

Rutinas
Federico Vasen
Salió otra vez. El
chirrido de la cerradura al cerrarse terminó de convencerlo de que por fin
estaba afuera. La única luz que le llegaba venía del alumbrado público,
matemáticamente distribuido: dos faroles por cuadra. Empezó a caminar hacia
donde siempre: dos cuadras a la derecha, una más al sur y ya estaría en la
avenida. La avenida era para él todo un asunto, allí creía encontrar la vida
cada vez. Se excitaba pensando que cuanto más se acercaba vería más luces, que
finalmente iba al centro. Cuando llegó a la esquina sintió el portal: allí se
empezaba a sentir. Entonces, se vio. Se vio y se examinó detenidamente: la
frente arrugada, los zapatos nuevos, el cuerpo demandante, la cabeza cansada.
Sí, estaba allí, en la avenida, esa noche de otoño. Ahí se dio cuenta de que no
tenía nada que hacer él, allí, entonces y se sintió reconfortado, a la vez
arraigado y ajeno. Aunque su casa estuviera a solamente tres cuadras de allí,
las distancias le parecían muy otras. Estaba solo y afuera. Pero era mejor
afuera que adentro, allí era libre, no era nadie: podía permitirse ser él.
Pues toda esa gente era parte del decorado, de las luces que la municipalidad
prendía cada tarde para iluminar a gente como él. La alegría de ver tanta luz
fue transformándose en encandilamiento y quiso cerrar los ojos. Le costó
desprenderse de ellos, de la avenida, de la gente de mazapán que pasaba por
delante suyo sin inmutarse: era un renunciar. Cuando los párpados terminaron de
bajar y no quedó ningún resabio de luz en su boca, vio negro. Tan negro como
siempre había temido
—y esperado— ver. Finalmente, la oscuridad fue tan intensa
que no pudo acrecentarse más. Todo era oscuro y en el fondo estaba él,
centelleando.
Ya no tenía miedo de abrir los ojos, algo parecía ya no ser igual. Ya no habría
necesidad de avenida, esquina o mazapán, ese espacio parecía estar ya colmado; o
al menos eso creía. Y se lo repetía, tratando de convencerse, cada noche que le
faltara oscuridad para brillar, cada noche que creyera que afuera estaba la
solución.
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FOTOGRAFÍA: Carlo Nicolato © 2004