

El
loco de la plaza
Nita Moreno
Paz
Era un personaje como tantos
otros, habitante de un pequeño pueblo situado en algún lugar del planeta.
Todos lo llamaban «el loco de la plaza»; de cuerpo espigado, espesa barba y
largos cabellos.
Su edad era indefinible; sus pertenencias, tan sólo dos trajes gastados cuyos
pantalones no llegaban a cubrirle los tobillos, motivo por el cual se acentuaba
la exhibición de ese viejo par de zapatos acordonados, tres números más grandes.
Una gastada manta color marrón, le hacía las veces de valija, de abrigo o de
almohada.
Siempre se lo podía ver por los alrededores de la plaza principal, posiblemente
por ser la zona más transitada de esa ciudad, haciendo alguna reverencia o
entregando una flor arrancada, a toda dama que cruzaba por allí.
Los ancianos gozaban del privilegio de ser acompañados por unos metros, con
algunas notas de su violín imaginario; mientras que con su cuerpo se movía al
compás de un vals.
Con los niños, ejecutaba su flauta mágica y tras pequeños saltitos los hacía
sonreír.
Muy pocas personas reparaban en él, pues el rótulo puesto de boca en boca lo
desterraba al olvido y a la ignorancia.
No era difícil, observando un poco, deducir que cartel de precaución portaban
los coherentes de la plaza; para él los códigos eran muy claros.
Si apuraban su paso, un «Huye o eres hombre muerto...»
Si tomaban otro atajo, era «Aléjate, material radiactivo...»
Cuando esquivaban la mirada, «Peligro, eclipse total...»
Estrechar
su mano correspondiendo al saludo, era un acto totalmente condenable
por parte de la comunidad,
pues quién lo hiciera sería contagiado y correría el
riesgo de ser un loco más.
Sólo un grupo minoritario, solía concurrir por las noches hasta el frondoso
roble, su lugar de descanso, y le acercaban una infusión caliente o alguna
vianda, para alimentar aquel cuerpo desgarbado.
Los templos les cerraron sus puertas, la Alcaldía también...
Para muchas Instituciones Caritativas, el loco era un ser vacío, carente según
sus criterios, de toda dignidad y prestigio que hacen a un hombre de bien.
Una mañana de Agosto, una muchedumbre se había agolpado entorno a aquella plaza.
Se oían voces que decían:
—Vio, Doña Juana, tarde o temprano esto iba a pasar... ¡Si estaba loco!
—Pobre hombre..., hoy en la misa de las once, debemos hacer una oración por él
como todo buen creyente.
—Ves hijo..., no sabía lo que hacía. Si se hubiera tapado...
—¡Qué espectáculo desagradable!; gracias a Dios que no fue nacido ni criado en
nuestro pueblo.
Luego, se acercó la policía junto al médico forense, y confirmó la más mínima
duda de aquel suceso.
—El loco, está muerto. El frío lo mató.
La noche en que murió, la temperatura había registrado la marca más baja de ese
crudo invierno. A su lado yacía su compañera, aquella manta marrón la cual ni
siquiera usó.
Retiraron su cadáver..., y al acercarse un oficial para levantar su última
pertenencia, una vez más el loco los sorprendió.
Debajo de ella, amamantando a su cría, se encontraba una pequeña perra mestiza
cobijada por el calor de ese noble corazón.
Fue enterrado en el cementerio local, sin flores y sin honores. En su tumba,
sólo se colocó una modesta cruz artesanal; realizada con ramas de aquel roble.
A navaja, alguien grabó su nombre «El Loco». Para quienes lo
conocimos, se llamaba Rafael Rodríguez Quijano, un hombre que hacía el bien.
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CONTACTO CON LA AUTORA
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FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez © 2004