LARRY

 

            Larry Count recordó los tiempos felices en Nebraska, cuando vivía con sus padres. Era en una pequeña población de las montañas rocosas, un lugar maravilloso que se cubría de nieve en invierno y de una exuberante vegetación en primavera. Combinaba la soledad de los terrenos vastos con la alegría de la vida desbordante. Fueron tiempos realmente felices en los que la vida era una mera sucesión de días.

            Larry trabajaba para el estado en una oficina de colocación de la ciudad, dando impresos de solicitud de empleo a todo aquél que se acercaba a su mostrador. Era un trabajo mecánico y monótono.

            Pero un día sucedió algo que habría de cambiar toda su vida. Por la puerta de entrada apareció, calada hasta los huesos, una chica de aspecto agradable. Se acercó a su mostrador y solicitó un empleo de lo que fuera y Larry le mandó rellenar uno de los impresos. Gracias a ese impreso, se enteró de que se llamaba Sara.

            Pasaba el tiempo y Sara no encontraba trabajo, así que sus visitas a la oficina de empleo se hicieron asiduas. Poco a poco, empezó una relación de amistad que acabó en una relación amorosa.

            Larry no recordaba haberse sentido así en toda su vida. Los días eran aún más hermosos, y las noches... las noches estaban plagadas por miles de estrellas. Ella siempre le regalaba la mejor de sus sonrisas y él sólo podía mirarla y sentirse el hombre más afortunado de la tierra. Seguro que nadie había sido tan feliz como él.

            Un día lluvioso que había convertido en un lodazal el camino a casa de Sara, vio una camioneta roja aparcada al final del camino. Aquella camioneta llevaba en los laterales las palabras “Doc Almacén de Alimentos” y a Larry se le vino a la cabeza la imagen de Doc. Era un hombre de unos treinta y cinco años, muy corpulento y de aspecto jovial, que siempre encandilaba a sus clientes con una media sonrisa. Un latido de su corazón golpeó con fuerza dentro de su pecho devolviendo a Larry a la cruda consciencia. Subió de un salto los escalones del porche, entró en la casa, y el calor del hogar le hizo sentirse como si el infierno ardiera dentro de él. Al final del pasillo estaba el dormitorio principal, y de él provenían susurros y gemidos de placer. Larry sintió como su corazón se partía en mil pedazos y cogió una escopeta que colgaba de la pared, recordando con ironía el día en que, después de mucho insistir, convenció a Sara para que tuviese un arma siempre cargada en casa para su protección. Abrió el cañón para comprobar que, efectivamente, estaba cargada, y se dirigió decidido al dormitorio. Abrió la puerta de una patada, y antes de que pudiesen saber lo que pasaba, disparó los dos cartuchos sobre ellos. Los disparos alcanzaron de lleno la espalda de Doc, que murió al instante, y Sara estalló en gritos de terror. El peso del cadáver la inmovilizaba, el miedo la impedía pensar, y los ojos llenos de lágrimas le impidieron ver a Larry saltando sobre ella. El primer golpe que le dio le provocó el mayor dolor que jamás había sentido, y el segundo, tan poderoso que partió la culata de la escopeta, le abrió la cabeza y la mató.

            Durante las siguientes semanas se abrió una exhaustiva  investigación. Todas las sospechas se dirigían, como era de imaginar, hacia Larry, pero no se pudieron hallar más que pruebas circunstanciales, así que no se llegó a celebrar juicio. Pero a los ojos de sus vecinos Larry era un asesino, y la convivencia fue haciéndose cada vez más difícil, así que un día decidió marcharse. Louisville fue su destino. Era una ciudad lo bastante grande como para pasar desapercibido, y pensó que allí podría rehacer su vida.

            Tuvo varios oficios durante los primeros tres meses, hasta que consiguió un contrato bastante largo para hacer de vigilante en una fábrica de conservas. Pero este contrato también se acabó, y Larry se encontró de nuevo en el paro. De todas formas, descubrió que aquél trabajo se le daba muy bien, así que se apuntó en la convocatoria para policía local de Louisville. Consiguió pasar todas las pruebas, y Larry estaba más que satisfecho. Había rehecho su vida en otra ciudad  y los recuerdos ya parecían formar parte del pasado. Hasta que un día, haciendo la ronda por el parque Amadeus, unos susurros llamaron su atención. Se dirigió con sigilo al lugar de dónde provenían, poniendo cuidado en no ser descubierto. Asomó la cabeza entre unos setos, y entonces pudo verla: era Sara. Gemía y se retorcía de placer debajo de Doc, arañando su espalda apasionadamente. Echó mano de su arma pero se contuvo de disparar. Era demasiado arriesgado. Cuando acabaron, él se marchó al coche mientras ella acababa de vestirse. Nunca acabó de hacerlo.

            Después de aquella noche Larry se encontró con Sara algunas veces más. Le buscaba continuamente, atormentándole con su pasado, y Larry la maldecía por torturarlo y por arruinar su nueva vida. Cada vez con más frecuencia la veía pasear o correr por el parque, y aunque cada vez se aseguraba  de acabar con ella, siempre volvía para reírse de él.

            Fue por aquella época cuando los periódicos empezaron a hablar del “carnicero de Louisville” y el parque se llenó de policías. Cada vez resultaba más difícil deshacerse de Sara, aunque también es cierto que cada vez aparecía menos por el parque. Hoy no la había visto y deseaba realmente no verla, pues no deseaba sentir más frustración ni más dolor. No sabía si lo podría resistir, pues... ¡BANG!¡BANG!¡BANG!. Los disparos interrumpieron sus pensamientos. Miró hacia el lugar de dónde provenían y vio una figura de pie, iluminada por la luz de una farola. Corrió hacía allí agarrando su revolver para que no le golpeara la pierna, y cuando estuvo más cerca pudo ver que la figura era de mujer. Se preguntó si sería Sara, pero no, no era ella. Era una mujer alta de pelo rubio, de aire europeo. Estaba en medio de una crisis de nervios y no paraba de repetir en voz baja:                                                                   

             Era el carnicero, trabajaba conmigo.

            En aquel momento lo vio claro. Era su oportunidad. Todo el mundo acusaría a ese pobre hombre de los asesinatos. Y si estos paraban... Pensó que hacía días que Sara no le buscaba para atormentarle, que quizás se había cansado de él o que realmente había acabado con ella la última vez que se encontraron. Poco importaba. Sólo sabía que el destino le ofrecía una nueva oportunidad para rehacer su vida en otra ciudad, y no iba a permitir que nada ni nadie lo estropeara. Ni siquiera Sara. Y si a ella se le ocurría volver...



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