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LAURA
Laura Vending tenía treinta y siete años y hacía sólo uno que se
había mudado a Louisville. Su marido, Dennis, había aceptado el puesto de
Director de las oficinas que la Green Union tenía en esta ciudad. El traslado
fue beneficioso para ellos, ya que llevaba consigo un considerable aumento de
sueldo, pero aún así, Laura no quiso perder su independencia para convertirse
en ama de casa, así que empezó a buscar un empleo en su nueva ciudad.
Desde hacía dos meses, sólo había
encontrado trabajos temporales y siempre de camarera o de dependienta. Pero un día,
volviendo a casa desde el trabajo, leyó un anuncio en la puerta del edificio de
oficinas Empire dónde se solicitaba una secretaria con conocimientos de informática.
Era un buen trabajo, y además cerca
de casa. Sólo tenía que cruzar el parque Amadeus para llegar a ella, así que
se presentó a las pruebas, y cuando a la semana le dijeron que la habían
escogido para el puesto, su futuro profesional se le apareció más prometedor.
Fue entonces cuando una ola de
asesinatos sacudió a Louisville. Los atroces crímenes siempre se cometían
sobre mujeres jóvenes y se producían en las inmediaciones del parque Amadeus.
Aquellos asesinatos sanguinarios eran el tema de conversación de toda la
ciudad, y poco a poco Laura Vending acabó sintiendo pánico de bordear el
parque.
Dennis observó el estado de nervios
de su mujer y la aconsejó que se comprara un arma, y eso fue lo primero que
hizo al día siguiente cuando salió del trabajo.
El dependiente de la armería le
aconsejó un revólver del cuarenta y cinco, argumentándole que si no tenía
experiencia con armas, ésta era sencilla y manejable, y lo suficientemente
pequeña como para llevarla en el bolso. Aceptando el consejo del armero la
compró, y se sintió aliviada de llevarla encima.
En todo esto pensaba Laura Vending
cuando un ruido de pisadas a su espalda la devolvió al presente. ¡El asesino
la estaba siguiendo! Estaba tan aterrada que no se atrevió a girarse por temor
a adelantar los acontecimientos, caminando en tan angustiosa situación durante
diez minutos. Después, la situación se desbordó. Las pisadas que había oído
a su espalda se hicieron más largas y continuadas y Laura supo que el asesino
había acelerado sus pasos. El corazón se le puso a mil. Sus manos buscaron
ansiosas dentro del bolso buscando el revólver. Cuando al fin lo encontró ya
tenía a su perseguidor a unos dos metros de distancia, y girándose con
rapidez, pudo ver a una silueta gigantesca abalanzándose sobre ella.
El ruido del revolver la asustó cuando sus dedos apretaron fuertemente el gatillo, y su inexperiencia hizo que el retroceso del arma la golpeara en la cara haciéndola caer al suelo. Nada más caer oyó un grito, y entonces se dio cuenta de que el asesino no estaba muerto. Estaba como atontado, mirando perplejo sus manos llenas de sangre. La luz de una farola le iluminó la cara, y Laura reconoció en aquel hombre a un compañero de trabajo. Era un tal Jack Grant o algo así. ¡Dios mío! —pensó— ¡he estado conviviendo con un asesino durante dos meses! Y mientras pensaba esto oyó las pisadas de un policía que se acercaba rápidamente.
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