y la
inclemencia del destino, pero que la bonanza deja inerte, fláccida, derrotada.
Y esa vitalidad que te dejo, ese impulso que siempre has
puesto en mi cuerpo, ¿has de dárselo ahora a ese otro que llama a tu puerta? Le
siento olisquear buscando en los despojos de mi alma para ver si puede
arrebatarme el último hálito de vida, como si el almíbar de tus besos no fuera
aún suficiente trofeo para su aplastante victoria.
Él separa nuestras vidas y creo escuchar en tu adiós un
reproche. ¿Qué podía hacer yo? Él es poderoso e implacable, y su deseo de
poseerte es tan fuerte que siempre he temido que con su odio por mí nos
destruyera a los dos. Podría haberme quedado, haber alzado la cara y haber
esperado que cayera el golpe, pero de nada hubiera servido. ¿Morir juntos por
nuestro amor, dices? Que tontería. Yo ya estoy muerto y el camino me lleva a mi
propio sepelio, pero no podía dejar que la hermosura que encierras se perdiera
en un árido sacrificio. Prefiero que vivas en los brazos de otro a que mueras en
mi regazo. Tenía que salvarte aún a costa de parecer un cobarde.
¿Cobarde? ¿Puede ser cobarde aquel que elige el destino
más doloroso? ¿No es acaso valor dar la espalda a aquello que te ha dado el ser
y ha sido tu existencia?
Viviré lo poco que me queda sumido en mis recuerdos. Mi
existencia será un eterno volver los ojos, como ahora los vuelvo para mirarte
por última vez, para ver si allá, en el pasado, encuentro el alivio que el
presente no tendrá, y que el futuro jamás podrá prestarme.
Y tú, ¿qué será de ti? ¿Habrá en esa nueva vida tuya
momentos en que tu mente evoque el amor que te di? ¿O bien te entregarás a tu
nuevo amante y la pasión borrará las lágrimas y llenará los vacíos? No, no
respondas, no quiero saberlo.
Ahora que llega el final siento que hay muchas cosas que
nunca te dije, y que el momento de decírtelas ya ha pasado. Tal ve me obcequé en
quererte. Tal vez pensé que darte todo el cariño que se atesoraba en mi pecho
era lo único que necesitabas, sin comprender, ciego de amor, que en ocasiones
eran otras las cosas que tú demandabas. Tal vez el placer de amarte me hizo
egoísta, y no supe escuchar tus anhelos. Estaba seguro de hacer lo correcto,
porque tal vez nunca pensé que llegaría el día en que tuviera que tomar el
camino que me aleja de ti.
Y sé que sólo hay una cosa que podrá hacer más llevadera
la agonía de mi futura existencia: que tú, en este postrer momento en que se
cruzan nuestras miradas, me dijeras que has sido feliz a mi lado. Si eso fuera
cierto, si fuera verdad..., podría levantarme cada mañana con un rayo de sol en
la profunda tiniebla que será ahora mi corazón, y merecería la pena haber
nacido, haber crecido, haber existido todos estos años a tu lado.
Ahora el tiempo se ha terminado, escurriéndose entre mis
dedos como granos de arena que no puedo detener. Debo volver los ojos al camino,
apartarlos de ti y no retornarlos nunca más.
Mis entrañas se resquebrajan de dolor. Agua helada corre
por mis venas y detiene el pulso de mis latidos. Mi mente se transforma en un
oscuro torrente de atormentadas imágenes que surcan los recovecos de mi cabeza y
encuentran la salida allá en los ojos, y se vierten por mi rostro anegando la
mueca de dolor y rabia. Mi cuerpo quiere desfallecer, quiere caer aquí mismo, y
no volver a levantarse nunca más, pues le falta la energía, el ánimo, la
ilusión.
Debo seguir, pues ese es mi destino: continuar lejos de
ti, lejos de aquello que amo, lejos de todo cuanto fui.
Allá quedas, pues, sobre la marca del horizonte. Tu hermosura siempre
estará aquí, pues forma parte de este lugar. Siempre iluminarás con tus
destellos la grandeza de estas sierras, el sosiego de estos campos, el reposo de
estos ríos. Nada de eso existiría sin ti, pues eres la fuente que riega la vida
de todos ellos. Las sierras siempre serán altivas y orgullosas; los campos,
verdes, floridos y generosos; los ríos, raudos, alegres y cantarines. Porque
todos ellos te tendrán para que les des el alimento que necesitan. Yo, lejos de
ti me ajaré y marchitaré como una flor que de nada se sustenta.
Granada.
Mi reina, mi señora, mi esposa.
Y yo, Boabdil, que un día
fui tu rey, altivo, orgulloso, arrogante, hoy como un vagabundo marcho de ti a
morir en tierra extraña.
Debo decirte adiós, aunque se me parta el alma.
_____________________
RAÚL ROLDÁN es el coordinador
de la sección de relatos de la Revista Almiar / Margen Cero.
(Este relato se publicó en el libro «Cuentos de El Comercial», Madrid 2002)
FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez
Otros relatos del autor, en Margen Cero: «La mar tenebrosa»; «El jardín de la
luz de la noche» y «Los durmientes» (pulsa
aquí para leer...)
© 2002

LITERATURA
l
ARTE l
FOTOGRAFÍA l
REPORTAJES