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Con
un pie sobre el siguiente escalón, Larry se detuvo y hecho un ultimo vistazo
por encima del hombro. Por un momento, estuvo seguro que vería el movimiento
fugaz de unas manos, justo antes de aferrarlo con fuerza y arrastrarlo a la
oscuridad. Pero no hubo mano, ni fuerza que lo arrastrase, solo el silencio y la
penumbra de los últimos doce pisos que había subido.
Desde
abajo, llego con claridad el sonido de una puerta al cerrarse, y tras el, de
nuevo, volvieron las risas y los gritos de los niños..., niños jugando,
riendo, llamándolo por su nombre en algún lugar de allí abajo.
—¡Largaos
de aquí, hijos de puta! ¡Dejadme en paz...!
Aferrado con fuerza a
la barandilla que habría de conducirlo a casa, tomó una nueva bocanada de
aire, e impulsó su cuerpo sobre el pie que había en el escalón superior. La
punta de un zapato del numero cuarenta y dos, quedó dibujada con sangre sobre
este, después de que el pie perdiera su apoyo, lanzando a Larry contra los
escalones. Apenas tuvo tiempo de extender los brazos, cuando sintió que algo le
golpeaba en la boca, hundiéndose en la carne de los labios cerrados. Un
chillido apagado se deslizo por su garganta, y de su boca cayo un grueso hilo de
saliva, sangre y la mayor parte de sus dientes delanteros.
Su
voz, extendiéndose sin frenos a través de la oscuridad, le hizo comprender lo
que estaba a punto de ocurrir. ¿De que le serviría gritar en aquel lugar?
Estaba solo. Nadie iba a escuchar su grito, nadie saldría en su ayuda. Se había
perdido en el bosque, y solo los lobos le hacían compañía.
De
nuevo, escucho aquellas voces, las risas y su nombre. Los lobos, decididos por
fin a atacar a su presa. Casi sin pensarlo, comenzó a subir a gatas los
escalones que le quedaban.
La
sirena de una ambulancia sonó desde algún lugar cercano, en el mismo instante
en que Larry alcanzaba el final de las escaleras. Se detuvo un instante,
desconcertado por el sonido del mundo real que se extendía al otro lado de
aquellas paredes. Y saboreó el sonido de la sirena, llenando el silencio que le
oprimía.
El
silencio. Ya no habían pasos ni risas en la escalera. No se oía nada más que
el sonido apagado y quejumbroso de su propia respiración, y aquella lejana
sirena. Nada mas. Al fin lo habían dejado solo. Al fin...
—Hemos
venido a por ti, Larry.
De
pronto, la oscuridad engulló el mundo. Tumbado sobre el suelo, sintió la presión
de una mano sobre su hombro, y con el único pensamiento de alejarse de ella,
comenzó a arrastrarse por el suelo del pasillo que se extendía a su derecha.
De nuevo, el único sonido fue el de las risas..., y su nombre, resonando entre
aquellas paredes vacías; acompañándolo en cada nuevo paso, hasta que
finalmente, dio con la puerta que había al final del pasillo.
No
sabia ni donde estaba, ni lo que tenia que hacer, solo quería seguir avanzando,
quería alejarse de aquellas risas, de aquellas voces que lo llamaban.
—«La
llave».
Aquel
pensamiento llegó como un relámpago, iluminando sus pensamientos. Estaba en
casa. Solo tenia que abrir aquella puerta, y al fin estaría a salvo.
Por
un momento, olvidó las voces y las risas. Olvidó que ya no había escapatoria.
Que había llegado al final del camino. Había encontrado un lugar donde
refugiarse, y quizás, todo acabaría al otro lado de la puerta.
Con
movimientos impulsivos y fugaces, saco la llave del bolsillo trasero de sus
pantalones, y a tientas, trató de introducirla en la cerradura de un oxidado
candado. Tardó una eternidad en conseguir que la llave por fin diese con la
apertura. La deslizó por su interior y la hizo girar. No pasó nada.
—Larry,
hemos venido a recogerte. No tienes que seguir huyendo.
El
mundo se desvaneció para Larry. Fue como si todo lo que veía, todo lo que había
creído real, hubiese estado hecho de humo. De repente, todo desapareció. La
puerta, el pasillo, la oscuridad..., todo, y se encontró de pie, otra vez fuera
del edificio. Las luces giratorias de una ambulancia iluminaban la calle, y
reconoció casi de inmediato el lugar donde se hallaba. Estaba junto a lo que en
otros tiempos había sido una iglesia metodista, dos manzanas mas abajo de su
edificio.
—Casi
te perdemos —dijo una voz a su espalda— por un momento, pensé que lograrías
entrar en aquel cuarto..., habrías quedado atrapado, Larry. Ya no habríamos
podido hacer nada por ti.
Larry,
apenas escuchó lo que decía aquella voz. Ya no importaban las voces, ni el
edificio, ya no recordaba lo que había pasado. Toda su atención, se centraba
en el cuerpo sin vida que había tendido junto a la acera, bajo la atenta mirada
de un Jesucristo herrumbroso, que, sin duda, había vivido tiempos mejores.
Durante un instante, creyó estar viendo los esfuerzos inútiles de aquel hombre
por ponerse en pie, y un escalofrío le recorrió el cuerpo, al descubrir que
esperaba ansioso por ver la cabeza aplastada y ensangrentada, que ahora se
escondía tímidamente, bajo la sombra de un Pontiac azul del 68.
—«Te
conozco» —pensó.
Aún
en la oscuridad, creyó estar viendo aquella cabeza, con el cráneo deformado.
Los jirones de piel y carne que se habían desprendido de su cara, colgando
lacios en dirección al suelo, y sus ojos, llenos de miedo, mirándolo desde el
otro lado de la calle... “Yo te conozco”
—¿Y a donde vamos? —preguntó Larry, sin saber siquiera que había dicho algo.
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FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez
© 2002
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