


¡Bang!
Héctor Espadas López-Tello
Cogí
lo que quedaba de mi brazo derecho del suelo y salí corriendo sin pararme a
pensar. ¡Lejos, lo más lejos posible! Oí gritos y disparos, llantos y
explosiones. Todos disparaban sin saber a dónde ni a quién. Yo ya no podía.
Yo ya no tenía brazo.
Mirase donde mirase, veía muerte, destrucción y caos. Era una guerra y nosotros, los Cascos Azules, los estúpidos Cascos Azules, nos habíamos metido en medio, como el jodido Pedro por su casa. ¿Por qué me extrañaba entonces que nos hubiesen recibido a balazos?
Pronto
me cansé de correr. Me detuve en un oscuro callejón inundado de sombras en el
que pocas cosas se mantenían en pie y enteras. Me quité el chaleco e improvisé
un cutre vendaje. Contemplé unos instantes mi brazo amputado y cuando no pude
soportar más su presencia, lo lancé lo más lejos que pude. Lejos, pero no muy
lejos. La cabeza me daba vueltas.
¡Guerras
de mierda!, empezaban dos una pelea y lo pagaban los demás. Los líderes nunca
se arriesgaban, siempre sobrevivían para poder continuar sus guerras y para que
niñatas como yo perdiésemos los brazos. ¡Ojalá le hubiese hecho caso al
machista de mi padre! «El ejercito no es para las mujeres». Miré mi hombro,
la hemorragia se estaba deteniendo. La sangre había manchado mis cabellos y les
proporcionó una tonalidad roja más oscura de la que ya poseían de por sí, al
natural. Allí estaba yo, con mis veintiún años. Sin brazo. Escondida detrás
de un coche carbonizado. Una mezcla homogénea de terror y tristeza.
Entre
el frío y el cansancio me estaba quedando dormida. ¡No!, no podía quedarme
dormida. Probablemente no despertaría, pero estaba tan cansada...
Un
disparo me espabiló. Sonó cerca pero no vi a nadie. Comer. Tenía que comer
algo, había perdido mucha sangre. Bebí de la cantimplora y comí una
chocolatina. La hemorragia se me había parado del todo. No me podía rendir,
eso sería darle la razón a mi padre y a tantos otros.
Era
una misión humanitaria, quería ayudar pero además quería demostrar que las
mujeres somos iguales que los hombres. ¿Era ese el precio que tenía que pagar?
Cruel precio y cruel aquel que le puso precio. Para mí ya nada tenía sentido.
¡Qué mundo tan extraño este en el que nos vemos obligados a demostrar lo
obvio!
¿Dónde
estaban los demás Cascos Azules?, no podían haber muerto todos, éramos veinte
y antes de huir sólo vi caer muertos a cinco o seis. Seguramente los que seguían
vivos estaban tan solos y perdidos por la ciudad como yo. Tendría que venir un
grupo de rescate o algo de eso. Quizás no. No lo sabía. De todas formas no me
podía quedar allí, me tenía que atender un médico. El campamento base no
estaba muy lejos pero estaba totalmente desorientada. Me puse en pie con la
intención de descubrir la dirección a tomar. Un balazo hizo que volviese al
suelo, un asqueroso francotirador. Tuve suerte de reaccionar a tiempo. Estaba
sola, perdida y atrapada.
Me
habían hablado mucho de los francotiradores pero nunca creí que me fuera a
topar con uno. Hombres que lo habían perdido todo, mercenarios... En cualquier
caso gente desalmada cuya única función y dedicación era matar. A cualquiera.
¿Cómo se podía ser así? ¿Tanto odian la vida de los demás? Intenté
asomarme para averiguar dónde se escondía pero nada, otro balazo.
Pasaron
horas. Él disparaba de vez en cuando para darme a entender que seguía allí y
no tenía prisa. Creo que me acostumbré a su presencia, a la presencia de la
muerte. Solos los dos. Luego note a alguien más. Ese alguien me tiraba
piedrecitas... ¡Jerome!
Cuando
lo vi, me empezó a hacer señas. Estaba en el extremo opuesto de la calle por
el que yo había entrado. Jerome era un soldado francés muy simpático. Hablaba
el español con ese acento tan romántico. Era el único con quien conversaba en
mi «tiempo libre». Tenía veintitrés años y se iba a casar en primavera.
Tan simpático era que nos había invitado a mi y a mi novio a su boda. Una vez
me dijo que si no estuviese enamorado ya se hubiera enamorado de mí. Era tan
simpático...
Vi
cómo desenfundaba su pistola y se dirigía con cautela hacia mi, pegado a la
pared. Lo perdí de vista. De repente hubo un intercambio de disparos y luego...
silencio. Un escandaloso silencio. Me temí lo peor. Pero no, apareció de sopetón
a mi lado.
—Ese
cabrón está en la segunda planta, tercera ventana empezando por la derecha
—lo dijo con toda la naturalidad del mundo. Se percató inmediatamente de que me
faltaba el brazo no obstante no aumentó mi pena con preguntas. Me abrazó y me
reconfortó. Por primera vez en todo ese tiempo lloré. Luego, más calmada,
descubrí su tez pálida. Fui yo la que pregunté si estaba bien. Dijo que sí,
que sólo estaba cansado y muerto de miedo. También huyó cuando empezaron los
disparos y se había perdido.
—Me
alegro de encontrarte con vida, chèrie
—me pareció bastante cansado, bastante agotado. Sacó una hoja de alguno de sus
bolsillos y diciendo que era un regalo me la entregó. Sonreí. Me había hecho
un retrato. Me había dibujado de cintura para arriba con el uniforme puesto.
Solía decirme que mi cabello rojizo quedaba muy bien con el verde del uniforme
y el azul del casco. Le besé la frente. Noté que estaba completamente helado.
—Toma esto también —me dio otra hoja, escrita en francés. Pude traducirla.
Estimados
padres y amada mía:
No
sé por qué escribo estas líneas, ya sabéis que siempre hago las cosas por si
acaso. Si recibís esto significará que he muerto. Sentiré dejaros un vacío
en vuestros corazones, no era mi intención. Vine aquí para... bueno, ya lo sabéis,
yo y mi «querer cambiar el mundo». Lo siento. Perdonadme. Estoy seguro de
que mis últimos pensamientos serán para vosotros. Adiós.
Jerome.
Confusa miré a Jerome. Entreabrió
la boca para decirme algo pero de su boca sólo salió sangre. Señaló su estómago,
el francotirador sí le había acertado. Una herida mortal. Iba a morir por mi
culpa. Sollozando intenté pedirle perdón, pero el selló mis labios con su
dedo índice y negó con la cabeza. Luego sonrió y me acarició el rostro.
—No
llores... —murió.
Maldije
al francotirador, maldije a los políticos, maldije a las religiones, maldije a
toda la raza humana. ¿Es que nunca aprenderíamos a convivir? Mierda. Cogí la
pistola de la mano de Jerome y vacié el cargador disparando a donde
supuestamente estaba el francotirador. Me quedé allí de pie, esperando una
respuesta. No la hubo. Lloré y lloré y grité y grité.
Entre
las ruinas apareció una niña. ¡Pobrecita!, apenas tendría quince años y
seguramente había perdido a toda su familia. La llamé, me ayudaría a salir de
allí. Abandonaríamos la guerra juntas. Cogí con aflicción la mortecina carta
de Jerome y mi retrato, no podría cargar con su cuerpo. Sus ojos abiertos aun
poseían pequeños destellos de vida, me miraron y parecieron alegrarse por mi
supervivencia. Avancé hacia la niña y ella se detuvo. No mostraba ningún tipo
de sentimientos. Pobrecita. No podía imaginarme su dolor. Pero entonces... me
di cuenta de que llevaba algo en sus manos. ¡Un fusil!
Ella
era el francotirador. ¿Lo era? No podía ser, ¿cómo...? ¿En verdad lo era?
Yo quisiera a veces comprender al mundo. Caí de rodillas, ya no me importaba
morir. No quería seguir viviendo en un mundo tan triste.
—Espérame,
Jerome... —musité.
Me apuntó sin vacilar. En la lejanía creí oír la risa de mi padre. El silencio que nadaba por entre las calles se vio interrumpido por un ruido seco, como una especie de pequeña detonación.
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HÉCTOR ESPADAS
es un joven escritor y estudiante de Comunicación
Audiovisual.
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