
La
alcoba
ALT126
La
luz, color naranja, de la farola se filtraba desde la calle a través de los
cristales mojados. Las sombras de las gotas moteaban las desnudas y sucias
paredes de la pequeña alcoba. El vaho, que el calor del pequeño cuerpo que allí
habitaba, apenas producía, se adhería a los cristales dificultando aún mas la
lectura de tan apasionante libro. Las manos temblorosas, enfundadas en los
viejos guantes marrones, mutilados por el ansia incontenible de sus roedores
vecinos, únicamente se movían para pasar las delicadas hojas o para retirar
algún inoportuno mechón de su desgreñado cabello que se entrometía en la
lectura. Acuclillada sobre el viejo colchón, que un día encontró flotando en
el sucio río que fluía detrás del edificio y que con gran esfuerzo subió
hasta el suelo donde ahora estaba, pasaba las horas. Una hoja, otra, otra... Podía
seguir leyendo toda la noche, la compañía eléctrica ya no podía quitarle la
luz que pagaba el ayuntamiento y además el libro era suyo; podía jurarlo. Se
lo habían dado, no sabia quién, pero se lo habían dado. Seguro que había sido
alguien amable, con muy buen gusto y tímido. Sí, muy tímido porque de no haber
sido así se lo hubiera entregado personalmente en lugar de dejarlo en el suelo
frente a su puerta.
Era apasionante (sí, el libro) cientos, miles, millones de
personajes perfectamente ordenados, cada uno en su lugar y no en otro,
conectados entre sí en una trama casi imposible hoy en día: la vida.
Lo que no le gustaba eran todos aquellos números. No le
gustaban las matemáticas, quizá porque no se las habían enseñado. Nunca tuvo
la oportunidad de ir a la escuela como los demás. Nació en la calle y allí
había vivido hasta ahora. Si sabia leer era gracias al abuelo. Bueno, al menos
siempre lo había llamado así, desde que lo vio por primera vez sentado en una
fría galería atestada de gente, refugiado de la lluvia, hasta que una noche se
durmió en el frío parque y no despertó. Durante todo el tiempo que vivieron
juntos, él le enseñó las letras del abecedario y cómo se leían cada una de
ellas en los carteles de la calle, en los letreros de los autobuses o en los
periódicos que hacían las veces de mullidas mantas. Pero nunca le enseñó
nada sobre números; decía que únicamente eran útiles para quienes tenían
dinero y ellos... Por esto le resultaba tan interesante su lectura: todos los
personajes al lado de cuyos nombres había tantos números debían de ser muy
ricos. Estaba segura de que tenían grandes casas, coches, montones de juguetes
y piscina; seguro que tenían piscina.
La noche seguía su curso, salvo por los ronquidos esporádicos
que atravesaban la delgada tarima, o por el rugir de algún coche que pasaba
veloz por a carretera, el silencio era continuo. Nada, salvo sus manos que
continuaban pasando las hojas, se movía en la habitación. Una, otra, otra...
Lo que no acababa de comprender era el título; tan frío tan
árido, tan..., tan..., escueto, dos palabras que apenas si tenían sentido. No
entendía cómo alguien podía haber dado a tan apasionante libro, el titulado de
Guía Telefónica. Era un título horrible.
____________________
ALT126
es el seudónimo del autor Marcos Feijoo (http://marcosfeijoo.blogspot.com/)
FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez
© 2002

LITERATURA
l
ARTE l
FOTOGRAFÍA l
REPORTAJES