Avenida indiferencia
Augusto Rubio Acosta
No imposta, Vane, que aquellos que
también queríamos presentes hoy, no hayan venido. No imposta que nos ignoren,
que te sientan lejana, ajena a lo que viven y sueñan. El destino lo ha dispuesto
así. He querido comprender mejor todo esto, tener cuidado de no mezclar las
cosas, son tan distintas. En ésta atmósfera de encierro, tu mundo personal es
más que omnipresente. Estoy aquí porque me interesa recuperarte, rescatar la
conciencia social, que esto se convierta en un espejo, pueda multiplicarse en el
país y la maldita gente se dé cuenta de lo que pasa. Todo el tiempo ha sido así,
me conoces. He denunciado la corrupción, la injusticia, me jode la explotación y
la miseria de mis hermanos. Sin embargo, no creo que este trabajo deba
convertirse en únicamente político; dejémosle espacio también a la alegoría.
Sucede que me gusta obedecer a mis impulsos, eso es todo. De repente lo que hago
sirve para esto, para lo otro; no sé, la teoría suena interesante.
Ahora que te observo sobre esa cama antigua, con esos objetos viejos y raídos
alrededor, te siento enormemente especial. Ese órgano, el colchón, las muñecas
rotas colgadas en la pared, te hacen más hermosa, humana. Hermosa a pesar que
estás mugrienta y conversando con el tipo ese que es ladrón y proxeneta. Los
muchachos, esos muchachos… Ángela, la prostituta embarazada sin saber de quién;
Gabriel, el homosexual que tose y escupe en el inodoro; y Antonio, el dulce
libertino que te asedia, forman un todo, una aceitada maquinaria, perfecta y
mágica. No es que me haya gustado más que todo lo que he visto antes en escena,
a lo que voy es a la intención. Este cuadro decadente me ha dado la posibilidad
de motivarme aún más, de recuperar el espacio olvidado hace mucho. En éstos
tiempos, en un medio como éste, el acto mismo de experimentar lo que estoy
viviendo, adquiere casi la categoría de un milagro en mitad del desamparo.
Te cuento que cuando era mucho más joven, mis padres prácticamente me obligaron
a estudiar Derecho. Los días eran agitados, las masas ardían en la Universidad
de Huamanga. Estuve varios años ahí, aprendí muchas cosas, a ver el mundo de
otra forma, hasta que llegó el día en que tuve que dejarlo todo abruptamente. La
gota que derramó el vaso fue un embargo. Yo era practicante y recuerdo que a lo
primero que me llevaron fue a un embargo lejos del centro de la ciudad. Cuando
llegamos, el abogado me dijo que toque la puerta; y en eso, al ver a los
policías, los secretarios, a los letrados, una mujer anciana y pobre se abalanzó
sobre mi, se abrazó a mis piernas y pidió llorando que no me lleve su televisor.
Fue horrible. Ahí se acabó todo porque yo me arrodillé a pedirle perdón, derramé
algunas lágrimas y después me fui. Ahí se acabó el Derecho y empezó todo esto.
Primero vinieron los talleres de teatro, gatear, caminar, levantarse de las
caídas; después te encontré, me hice parte de ustedes.
Apostar por la indagación y la memoria nunca ha sido fácil, porque éste es un
pueblo amnésico. Nosotros, de ciudad en ciudad, de camino en camino, tratamos de
abrirle los ojos a la gente, a los ciegos. De todos modos había que hacerlo,
alguien tenía que correr con todo. Por eso, ahora que te observo sobre esa cama,
intentando disuadir a tu marido de sus cada vez más arriesgados asaltos, siento
que ha llegado la hora, el momento de ponerme de pie y dejar de ser el estúpido
del segundo acto. Sí, ya sé, el director y ustedes buscarán la forma de sacarme
del medio, pondrán en práctica alguna estrategia improvisativa para mantenerme
al margen. No lo lograrán. Primero porque no me mantendré callado, porque el
estreno es demasiado importante para alguien como el director; además, a las
altas autoridades, los presidentes invitados, a Latinoamérica que nos ve en
directo por televisión, no le hará mucha gracia el hecho de sacar a la fuerza a
un actor del escenario sólo por decir unas cuantas verdades. Se vendría abajo la
reputación de la compañía, del gobierno. Pensarían, de repente, que todo es
parte del guión, del personaje, de esas obras nuevas y experimentales que hoy
ponen en escena autores y directores jóvenes. Correré el riesgo, valdrá la pena.
Tendrán que venir a sacarme a la fuerza, arrancarme del escenario y de sus vidas
para siempre. Pero antes, la alta sociedad de las primeras filas asistirá
incrédula a mi monólogo ulterior, sus oídos se abrirán a las frases duras y
recalcitrantes con que llenaré la sala, la conciencia de esos seres que dicen
gobernar nuestros pueblos. Entonces, cuando el teatro entero se ponga de pie
para observar mis gestos y pueda entonar con el énfasis adecuado mi consigna
final, la hora en que la indiferencia sucumba habrá llegado. Granada en mano me
lanzaré a las primeras filas. Estallaremos. Los cuerpos despedazados serán
portada de tabloides al viento en las esquinas del país, de América. La hora de
las reivindicaciones habrá llegado, habré cumplido.
Cuando era muchacho, antes de venir a la costa, solía preguntarme cómo sería el
mar. El mar es esa inmensa masa de líquido azul, que lejos de traer el sosiego,
provoca en mis estados de ánimo la más honda desesperación. El mar, el mar,
cuando vaya a Lima veré el mar; caminaré descalzo sobre esas playas de arena
amarilla, me pararé frente a Palacio de Gobierno, le gritaré a sus patios, a los
muñecos de azul y rojo de la entrada, lo mierda que son.
Son las nueve con veinte. El segundo
y último acto ha terminado. El teatro entero se ha puesto de pie para aplaudir a
los actores. Vane se ha acercado para pedirme me ponga de pie.
«Todo ha terminado, Augusto; ya nos vamos…».
Afuera, la calle se ha llenado de papel picado y banderitas rojas y blancas. Las
fachadas de esta parte de la urbe lucen asombrosamente bien pintadas. A medida
que avanzamos, el cordón policial se disuelve. Otra vez la calle, la vida
cotidiana y su inmundicia. En los paraderos los niños-miseria le arrancan a los
bien vestidos unas cuantas monedas; la gente no habla de otra cosa que no sea la
Cumbre Presidencial Latinoamericana. Vanesa dice que mejor nos tomamos un trago,
que salgamos a la avenida central, la de los cafés y pubs, aquélla por la que
temprano pasaron en comitiva, los señores de la indiferencia.
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AUGUSTO RUBIO ACOSTA,
es un escritor de Chimbote (Perú).
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Imagen: El día siguiente (Edvard Munch)
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