
La
muerte en llamas
Patricio
Navarro Escobar
Cuando
la pitonisa dictó su sentencia, le pareció que el piso se hundía y que lo iba
tragando paulatinamente, en la medida que su mente asimilaba el trágico y
fatídico destino anunciado por aquella gitana, a quien todos en el pueblo temían
por sus acertados vaticinios efectuados cada vez que visitaba el poblado. La
tribu de gitanos, aparecía por el pueblo cada dos o tres años y solía ubicarse
con sus carpas a un costado del camino, en el terreno de don Evaristo, quien se
los facilitaba por el tiempo que éstos quisieran, no se sabe si por miedo o
gratitud, puesto que la mentada gitana Emperatriz le había augurado que
heredaría esas tierras, cuando éste era aún un mozalbete y nadie siquiera
pensaba que el hijo de doña Mercedes, que no tenía donde caerse muerto, fuese en
verdad hijo de don Serapio, el mayor hacendado de toda la región, quien al final
de sus días le reconoció como tal y le heredó en vida, aquellas diez hectáreas
de tierra, uno de sus mejores terrenos de siembra. La transferencia no estuvo
exenta de litigio, puesto que sus otros hijos estuvieron en absoluto desacuerdo
con la decisión de su padre, alegando ante un Tribunal la locura del viejo, pero
éste, acostumbrado a litigar en los juicios y gran conocedor de las leyes
locales, se salió con la suya y el huacho Evaristo tuvo por fin su recompensa,
al poco tiempo de haber muerto su padre.
La gitana Emperatriz quien gozaba de gran prestigio en toda la comarca, donde
muchos la adoraban y otros tantos la temían, se aprovechaba de esta
circunstancia logrando favores tanto de unos como de otros.
Se encontraba en el pueblo, durante la visita de estos gitanos, un joven
ingeniero llegado recientemente de la ciudad para efectuar prospección en los
terrenos adyacentes al pueblo en los que se suponía la existencia de oro. Se le
veía salir temprano del hotel y volver casi al atardecer. Había contratado a
algunos lugareños, quienes lo acompañaban diariamente a su jornada en busca de
aquel metal precioso. Cada día era mayor su desconsuelo y ya estaba casi por
convencerse de la inexistencia de aquel mineral y que los antecedentes y
ubicación con los que contaba eran falsos, y consecuencia de una de las tantas
leyendas que sobre el particular se contaban en la región. Lo que más sentía era
que había sido él quien más había insistido para que este proyecto de búsqueda
se concretara, seguro de su existencia, producto de toda la información que
había recopilado por varios años.
Cuando supo que se encontraba en el pueblo el grupo de gitanos y en éste la
famosa Emperatriz, no dudó un instante en conseguir que el botones del hotel le
consiguiera una cita con ella. Todo fue dispuesto para el encuentro, en un
sector del comedor del hotel se colocó un biombo de separación para lograr la
intimidad que el asunto requería.
Andrés se preparó con ansiedad para la cita, se vistió con sus mejores galas y
bajó con cuarenta y cinco minutos de anticipación, se preocupó que todo
estuviera en orden y salió y entró al hotel en reiteradas ocasiones. Por fin la
vio aparecer con su vestimenta multicolor y sobre su cabeza, entrelazada en su
cabellera rubia, un hermoso pañuelo de color rojo. Cuando la vio de cerca, quedó
sorprendido, ante sus ojos se encontraba aquella mujer a quien imaginó como una
bruja. Era en realidad una hermosa mujer de ojos profundamente azules, tez clara
y facciones finas y sensuales, calculó que tendría alrededor de unos treinta y
ocho años, pero seguramente que debía tener más edad, producto de la larga data
de aciertos de la virtuosa gitana.
—¿Para qué me llamaste paisano?
—Por favor siéntese, ¿quiere servirse algo?
—Ya, dame ron con un poco de bebida.
Andrés pidió al mozo que trajera las bebidas y un poco de queso para picar.
Luego que éste se retiró, le dijo a la gitana:
—Me gustaría que me viera la suerte.
—Mira paisano, conocer el destino no es chiste, puede traerte muchas
complicaciones.
—Estoy dispuesto a correr ese riesgo.
—Bueno, si tú quieres, pero esto te va costar ¿eh?
—Yo le pagaré, sólo véame la suerte.
—Pon tus manos acá, paisano.
Cuando el ingeniero puso sus manos sobre las manos de la gitana, sintió que
éstas le quemaban:
—¿Por qué tienes tus manos tan heladas, paisano?
—Estoy un poco nervioso.
—Te insisto, a veces es mejor no saber qué nos depara el destino.
—Vamos, empiece no más, dígame si encontraré el oro que ando buscando.
—Calma paisano, tranquilo hombre, tranquilo.
Empezó a mirar con detención ambas manos, primero las palmas y luego los dedos,
se detuvo un rato, cerró los ojos y suavemente fue soltándole las manos, respiró
profundo, luego, tomó de un sorbo el ron con bebida que tenía su vaso y
mirándole fijamente, mientras encendía un cigarrillo, le dijo:
—Oro, así como tú pensai paisano, no vas a encontrar, dinero vas a tener mucho,
pero oro no vas a encontrar.
—¡¿Pero, como voy a tener dinero si no encuentro oro?!
—Ah, eso yo no lo sé, las líneas de tu mano me dicen que vas a tener dinero y
muy pronto.
—Pero, ¿qué más dicen las manos?
—Es que no sé si te va a gustar el resto.
—Dígamelo no más, ya, vamos...
—Bueno, como tú quieras, después de ganar mucho dinero, tendrás todo lo que tú
has ansiado siempre, te casarás con una mujer que llenará todos tus gustos, esta
suerte durará doce años, pero antes de cumplir los cuarenta, tendrás un
encuentro frente a frente conmigo y con la muerte en llamas.
—Pero... ¿estás segura gitana?
—Pero ¿por qué te voy a mentir paisano?, yo te dije que la adivinación era una
cosa seria y que podría no gustarte lo que te iba a decir. Dame mi plata que me
voy.
—Pero dime más ¿cómo voy a morir?
—No puedo decir más paisano, págame que me voy.
Le pagó de mala gana y se quedó sentado allí por largo rato...
Corría velozmente por la carretera que lo acercaba cada vez más hacia la costa,
Andrés había logrado una holgada posición social y económica, exitoso y
envidiado por sus pares, había conquistado el amor de la hija del dueño de la
firma, logrando escalar rápidamente a la cima de la pirámide estructural de la
compañía que lo había colocado al mando de una de las filiales más rentables de
la empresa. De pronto, el cielo se oscureció y empezó a llover, Andrés aumentó
la velocidad de su auto, quería llegar a su casa en la playa cuanto antes; a lo
lejos alcanzó a divisar, al interior de un terreno eriazo, adyacente al camino,
una carpa de gitanos, entonces volvió a recordar como tantas veces la sentencia
de Emperatriz: «Antes de cumplir los cuarenta, tendrás un encuentro frente a
frente conmigo y con la muerte en llamas», miró su reloj, faltaban escasos
minutos para las 15:00 horas, pronto cumpliría los cuarenta y si todo marchaba
bien, la pitonisa se habría equivocado, pero, para no tentar al destino, se
detuvo y estacionó su vehículo en la berma, se bajó y encaminó sus pasos hacia
la carpa de los gitanos.
A medio camino se detuvo un momento, la lluvia le había empapado su ropa, miró
su reloj faltando escasos segundos para las 15:00 horas, había programado éste
para que le anunciara su cumpleaños número cuarenta. Al escuchar un fuerte
chillido se volvió para ver hacia la carretera, se trataba de un camión con
acoplado que había patinado en el pavimento saliéndose de la pista y se dirigía
velozmente hacia el lugar donde se encontraba Andrés, éste se quedó paralizado y
atinó sólo a cerrar los ojos. El camión dio algunos tumbos y se elevó lo
suficiente como para pasar por sobre la cabeza de Andrés, sin causarle siquiera
un rasguño. Cuando abrió los ojos vio frente de él a la gitana Emperatriz que le
miraba fijamente. A pocos metros, el camión explosionó y empezó a incendiarse.
Antes que fuera consumido por las llamas, divisó en su parachoques el nombre con
el que los transportistas suelen bautizar a sus vehículos de carga, se leía,
claramente: «La Muerte», en ese momento el reloj marcó las tres de la tarde.
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FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez © 2004