
Persecución
José Romero
Pérez Seguín
Caminó sin desmayo
por callejones oscuros, entre paredes cuajadas de musgos y humedad, que olían a
orín y lluvia descompuesta. A trechos, excrementos de perros y de personas que
como perros defecan en cualquier lugar, le iban acechando, eran pedazos de
mierda descolorida y lavada, marrón clara, y a veces, verdosa y peluda como se
imagina uno a los habitantes de un planeta húmedo.
Llevaba debajo del
remendado gabán azul, escondido como un tesoro, un trozo de pan reseco, un cabo
de vela y un viejo libro, y en el pecho un pedazo de roja sombra que le manaba
del corazón y se vertía ya sin disimulo por el pestilente suelo.
Detrás
de él venían también sin disimulo los hombres de la policía política, con su
jauría de palabras y perros. Le perseguían desde hacía horas por las calles de
aquella ciudad silenciada que no silenciosa.
No había testigos, sólo las
contras de las ventanas se entreabrían cobardes a su paso. Tristes parpadeos de
los grises y desportillados ojos de aquellas grises y desportilladas casas que,
como valientes Antígonas, desobedeciendo la expresa voluntad del tirano, le iban
amortajando con su sombra. Tras ellas se escondía el cobarde mirar de sus
cobardes moradores, la rabia venía cuando llovía y se podía maldecir en voz
alta, «la hija de puta de la lluvia», mientras, los pensamientos iban por otro
lado, y era justamente en ese otro lado donde los hombres que sufrían la
maldición fascista se rebelaban proclamando así su desacuerdo con el orden
establecido. Valientes cobardías de un puñado de cobardes.
El perseguido
una vez alcanzó la falda de la montaña, no intentó ocultarse, ni tomó una
dirección concreta, sino que siguió caminando despreocupado de otra cosa que no
fuese andar, que le importaba hacia donde, su único objetivo era prolongar la
persecución, hacerla larga, pero sin más afán que aquel con que el día busca el
amparo de las nocturnas sombras o las sombras las del día. Y es que fuese donde
fuese sabía que iba a ser apresado y ejecutado.
Esa mañana
—antes del
primer intento fallido de detención, en el que le dispararon dejando clara en
aquella mala herida que lo mataba con tan sañuda parsimonia, su regular puntería
y pésima intención— había estado paseando por la playa, y lo entendió, entendió
lo que le había ocupado tantas horas de soledad y desasosiego. Fue un destello
solamente, una revelación tan simple como el andar, porque al andar el pie
golpea la arena y la arena salta y se confunde con la arena, de ese modo todo
pierde en algún momento su orden, su personal estructura, pero nada cambia, las
playas siguen siendo playas, la arena sigue siendo invariablemente
arena.
Para él como para la arena, ahora lo sabía, no había otro destino
que el de dejarse golpear, sentirse romper, en la esperanza de que, aún así, su
rebeldía seguiría siendo rebeldía y sus ansias de libertad su única
playa.
Lo remataron de madrugada a la orilla de un sendero sin márgenes,
cárdeno de luna y sangre, donde se hallaba caído leyendo su viejo ejemplar de La
Odisea. Alguno de ellos, tal vez el de más graduación, le arrebató el libro de
una patada, apartándolo así de sus manos ensangrentadas, lo sostuvo luego con
asco entre las suyas, cuidando no mancharse, y lo hojeó con desgana. En una
desgastada hoja del principio, vio algo que le llamó la atención, era un párrafo
manuscrito, lo leyó para sí y sonrió fiero, a la vez que asentía con la cabeza.
Sus hombres le miraban expectantes,
—les entendió, como entendía a los perros
que también le miraban con atención moviendo la cola— leyó en voz alta:
«Tuvo
suerte la araña / dice la mariposa, / le pude romper la tela. / Tuvo suerte la
mariposa / dice la araña / le pude devorar el alma. / Pobre Sefara mía, llena estás
de blancas mariposas / y negras arañas». Todos siguieron mirándole serios y
expectantes, interpretó de nuevo con plena satisfacción su lerdo mensaje, y
lanzó una fuerte carcajada, sus hombres, entonces sí, le imitaron riendo, y los
perros ladrando. Por fin lo entendían todos, la risa del comandante era el
prólogo y el epílogo de aquella críptica frase. Arrancó éste la hoja y la guardó
celosamente en el bolsillo de la guerrera, aquella era la confesión de
culpabilidad que no necesitaba del criminal.
Se fueron luego monte abajo,
felices y satisfechos. No era para menos, en su responsabilidad pesaba orgullosa
la firme convicción del deber cumplido, en su corazón sin alma la constancia de
la patria puesta a salvo, y como no, la grata sensación de que por fin todo
volvía a su orden. Ahora podían volver a dormir placenteramente, el tirano
estaba a salvo, y con él el pueblo, y con el pueblo sus familias y
privilegios.
Las contras de las ventanas se cerraron a su paso, párpados
de ojos grises, que esconden miradas jóvenes. Esas que saben que mañana serán
ellas quienes caminen por callejones húmedos huyendo de la realidad sin más
esperanza que la de ser cazados.
Las ideas, ni se agotan ni se ordenan ni
se repiten, son las formas quienes lo hacen. Son por ello de las formas los
ejércitos y policías, y también los fanáticos y las balas.
Las formas te
llevan a la muerte, las ideas a la inmortalidad. Porque unas son animalillos
domésticos, simple alimento de un cuerpo físico que vive del precario pero vital
equilibrio de la forma; mientras que las otras, son hermosos albatros sondeando
inmensidades, de las que se nutre el amorfo, y por ende, infinito e
indestructible cuerpo espiritual, que vive por el contrario, del desequilibrio
que da sentido e identidad a la idea.
Le mataron por tener ideas,
«pájaros en la cabeza» reconocieron magnánimos los que más le querían dentro del
aparato político militar, sin saber que con ello daban la más veraz versión de
lo que verdaderamente había sucedido. Él, tenía pájaros en la cabeza que le
llevaron a desafiar el orden de los sociales y civilizados vientos, que son y
han sido desde siempre prisioneros de la peor de las esencias de la forma, la
del orden establecido.
El perseguido renunció a la forma en favor de la
idea, y puso con ello en peligro el orden, ese fue su delito y por el fue tan
gravemente castigado.
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