|
Hilo de Oro por Pedro M. Martínez
Tengo que reconocer que
cuando me dijeron que la casona de Escandona se había quemado
experimenté un vergonzante sentimiento de alivio. Mi tío Ramón me
llamó aquella fría tarde de finales de invierno a la universidad, para
darme la noticia: Escandona y todos sus preciosos tesoros se habían
evaporado entre el humo. Siempre tan ahorrativo con el teléfono, mi tío
me dio escasos detalles del siniestro, así que tuve que hacer algunas
llamadas a Oviedo y Unquera para conocer con más precisión las
circunstancias que habían rodeado al incendio, un desastre que encubriría
para siempre el denigrante robo que cometí en la vieja casa solariega,
ya que la biblioteca de ésta había desaparecido por completo entre las
llamas. |
|
|
Mi tío nunca me habría perdonado el hurto, sobre todo después del esfuerzo que le había costado convencer a la señora Elisa, la anciana que vivía en Escandona junto con su hermana, para que pudiera consultar los viejos libros de la biblioteca familiar, un tesoro escondido entre aquellos centenarios muros y que, al parecer, no había recibido visita alguna desde que Espronceda escribió unas cartas allí durante un breve descanso cuando iba camino de Oviedo.
Mi tío Ramón es de corta estatura, moreno, con cejas pobladas y muy simpático. Yo tenía que terminar mi tesis doctoral de antropología social y había decidido escribirla sobre mitología y supersticiones celtas en Asturias, y conocía las leyendas que rodeaban a Escandona y la relación de amistad que tenía mi tío con Dª Elisa desde hacía muchos años, así que le llamé desde Madrid rogándole el favor de que intercediera ante la anciana para que me dejara consultar su biblioteca, convencido de que entre aquellos libros encontraría muchos datos de interés para mi tesis y de que mi tío conseguiría lo solicitado. No fallaron mis suposiciones pues a la semana siguiente llamó para decirme que estaba todo arreglado, pero que había dos condiciones: no podría estar más de dos semanas, en horario de tarde, en la mansión y bajo ningún concepto podría sacar nada de lo que en ella había. Por supuesto, acepté entusiasmado.
Una semana después de consumado el indigno acto de llevarme el manuscrito, estaba completamente decidido: iría al sitio dibujado por el inglés en cuanto me tradujeran los cinco conjuros. Recordé a la anciana despidiéndose de mí, distante, casi educada, sin percatarse de como me quemaba el cuero de las tapas del manuscrito sobre la piel del costado, mientras contemplaba la cordillera del Cuera ahora transparente después de la violenta tormenta que durante una hora había cubierto sus cumbres de rayos espectaculares. Dª Elisa no recordaba nada sobre el inglés, pero en el archivo de El Oriente de Asturias había encontrado una referencia al viejo marqués en donde se citaba que éste "como prócer de las artes y ciencias que era" acogía y distinguía a sus huéspedes con el mejor interés y la mayor cortesía; una serie de nombres de distinguidos visitantes se contenían en la reseña y, entre ellos, la referencia a un ilustre extranjero que había enfermado gravemente durante su estancia en la mansión, teniendo que ser trasladado a Oviedo; no tuve ninguna duda: aquél forastero tuvo que ser Wallcott. Todo cuadraba ahora. El
diario se mostraba ante mí transparente y mágico, pero al mismo tiempo
temible, sobre todo por sus últimas páginas, temblorosas, confusas,
fruto de una mente desquiciada por sueños aterradores que las dejó
inconclusas de repente: el médico inglés había ido demasiado lejos en
su obsesión, pensaba entonces, y seguramente perdido el juicio mientras
vagaba por aquellos oscuros valles buscando la utopía de la xana; ¿habría
muerto en Oviedo?; ¿fue la experiencia que narraba la que produjo su
enfermedad?; y, entonces, ¿por qué quería yo ahora repetir sus pasos? Esta última pregunta me asolaba noche y día; hasta mi tío se había dado cuenta y me visitaba con frecuencia en la casa de mis padres, en Andrin, procurando que dejara por un momento la lectura. Ramón no sabía de la belleza temible de aquellas páginas y achacaba mi estado al nerviosismo típico del estudiante que está a punto de examinarse, así que me convidaba a sidra, a cenar o a pasear con él por la Playa de la Boriza o el Paseo de San Pedro, con la esperanza de que aquellas distracciones me devolvieran el sosiego; pobre y querido tío, ahora te echo de menos en Madrid. El timbre de la bicicleta de Juanón interrumpió mis pensamientos poco antes de que se detuviera ante mí, justo a la entrada del pueblo. El sobre que me tendió me pareció un salvoconducto en tiempos de guerra: la traducción del último misterio del diario, había llegado. Me despedí a toda prisa del cartero y casi sin saludar a mi madre, me encerré en mi cuarto para abrir febrilmente el sobre. La bruxa de Vidiago había sido la clave. Ella había enseñado a Wallcott como romper el encantamiento de una xana, utilizando claves que provenían, quizás, de los tiempos en que la diosa Diana reinaba todavía sobre los mortales. La traducción le había costado mucho a mi amigo Llamazares, pues el gaélico con el que había lidiado era harto difícil según me decía en su carta, recomendándome prudencia a la hora de interpretar los textos ya que no podía garantizar su exactitud.
Un lobo aulló en la lejanía,
probablemente desde el pico del Turbina, y acaricié la culata del revólver
del treinta y ocho que me había echado a la cintura poco antes de salir
aquel atardecer hacia la Cueva. La noche hacía ya tiempo que se había
cerrado sobre mi cabeza e imploré para que el cielo siguiera despejado,
pues en breve aparecería la Luna llena y era condición obligada para
la invocación que durante algún tiempo su luz alumbrara la tierra; las
estrellas, mientras tanto, intentaban iluminar con su chispeante luz el
estrecho sendero por donde caminaba hacia la Cueva, aunque ahora no las
podía ver deslumbrado por la luz del farol. Llegué a la entrada de la
Cueva unos minutos después de que sonara el inquietante aullido y la
bordeé por la derecha para poder ascender hasta el prado pedregoso
rodeado de castaños, que tantas veces había dibujado Wallcott. El
camino para llegar hasta la Cueva no es desconocido: todo el mundo sabe
en Nueva y su comarca de la fuente mágica, cuyas aguas habían fluido
durante muchos años hasta el profundo pozo que se perdía en la sima,
para quizás desembocar después en el mar; allí había comenzado su
aventura el inglés, pero cuando estaba lleno a rebosar de la límpida
agua que manaba entonces desde una roca cercana. El pozo
estaba parcialmente tapado por ortigas y breñas y el cauce por
donde había discurrido el agua, había desaparecido; la cercana roca
estaba ennegrecida por líquenes y musgos y surgía desde las entrañas
del prado como un menhir que practicara una peculiar acupuntura a la
Madre Tierra. Me senté ante el pozo y apagué el farol a la espera de
que saliera la Luna, Diana la llamaba el viajero inglés en su diario, y
me sentí algo ansioso pero al mismo tiempo seguro de que recordaría
los cinco conjuros que había aprendido al milímetro, durante los días
de espera hasta que se diera el plenilunio. Nunca la Luna llena me pareció tan bella. Esperé unos minutos a que el tono rojizo de Diana se hiciera un poco más blanco y me levanté situándome ante la negra oquedad. El primer conjuro tenía como misión hacer creer a la xana que era la noche de San Juan, pues de no ser así no saldría hasta el amanecer; inspiré fuerte y comencé a recitar el viejo gaélico procurando hacerlo con la mejor dicción posible. Mi voz me pareció extraña, distante, como si fuera el eco de algo que ya había ocurrido en el pasado y que regresaba serpenteando entre las hojas de los oscuros castaños, a caballo de la suave brisa que se había despertado de pronto, para sumergirse en el pozo después de haber acariciado la roca de la fuente. Quizás nadie me crea, pero
aquel eco de palabras de tiempos pretéritos comenzó a repercutir en lo
más profundo del pozo, hasta que se transformó en un burbujeante
sonido y más tarde en un alegre fluir de agua que como torrente comenzó
a ascender llenando, hasta la boca, la fosa, ahora convertida en un
pequeño estanque que cada vez tenía una superficie más límpida y
tranquila; la Luna iluminó el agua y los suaves rizos de la superficie
formaron con claridad el primer símbolo dibujado por Wallcott en su
diario. ¿Era verdad? Aquello no era
una pesadilla, era cierto, tangible pues me agaché ante el borde y metí
una mano en la fría y ahora tranquila agua, incrédulo ante el milagro.
Durante un par de minutos, atónito, extraviado, agité mi mano bajo la
gélida superficie sin saber que hacer; todo mi mundo se venía abajo:
conocimientos y creencias se pulverizaban ante la atónita mirada de mi
alma, mientras que la luz láctea de la Luna arrancaba fulgores del agua
que acariciaba mi piel. ¡Era verdad; el diario y los conjuros eran
ciertos!, y yo había querido arrinconar aquella maravilla; sentí ganas
de llorar, de reír, de correr y contar a todos que existían otros
mundos, que la xana existía, y aquella explosión de sentimientos me
hizo superar el desconcierto
La xana se acercó hacia mí casi flotando sobre sus pequeños y desnudos pies. El agua que la cubría había desaparecido por completo y el áureo cabello iluminaba ahora su sereno rostro. —¿Qué buscas de esta xana? —la voz del hada me sonó a gorjeos de pájaro que se lleva el viento. —¿Cómo te llamas, xana? —acerté a musitar, al tiempo que sentí que empezaba a perder el miedo. —¿Pondrías acaso al misterio nombre, como si se tratara de un hombre? —Aunque no sepa tu nombre, he deseado mucho este momento… creo que siempre he deseado conocerte y… —Cuando me llaman los de tu raza —me interrumpió muy dulcemente— buscan siempre mis tesoros y lo que menos les importa es que yo viva tan sola, en la Cueva de los Lloros. —Yo no busco riquezas, xana, sólo estar contigo…
La xana calló durante un tenso instante y luego extendió su mano hacia mí. Cuando la estreché sentí una conmoción parecida a la que me había transmitido el diario, pero mucho más poderosa: millones de pececillos navegaron apresurados por mis venas, mientras me conducía hacia el pozo que comenzó a iluminarse poderosamente. La xana se introdujo en el agua, que ya parecía oro líquido, y tiró de mí para que la siguiera. El agua ahora estaba tibia y yo no tenía ya ningún miedo. Ni siquiera cuando la fuerza de aquella deliciosa mano me siguió empujando hacia el fondo sentí que me fuera a pasar algo, tanta era la pasión que me embargaba. Unos finos dedos comenzaron a acariciarme por dentro y sentí como los pulmones respiraban el agua como si fuera el aire más puro. Llegamos a una parte en donde el pozo se ensanchaba y allí mi diosa se dio la vuelta; los largos cabellos flotaban en el agua rodeados de puntos luminosos que los peinaban con primor y sus ojos se tornaron ovalados, como los de un gato: su belleza era ya insoportable. Me ofreció entonces un hilo de oro finísimo y sentí que tenía que formar con el un ovillo. La xana desapareció cuando
empecé a estirar del hilo para comenzar a hacer la madeja, pero no me
preocupó: seguía allí, rozándome por dentro con aquel terciopelo,
tentando cada músculo, cada hueso, cada célula de mi cuerpo. El ovillo
se hacía cada vez más grande y el hilo seguía fluyendo desde la
profundidad de la sima cuando sentí como la suavidad penetraba en mi
alma, la envolvía, y la
xana me contaba cosas: su soledad terrible en aquella cueva, su deseo de
tener un hijo. Me pidió entonces que le dejara mi alma para poderlo
concebir y me susurró que no moriría, que sería casi inmortal y mi
vida con ella sería maravillosa. Y entonces tuve la duda. Entregar mi alma… algo se rebeló dentro de mí, una vacilación terrible me asaltó: ¿y si no fuera así?, ¿y si ella no decía la verdad?. Recordé entonces las últimas y temblorosas páginas del relato de Wallcott y, sobre todo, el momento en que relataba el terror que padeció cuando su alma desapareció y aún estando vivo se encontró respirando sin sentir nada y mirando sin ver cosa alguna en la profundidad de un lugar ignoto. Ahora lo entendí. Sentí miedo como él; un pavor que no se puede describir y el hilo comenzó a ponerse tenso. Pero, ¿y si decía la
verdad?; hasta ahora no me había hecho daño alguno. No tenía por qué
mentir; mi hada no podía hacerme eso. La suavidad, no encuentro otra
palabra para definir aquello que susurraba dentro de mí, redobló sus
caricias y el hilo fluyó de nuevo. Me quería, estoy seguro que me quería
y comprendía mis dudas. Esperaba, como todos los amantes esperan el
momento de la llegada del éxtasis, retozando lentamente entre los
pliegues de mi cuerpo y musitando mágicas sensaciones de deseo dentro
de mí. Wallcott, como te odio, pues
dejaste bien clavadas la duda y el miedo dentro de mí, ya que no pude
resistir el pánico que se me despertó de nuevo cuando volví a
recordar que podía enfermar como el inglés, para quizás morir luego.
Fui otra vez cobarde y el miedo comenzó a separarme de la xana que
lloraba dentro de mí, haciendo que padeciera un sufrimiento
insoportable. El hilo se tensó fuertemente y la madeja que había
formado comenzó a escaparse de entre mis manos, pero yo me resistía a
que ella se la llevara. Quise hablar y no pude pero le gritaba a la xana
que no me dejara, que podíamos seguir juntos sin que se me llevara el
alma. Entonces el hilo se rompió. Estoy seguro que nadie ha escuchado en este mundo algo parecido al grito de desesperación del hada en mi alma. La luz que iluminaba el pozo desapareció bruscamente; el agua se volvió gélida y comencé a ahogarme, mientras algo viscoso tiraba de mí hacia las profundidades. Pateé exasperadamente para librarme de aquel abrazo mortal que me arrastraría hasta el fondo de la sima, rodeado de una negrura que aún me estremece recordar pues presiento que es la que me espera en el momento de la muerte, y una de las piernas se empotró en una grieta de la pared de aquel abismo. Lo último que recuerdo es el dolor que me subió como un relámpago por todo el cuerpo, cuando el hueso se partió. Me encontraron día y medio
después a tres metros de profundidad dentro de la sima, con la pierna
rota y principio de pulmonía, gracias a que pude balbucir una respuesta
cuando me despabilaron los gritos de la partida de búsqueda que habían
organizado mis padres y mi tío por aquellos parajes. Me salvaron la
vida un comentario que hice a Ramón sobre mi interés por la Cueva y la
potente voz de aquel pastor de Nueva retumbando dentro de las paredes de
la fosa, ya seca. Ahora soy ya doctor, y sigo escribiendo en el diario de tapas de cuero mis recuerdos sobre la segunda experiencia de un hombre con una xana. El cuero y sus hojas, ya no me aman, están muertas y secas y nunca sabré que representa el quinto símbolo y que le pasó a Wallcott, después de que superara la prueba del hilo de oro. Mi hada seguirá esperando a
alguien para tener un hijo que acabe con su soledad, pues el inglés
tampoco pudo conseguirlo, aún cuando llegó mucho más lejos que yo en
su ansia de amar al maravilloso ser; su diario me abrió y, al mismo
tiempo, cerró las puertas del estanque mágico y por eso le odiaré
siempre. Desde entonces, he vuelto muchas veces a la fuente seca para recitar los embrujos aunque de manera vana, esperando que se repita la magia del agua y con ella de nuevo aparezca etérea, dorada y hermosa, la xana, y perdone mi miedo y mi traición. Los más viejos del lugar dicen que los barrenos que metieron para construir la carretera de la Sierra Plana secaron la fuente, pero para mí que no, que dejó de manar el agua porque John Wallcott, el inglés, se la llevó toda en el alma. Y en cuanto a mí, sólo me queda el sufrimiento de haber deseado tanto una cosa y no haber podido acabarla. ©
Pedro
M. Martínez Corada |
OTROS RELATOS DEL AUTOR PUBLICADOS EN LA RED:
Aullidos lejanos — Revista Heterogénesis (Suecia)
Treinta años después — Revista Proyecto Patrimonio (Chile)
Felicia — El Escribidor (España) — Sección Tu relato del mes.
Un billete para el Village y Aquella mirada — Revista La Puerta Azul (Argentina)
El tesoro oculto — Wemilere de las Letras, de Rosa Elvira Peláez (Argentina)
Gelatina de vermú — Revista El Interpretador (Argentina) / Narrativa — Nº 4 JULIO 2004
Ahora que te vas — Hostería de la página del escritor Norberto Luis Romero
Millones de pesetas — Revista Palabras Diversas (Nº 4)
![]()
PÁGINA
PRINCIPAL / FOTOGRAFÍA /
TRIANA
/ RED SOCIAL
RADIO INDEPENDIENTE /
POESÍA
/ CUENTOS DE INTERNET / ÍNDICE
DE CUENTOS /
REPORTAJES
Revista Almiar - MARGEN CERO ™
(2000) - Aviso
legal