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 JACK 

 

            Hacía ya dos meses que a Jack Vance le costaba conciliar el sueño. La causa de este comportamiento tenía nombre de mujer: Laura Vending. Laura era una mujer alta y esbelta, de piel pálida y mejillas sonrosadas, como siempre le habían gustado a Jack. Su aire europeo le hacía verla como una diosa griega sacada del Olimpo.

            Jack tan solo se había atrevido a mirarla de soslayo y a desearla en la oscuridad de su cuarto; su carácter tímido era el culpable de que no le hubiese declarado su amor hacía tiempo. Como a todos los tímidos, el temor al rechazo y al ridículo le provocaba una reserva total a mostrarse abiertamente a los demás, por miedo a que alguien hiriera sus sentimientos. Era un cobarde y lo sabía, pero eso iba a cambiar.

            Eran ya las ocho y cuarto de una fría noche de invierno, y la avenida Lexington se aparecía sombría en la penumbra. Las farolas iluminaban a tramos el paseo creando sombras estáticas y sombrías. A un lado, el parque Amadeus permanecía cerrado y silencioso, y al otro, el lago parecía dormido.

            Jack estaba muy nervioso. Llevaba quince minutos siguiendo a Laura desde que ésta saliera del trabajo y ahora estaba dispuesto a abordarla. Hizo acopio de valor y empezó a recorrer la distancia que le separaba de ella a grandes pasos. El corazón le latía aceleradamente a medida que se acercaba. ¡Por fin iba a declararle su amor, por fin iba a saber si ella también le amaba, por fin iba a acabar su tormento! Más y más pensamientos se agolpaban en su cerebro cuando a escasos metros de ella Laura Vending se giró. Llevaba algo negro y pequeño entre las manos, y las luces de la avenida no dejaban ver bien lo que era. De repente, un estallido rompió el silencio de la noche, y un fogonazo iluminó la escena. Aquello que sujetaba firmemente era una pistola. Al instante, Jack se llevó las manos a la barriga y luego se las puso a la altura de los ojos para comprobar que estaban llenas de sangre.

            —¡Dios mío, sangre! -gritó aterrado.

             Y golpeando el suelo con las rodillas cayó muerto.

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