


La esperanza
Inés Calvo
Por la ventana
abierta al verano entra la luna de julio. Las mujeres, todas de gala en sus
mejores vestidos, esperan sentadas, sufriendo el calor agobiante.
La mayor parte de las mujeres son jóvenes; algunas pertenecen a la familia,
otras han venido de muy lejos, todas son conscientes de la importancia del
suceso. Guardan silencio no absoluto, porque los murmullos están permitidos,
pero siempre suaves, rápidos, casi imperceptibles.
Las mujeres, todas serias debido a la
trascendencia del acto, permanecen sudorosas dentro de un amplio salón marcando
con sus asientos los límites, y de vez en cuando lanzan miradas, no muy
directas, pero cargadas de intención, a la puerta cerrada tras la que deben
estar transcurriendo los hechos. Y ahora mismo, siguen con los ojos la silueta
rápida pero tranquila que se levanta y atraviesa la gran sala para desaparecer
por unas escaleras hacia la planta superior de la vivienda. Esta figura,
probablemente alguien muy vinculado a la familia de la novia, no quiere que las
otras mujeres perciban su nerviosismo. Ya hace una hora que callaron los
músicos, se apaciguó la gente y los invitados sabiamente distribuidos por su
sexo, se relajan guardando fuerzas para la fiesta de luego...
Sí, la madre está inquieta pero disimula, porque son varias
las lenguas malditas que esperan ver confirmadas sus calumnias. Aunque la novia
ha sido sabiamente instruida sobre medidas a tomar ante cualquier contrariedad
posible, siempre puede surgir algo imprevisto. A pesar de que ella, como buena
madre, ha sabido preverlo todo, absolutamente todo. Las armas de la mujer son la
previsión y la paciencia. Pero..., ¿y si han dicho la verdad las lenguas
maldicientes...?
Siguen pasando minutos.
La madre dijo a su hija: «Nunca menos de tres cuartos, ni más de hora y
media...» Así que el intervalo forzoso ha de ser breve. Frente a ella esperan
las mesas servidas, los focos de colores, los regalos. Más arriba, charlando al
frescor de la azotea bajo una jaima carísima, aguardan los hombres. Uno de
ellos, abstraído, no habla, ni los otros quieren preguntarle. Al fin y al cabo,
¿a quién le importan esas cosas de mujeres, que ellas han de saber ocultarles?
Beben té y bromean sobre temas banales.
Debajo la madre suspira angustiada, se seca el sudor y hace un esfuerzo para
bajar las escaleras preparando la sonrisa que demuestre sin lugar a dudas una
seguridad que no posee, gozando, erguida la cabeza, de sus últimos instantes de
protagonismo frente a las otras mujeres, antes de que la releve la joven esposa
que habrá de salir de la alcoba sujetando en sus manos la mancha sangrienta y
triunfante...
Pasan los minutos.
Bajo la luna creciente de julio, el tiempo se ha detenido.
__________________________
CONTACTO CON LA AUTORA
![]()
FOTOGRAFÍA: Sylvia Gutiérrez Sánchez ©